Ampliando reflexiones anteriores sobre la imprescindible racionalidad de la burocracia, o por antagonismo antiético su "necesaria malicia", cabe citar la existencia de excepciones que merecen reconocimiento o condena. En diversas ocasiones el suscripto ha elogiado, con reservas, el funcionamiento de Pami. Nunca experimenté la misma impresión con Ansés. En particular con la Udai de calle Rioja y Sarmiento. Para ser honesto, única delegación que conozco. En diversas oportunidades haciendo uso de este mismo correo de lectores pero a la vez dirigiéndome a las autoridades máximas de la administracíon mencionada sugerí la descongestión de ese monstruoso caos público creando una filial en zona sud por tratarse de un sector populoso de trabajadores activos y pasivos. Jamás obtuve respuesta. Substanciado de mi parte un juicio por liquidación indebida de haberes logré percibir después de 10 años lo pretendido a raíz de mi salud quebrantada. En un punto de esta odisea me perdieron el expediente que nadie encontraba, porque al decir de mi letrado patrocinante el archivo era un feudo impenetrable. A esta altura debo ponderar honestamente la intervención del ministro de Justicia, Julio Alak, a quien le envié mi reclamo pero también a las jóvenes pasantes que me atendieron con toda deferencia. Todo eso ya fue. Hace un par de días mi esposa debió hacer un trámite de repago por omisión del certificado de supervivencia de su hermana discapacitada. Cinco horas de amansadora. Al no aparecer en la pantalla consultó resultando que el operador no la había ingresado al sistema. Una de esas amables excepciones, Carmen González, la rescató del infierno llenándole el formulario correspondiente e indicando que era otro el lugar en el que debía ver a un tal Gustavo (supervisor) que jamás apareció. En conclusión: cansada y desompuesta se fue con las manos vacías y la respuesta que debía pedir otro turno. Y es así en general. El amontonamiento de usuarios, pésimo trato de las antiguas personajes de Gasalla titulares, la incomodidad del lugar donde hay aproximadamente 30 butacas rotas de las 60 existentes y solamente tres empleados atendiendo con toda parsimonia convertían al sitio en una sala de tortura. Y algo más, al que le quepa el sayo que se lo ponga.






























