A Lisandro Aristimuño se le nota el aire de la Patagonia. Y lo bien que le hace
a su música. Su nuevo disco doble se llama, y no por casualidad, "Las crónicas del viento". "Me
gusta compararme con el viento, porque muevo cosas, cuando quiero paro y también puedo derrumbar
casas", dijo el músico de Viedma, que junto a su banda Los Azules Turquesas toca hoy, a las 22.30,
en El Rastro (Salón Contemporáneo, Metropolitano, Alto Rosario Shopping).
Primero tocó en el patio de su casa, después hizo un show para diez personas y
hoy es uno de los compositores más importantes de la nueva generación de autores del rock nacional.
Introspectivo, amante de la canción, Aristimuño transita su cuarto disco sobre un camino que tiende
a abrir rutas y no a cerrar puertas.
"Intento que experimentar sea una característica en mi laburo, si las cosas se
ponen monótonas y todas iguales me aburren un poco. Pienso que la idea de hacer música es un juego,
y el juego tiene que ser cambiando y probando", destacó el compositor, quien subraya que "no tiene
que haber ninguna regla para componer".
En el primer lanzamiento de su productora Viento Azul, Aristimuño sigue con su
intención de despegarse del piso: "Soy de la Patagonia y el viento me acompañó toda mi vida. El
viento siempre estuvo rodeándome, el viento moviliza, mueve cosas, no siempre es igual, no siempre
es el mismo. Metafóricamente me gusta compararme con él y ser un viento que cuando quiero me
modifico, cuando quiero paro y puedo derrumbar casas".
“Las crónicas del viento”, su impecable disco doble, incluye dos
conceptos sonoros y estéticos distintos. El primero fue grabado en los Estudios Circo Beat, en
Buenos Aires, con su banda e invitados de lujo, como Fito Páez, Palo Pandolfo, Diego Frenkel y
Quique González. El segundo, grabado en las afueras de Vigo (España) tiene un carácter de fogón,
pero es tan austero como emotivo.
“Este disco doble tiene que ver con el ser humano y con el crecimiento,
hurgué mucho en mi infancia, investigué bastante ahí, es una especie de terapia”, confiesa el
autor. “Me gusta mucho laburar sobre conceptos, me dan una herramienta muy fuerte, porque se
abre un abanico y podés investigar. Para este material viajé a Viedma, me fui a mi escuela
primaria, fui a los jardines, hablé con los maestros que tuve, les pregunté sobre mí para saber
cómo era yo de chico, cómo me veían, y eso me permitió tomar herramientas. Además grabé audios del
lugar que también aparecen en el disco”, agregó mientras se lo notaba que aún permanece en él
ese disfrute por la experiencia vivida.
La evolución artística también fue de la mano con la ascendente popularidad de
un artista que cada vez se hace más conocido por sus pares y el público, pero no por salir en
televisión, sino por su talento a la hora de componer canciones. “Este momento lo vivo con
felicidad. En la Argentina está mal visto que a un artista le vaya bien y eso tendría que cambiar.
Si te va bien con tu música ya dicen que te vendiste, que sos comercial o te pusiste frívolo, y no
es así. Fijate que si a un médico le va bien y gana premios, dicen que es un genio y lo ponen en un
altar, y si a un músico le va bien, dicen que se agrandó y que no es más lo que era. Qué mejor que
a mi música la escuche cada vez más gente”, concluyó Aristimuño, mientras otro ventarrón le
volvió a despeinar el flequillo. Y sonó a buena melodía.
Maestros
“Fito y Spinetta siguen abriendo caminos, si no
existieran esos maestros no existiría yo ni otros”, indicó.