Todavía se sigue dando el mote de "pilotos domingueros" a los que salen con su auto y manejan despacio, despreocupados, muchas veces haciendo barbaridades. Les siguen los que tienen como prioridad ir de un punto a otro, los normales, y por último están los que la van de Fangio para ir a comprar el pan a la vuelta de la casa. Por lo general son jóvenes, tienen autos de gama baja que compraron usados (muy) y tardaron poco en tunearlos. Van atentos a las revoluciones del motor y se lo hacen saber a todo el mundo con escapes ruidosos. Usan toda la tarde del sábado para lavarlos y pulirlos. Hasta acá, no pasa de una manía pintoresca. Pero no, no se van a conformar con tan poco. De noche es cuando les crecen los colmillos y el pie derecho se les vuelve de plomo: cada semáforo es una largada de grand prix, en la que gastan nafta y cubiertas para nada. No importa, los tipos encarnan el physique du role hasta el último detalle, ponen cara de velocidad y hunden el acelerador; primera, segunda, tercera y a pararse sobre el freno porque el próximo semáforo está regulado para una onda verde de 40 kilómetros por hora.






























