El miércoles pasado asistí a la marcha por la tragedia de calle Salta. En la esquina de Oroño se juntaba la gente: familiares, amigos y vecinos como yo. Con una luctuosa suelta de globos negros se inició el recorrido por la más bella de las calles; los automovilistas acompañaban con sus bocinas, a veces, en su conjunto, ensordecedoras; y los que marchaban, algunos con un brazalete negro, agradecían la ruidosa adhesión elevando sus manos. Mientras caminábamos aplaudíamos, casi sin parar. Muchos caminantes sostenían en lo alto una foto ampliada; en la mayoría de ellas el rostro sonreía, como el inolvidable de Santiago Laguía, a quien todos buscamos y anhelamos encontrar. Llegó la triste marcha a la mole de mármol de los Tribunales y noté que muchos de los que participaban eran jóvenes, como los muertos, vidas truncadas que conocimos con pudor en su intimidad, qué estudiaban, en qué trabajaban, qué hacían, qué les gustaba, el nombre de sus perros, el rostro doliente y la voz de sus padres. Algunos de esos jóvenes se desplegaron y con aerosoles y moldes que habían elaborado estamparon en las escalinatas y las paredes fuertes marcas que exigían justicia: nombres, rostros, una fecha, un número (el 22), una dirección. Un solo pedido: “basta de impunidad”. Y una contundente afirmación: “la especulación mata”. Una mujer tomó la palabra y habló. Su voz me conmovió y me acerqué como el resto que calló para escucharla. El cuadro era desolador: los que sostenían sus pancartas de a dos o tres seguían haciéndolo, las fotos enarboladas, los pequeños carteles en alto. Entre la gente inmóvil y silenciosa distinguí a Alberto Cortés, el concejal saliente; más atrás un hombre con un casco amarillo miraba tristemente. Todo se había detenido como en una postal. La mujer hablaba y mientras lo hacía sus palabras le prestaban la voz a todos los que allí sufrían. Decía exactamente lo que los deudos desesperados hubieran querido expresar y no sabían o no podían. Fue algo extraordinario; me sentía inmersa en una situación -estudiada por los sociólogos, en la cual todos comparten una misma conciencia colectiva y se genera una identidad por un reclamo común, que en este caso era por la vida, por la dignidad de la vida, aquello que, según Kant, no tiene precio porque no puede ser sustituido por nada semejante. La mujer crecía junto a su discurso y hacía una advertencia: no nos van a quebrar, porque tenemos creatividad, tenemos inteligencia, tenemos fuerza y tenemos dolor. Las últimas dos palabras me impactaron: tenemos dolor. ¡Y cuánto! Pero de ese dolor, de esa cuota tremenda de pena ellos pueden, podrán, generar la energía, la paciencia y la fortaleza para reclamar lo que merecen sus muertos: justicia. Minutos después, invitaron a dos niñitas a hablar; una sola se atrevió y tomando el megáfono para que todos escucháramos respondió a la pregunta sobre qué deseaba para los responsables de la tragedia con una sola palabra: matarlos. Los corazones heridos, las vidas arrasadas de los adultos dolientes quizás anhelen lo mismo, la Ley del Talión para los responsables de lo que jamás debió suceder; pero sólo una voz infantil se atrevió a pronunciar lo que está prohibido por la cultura. Ojalá que la cadena de hechos formales y jurídicos que constituyen un proceso legal, ya suficientemente complicado por apartamiento de jueces, declaraciones indagatorias, complejidades múltiples, innumerables actores e intereses cruzados, pueda, por fin, amortiguar aquella pena, traer consuelo y convencer a la niñita y a los grandes que matar nunca es bueno y que “no hay que devolver la injusticia con injusticia”, como Sócrates nos enseñó hace ya más de 2000 años.
Durante la crisis de diciembre de 2001, cuando los políticos y sus socios, ante el quebranto del orden público y con el abismo encima (recordar que se insultaban a los políticos y sus socios en la calle, al extremo de que no podían tener apariciones públicas), ¡el que se vayan todos! Cuando espantados pidieron el apoyo de la ciudadanía y se comprometieron a reformar las prácticas de la politica y los costos de la administración pública. Uno de los reclamos de la ciudadanía fue trasparentar y limitar los gastos en campaña. Hoy, hay políticos que viven en permanente campaña, y uno debería preguntarse, de dónde, políticos cuya única profesión fue ser empleados del Estado, cuentan con fondos inagotables para viajar, no sólo por el país, sino por el mundo. Cómo puede ser que un ciudadano común no pueda viajar con mas de determinada cantidad de dinero al exterior. Que si realiza una compra superior a determinada cifra deba explicar la procedencia del dinero y que un funcionario público determine si él puede o no puede justificar con sus ingresos esos gastos. Y a estos ciudadanos políticos, ¿quién los controla? ¿Cómo justifican sus gastos? Si reciben dinero, ¿de dónde sale? Siempre sostuve que la tan mentada participación de la ciudadanía en la politica era una trampa. El ciudadano debe ver desde afuera, porque desde dentro del bosque (que es donde nos quiere poner el progresismo) sólo ve el árbol; desde afuera puede ver el bosque, y como se mueve, puede elegir con más facilidad al administrador. ¡Basta de líderes!
Julio R. Sánchez
DNI 6.043.532
Espectros del nazismo
Se da por supuesto que el nazismo feneció con el fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Esto no es así. Como explica Noam Chomsky en su libro “Los vencedores”, una multiplicidad de regímenes políticos aplicaron desde la segunda posguerra los métodos de exterminio del nazismo alemán y el expansionismo imperial japonés. A modo de ejemplo pueden considerarse las dictaduras cívico-militares latinoamericanas desde Guatemala, pasando por el Paraguay bajo Stroessner, Chile padeciendo a Pinochet, Argentina de Videla a Bignone, el pueblo de Brasil con su larga marcha de horrores y “modernización”, bajo la férula de los uniformados, Bolivia con Banzer Suárez. La secuela de todos “experimentos” macabros, son los miles de detenidos-desaparecidos, los muertos que permanecen aún sin sepultura. También en Europa del Este, en la región de los Balcanes, hubo limpieza étnica de la mano de siniestros tiranos como Milosevic. Además el racismo y la xenofobia emergen en la medida que se agudiza la crisis económica, de hecho en Grecia salió a la luz una formación neonazi con fuerte vocación de poder, en Francia los ultranacionalistas son favoritos para elecciones parlamentarias continentales y están quienes reclaman el endurecimiento de las políticas antiinmigrantes, castigando a quienes huyen de las hambrunas, las matanzas y las guerras. El ex oficial nazi Eric Priebke falleció siendo centenario y su cuerpo yacerá en una tumba anónima de una prisión, para que sus admiradores no transformen el sepulcro en “santuario de peregrinación y homenaje”. En la Argentina, recientemente el asesor de imagen de un candidato presidencial para el 2015 formuló un elogio explícito de Adolf Hitler. Su cliente buscó disimular los dichos, pero lo dicho, dicho está y como certeramente afirmó el psicoanalista Jacques Lacan el lenguaje no es inocente, pone al desnudo contenidos del inconsciente. Además, persisten ámbitos siniestros como el centro detención de Guantánamo. Más allá de las palabras del presidente de EEUU, Barack Obama, en ese lugar se sigue destruyendo a seres humanos. Al parecer, como dice un célebre ensayo sociológico de mediados del siglo XIX: “La herencia de todas las generaciones muertas acosa la mente de los vivos como una pesadilla”. Albert Camus decía que la peste podía desaparecer por un lapso de tiempo, pero las sociedades no debían dejar de estar alertas porque era probable que volvieran a emerger. Es por eso que no debemos tomar como hechos aislados acontecimientos como los que enumeramos en estas líneas y muchos otros síntomas de autoritarismo explícitos o latentes en las sociedades contemporáneas.
Carlos A. Solero
En memoria de Marcelo Abram
A un año y tres días de tu partida, Turco querido, me gustaría poder contarte lo difícil que es no tenerte. En lo personal, volver de mis pequeñas batallas y no encontrar tu palabra de aliento a la distancia; la pena que encuentro cuando veo hundirse tu nombre entre 10 tachos flotando en la orilla que pudieron salvarte la vida. La rabia que siento cuando por burocracia y falta de interés de quienes pudieron salvarte la vida asistiéndote, pasan de despacho a despacho un pedido de reconocimiento para que el corredor exclusivo para nadadores de aguas abiertas lleve tu nombre. El dolor que me produce saber que la justicia no llega, y que quienes te atropellaron impunemente planifiquen sus Navidades o vacaciones sin haber recibido la pena merecida. Hubieron más atropellos con mejor suerte, pero la misma cobardía en quienes los perpetraron. La angustia ha sido muy grande este año. La lucha incesante, pero las respuestas mínimas. Nada es igual querido compañero. Algunas cosas al menos te alegraría saber y te harían muy feliz, lo sé. La ley de medios se aprobó, tu viejo está mimado por tu familia y tu hija encontró el amor en quien fuera para vos como un hijo, el nadador más valiente que hayas conocido jamás. Los amigos te extrañamos y Cristina sigue en pie. Celebramos más festivales de perpetuas a genocidas y las sentencias de los juicios de San Lorenzo te habrán encontrado abrazado a Manuel Casado, que no pudo escuchar las penas a los verdugos en los Tribunales, a los que asistimos juntos cuando se abrió la causa. Mucho ha quedado a la espera. Pero lo que te prometo, Turquito, es que aquí no bajaremos los brazos, como no lo hiciste nunca vos, en tus investigaciones como periodista, en tu lucha como militante y en tu vida como deportista. No dejaremos que tu muerte se naturalice como un accidente. Hay culpables por acción y omisión, descuidos en tu asistencia y negligencias. Seguimos pidiendo justicia por Marcelo Turco Abram. Y un río más seguro para todos.
Victoria Columba
Bombas en el Politécnico
Desde hace unos días vengo leyendo a diario acerca de la decisión tomada por las autoridades del Politécnico y su repercusión en los medios de comunicación. Primero opinó la ministra de Educación de la provincia de Santa Fe, ahora un concejal que se solidariza con los jóvenes, va a elevar una carta a los directivos de la escuela para que revean la decisión tomada. Los alumnos se reunieron en la puerta del colegio para pedir que se levante una medida que consideran injusta: dejar libres a cuatro compañeros que pusieron bombas de estruendo para festejar la culminación del ciclo escolar. Todos piden trabajo comunitario a favor de la institución y más educación. Realmente me sorprende y preocupa la trascendencia que ha tenido la transgresión de estos adolescentes, a los que se les ha aplicado una sanción acorde con su proceder. Es preciso destacar que esta clase de manifestaciones la han realizado en otras oportunidades y el colegio les dio la posibilidad de resarcirse mediante algún tipo de tarea comunitaria. Parece ser que no sirvió y vuelven, entonces, a repetir la acción (no los mismos chicos, sino otros que ya estaban en la escuela en años anteriores). Los directivos concluyen: vamos a aplicar una sanción mayor por el bien de la mayoría. Me pregunto, ¿qué dirían los padres, los alumnos, la ministra y el concejal si alguna persona hubiese resultado herida? ¿Sobre quién hubiera recaído la responsabilidad? Gracias a Dios esta vez no sucedió ninguna desgracia que tengamos que lamentar. Creo que hay que respaldar a los directivos de la escuela y dejar de presionarlos, ya que, al fin y al cabo, están dando una lección: hacer las cosas mal tiene sus consecuencias y hay que asumirlo. Si queremos vivir en una sociedad mejor debemos empezar por respetar reglas y aceptar sanciones, como también premiar a quienes se esfuerzan, o a quienes hacen las cosas bien. Caso contrario no vamos a evolucionar hacia una mejor convivencia.
Graciela M. Colussi
DNI 16.808.410