No propongo un salto al pasado, no comparo formas de vida entre el ayer o el hoy. Sólo que me superan totalmente la vertiginosidad de los acontecimientos actuales. Sorprende la tecnología que examina y sana al cuerpo humano pero aparecen pandemias y virus que se daban por desaparecidos. Se entrega el premio Nobel de la Paz a quien se haya destacado en este noble propósito pero hay países que amenazan con detonar artefactos nucleares que destruyen el mundo. Se autorizan uniones civiles del mismo género pero la tasa de divorcio matrimonial se eleva exponencialmente. Se automatizan los procesos industriales pero los índices de desocupación mundial se agigantan. Se suceden terribles cataclismos pero no se dan por aludidos quienes tienen el conocimiento para impedirlos. Hay fortunas para millones pero hay pobreza para miles de millones. Crecen la inseguridad y adicciones pero quienes las patrocinan permanecen anónimos e intocables Se profundizan las experiencias espaciales pero subsisten fenomenales hambrunas por no explotar reservas alimentarias existentes sobre el planeta. Interpreto que estas verdades me superan. Entonces me retrotraigo a mi mundo juvenil. Un mundo mucho más reducido en números y posibilidades, repleto de tabúes pero con firmes convicciones. Ese mundo giraba alrededor de la tradicional sociedad familiar. Al proyectar y planificar nuestras vidas jamás dejábamos de lado el núcleo familiar. Otro incorruptible valor se centralizaba en la palabra otorgada para cerrar un acuerdo del tipo que fuere. Asimismo era clásico el apoyo de vecinos y allegados en cualquier situación que requiriese ayuda. La comunicación creada entre el médico barrial y la familia era formidable, ya que él nos curaba física y espiritualmente. Un artefacto electrodoméstico, por modesto que fuera, se recibía con inocultable alegría y quedaba incorporado a la familia. El respeto y cortesía hacia los mayores era sincero, como lo fueron la caballerosidad y galantería respecto a las mujeres. Las jóvenes exhibían femineidad en sus conductas y palabras. La inseguridad era prácticamente desconocida: el día estaba programado para trabajar, estudiar, gratificarse y la silenciosa noche se dedicaba al descanso. Creo que al entregar nuestros hijos a la vida estaban bien preparados para enfrentarla.






























