Más vivo que nunca

Las mujeres invisibles en la vida de Belgrano

Su madre y sus amores fueron determinantes para el creador de la bandera nacional. Sin embargo, la historia no suele registrarlas en la medida que merecen.

Sábado 20 de Junio de 2020

Manuel Belgrano vivió sólo cincuenta años, pero es uno de los hombres más narrados de la historiografía argentina. Así lo asegura la historiadora Marcela Ternavasio al basarse en los mil ochocientos títulos contabilizados por el Instituto Nacional Belgraniano sólo hasta 1998. Pero a la luz de los textos que lo evocan cualquiera cae en la cuenta de que su vida no sólo estuvo atravesada de épica, revolución y un pensamiento “enigmático”, como retrató el historiador Tulio Halperin Donghi. Belgrano tuvo también una activa y turbulenta intimidad. Desde “homosexual” hasta “mujeriego” y anacrónico “feminista”: todo se ha dicho de él. Pero hay voces que dan cuenta de que su privacidad estuvo marcada por mujeres que muchos de quienes contaron la vida del prócer simplemente borraron.

Hablar sólo de algunas de ellas en este aniversario de la muerte de Belgrano intenta ser un modesto acto de justicia. Pero también es un desafío: el de entender qué significaba ser mujer, en toda su pluralidad, en aquella época.

Entre ellas está su madre, María Josefa González Casero, quien engendró 16 hijos para una familia acaudalada que cayó en bancarrota. Fue ella quien se animó a escribirle cartas desde Buenos Aires a la corona para defender a su marido, el rico comerciante italiano Domingo Belgrano Peri (luego Pérez), acusado y apresado en su domicilio por supuesto desfalco.

También aparece en su vida María Josefa Ezcurra. Una de sus amantes, la mujer que lo siguió y acompañó hasta sus campañas en el norte y con quien Manuel tuvo su primer hijo: un niño que terminó bautizado como Pedro Rosas y Belgrano y fue dado en crianza a sus tíos, nada menos que Juan Manuel de Rosas y su mujer, Encarnación Ezcurra.

Pero además, por la biografía de Manuel asoma un amor convulsionado. El que mantuvo con María Dolores Helguera Liendo, una muchachita tucumana de apenas 15 años cuando él ya alcanzaba los 46. Manuel acumulaba poder por su cargo de general del Ejército del Norte en Tucumán y tenía reconocimiento intelectual. Algunos aseguran que este fue un “amor de guerra”, otros que Manuel les arrebató a la muchacha a sus padres al borde del abuso. De ese contacto surgirá otra progenie, pero femenina: Manuela Mónica, rubia, blanca y de ojos claros como su padre.

Un nombre más, entre tantos que quedarán en el camino, es el de la afroamericana que peleó con Manuel en Ayohuma y a quien él nombró capitana: María Remedios del Valle. A todas ellas se suman las mujeres de ese siglo XVIII y posterior a las que Manuel propuso “educar”, como parte de su proyecto de escuela “laica, gratuita y obligatoria”, previo al de Sarmiento. ¿Qué importancia les dio Manuel a estas mujeres? ¿Era un defensor de ellas, un adelantado feminista? Nada de eso.

La doctora en historia e investigadora de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) Adriana Milano sostiene que no se lo puede ver como precursor del feminismo ni como “democratizador” sencillamente porque “era un hombre de su tiempo, un funcionario virreinal inmerso en el seno de una monarquía”. En tanto, la escritora Elsa Drucaroff, quien investigó ese período para escribir sus novelas históricas La patria de las mujeres y Conspiración contra Güemes (Editorial Marea) sostiene que “los hombres ilustres de esa época quisieron disciplinar a las más pudientes y tomaron y desecharon como hembras y monedas de cambio a las de baja ralea”.

Aun así, muchas de las mujeres significativas en la vida de Manuel rompieron cánones, se arriesgaron y dejaron sus marcas aunque sean personajes secundarios en los textos de la historia nacional. No eran feministas, eran temerarias y osadas para un mundo actuado y contado solo por varones. Acá van algunos trazos.

María Josefa, la madre

Doña María Josefa González Casero, la mamá de Manuel Belgrano, perteneció a una familia criolla con un linaje proveniente de Loreto (Santiago del Estero). Nació y contrajo matrimonio en Buenos Aires a los 16 años, típica edad de las niñas casaderas de entonces. Su marido fue el italiano genovés Domingo Belgrano y Peri, veintidós años mayor.

De acuerdo con la base de datos de Genealogía Familiar con las familias fundacionales argentinas, María Josefa tuvo 16 hijos y varias criaturas murieron en la infancia (según Nobiliario del Antiguo Río de la Plata). Tres mujeres fueron dadas en matrimonio a hombres en relación mercantil con el padre, lo que Halperin Donghi describe como una “empresa familiar” o “familia empresa”. Una estrategia de conjunto con buen sostén femenino y donde las lealtades y afectos para asegurar el linaje de los Belgrano se medían en pesos y reales. Manuel fue el cuarto de los varones.

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María Josefa Ezcurra.

María Josefa Ezcurra.

La pareja llevaba una vida opulenta hasta que don Domingo, que exportaba cueros, tejidos y lana al Alto Perú, Chile, Brasil y Europa y participó en el tráfico de esclavos africanos, fue acusado por un supuesto manejo fraudulento en complicidad con quien era por entonces administrador y tesorero de la Aduana.

El proceso se inició cuando ya Manuel se encontraba estudiando en España (se fue a los 16 años). El joven Belgrano estaba muy cerca de Francia e imbuido por las ideas de “libertad, igualdad y fraternidad” que desencadenaron la Revolución, si bien esos ideales no incluían todavía a las mujeres.

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Manuela Mónica Belgrano.

Manuela Mónica Belgrano.

“Debemos pensar que en la época de Belgrano —explica Milano— seguían vigentes en Europa las ideas del siglo XVII acerca de la posibilidad o no de considerar a las mujeres como seres racionales al igual que los hombres. Las mujeres vivían inmersas en la estructura familiar que las condicionaba y las controlaba porque se pensaba que así debía ser”.

Manuel había sido enviado por su padre como agente de negocios familiar pero terminó estudiando derecho y economía. Residió poco más de ocho años en la península y también estudió inglés, italiano y francés y antes de volver a la Argentina obtuvo la dispensa papal para leer libros prohibidos en la época: obras de Adam Smith y Descartes, entre otros.

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Pedro Rosas y Belgrano.

Pedro Rosas y Belgrano.

El juicio por el que el padre de Manuel llegó incluso a sufrir prisión domiciliaria se realizó en España. La familia, que vivía en Buenos Aires en una casa con 37 personas (entre hijos, familiares próximos, esclavos y sirvientes), fue embargada en dinero y propiedades y sufrió asfixia financiera. El padre de Manuel cayó en absoluta depresión y fue María Josefa quien acompañó a su hijo en la defensa. Manuel le informaba de los vericuetos de la causa y ella escribía misivas en defensa de su marido.

“Las mujeres que sabían leer debían ser vigiladas por un padre o hermano que seleccionaba las lecturas para evitar desviaciones en su comportamiento”, señala Milano y se explaya al decir que “Josefa Amar y Borbón, reconocida defensora de las mujeres, sugería que leyeran poco o nada de comedias y romances para evitar su dispersión. Las mujeres debían aprender para transmitir a sus hijos la doctrina cristiana pero también debían ser acostumbradas a un ejercicio de la religión sin excesos, sin actividades devocionales que las alejaran de sus casas por mucho tiempo descuidando el hogar”.

Lo cierto es que “doña” María Josefa, tal como se trataba a las no plebeyas, se presentaba en su intercambio epistolar como “mujer legítima” de don Domingo e imploraba recursos para alimentar y educar a sus hijos más un nieto a cargo en Argentina y tres en España (los dos varones y también su hija mayor, María Josefa, quien se casó con un caballero de prestigio y contactos con la Corte, José Manuel Calderón de la Barca).

Pero como dama de su clase confesó en las misivas la “vergüenza”, el “abandono de pudor” y el “bochorno” que le implicaba acudir a la “caridad cristiana” ajena y pedir ayuda económica a sus conocidos, para su “dilatada familia”. Y como defensa pidió que se tuvieran en cuenta sus bienes gananciales: lo solicitó al marqués de Loreto, primero, y luego directamente al rey Carlos IV

“Yo Señor me he instruido que por grandes que sean los delitos de los maridos nunca se extienden a la confiscación de bienes a privarnos a las mujeres de aquellos justos adquiridos durante nuestro matrimonio. Me hallo sin tener que alimentarme con mi Marido e hijos, ni con quien contribuir a la educación, y enseñanza de los que tengo en esa Península (Manuel y Francisco), y en estos Reynos en el Colegio de Monserrat de Córdoba”, escribió en una carta.

Drucaroff sostiene que a los hombres de esa época “no les preocupaban las mujeres y tampoco ellas se expresaban contra la opresión”, pero además detalla que para la sociedad ilustrada “mujeres eran sólo las señoritas de la burguesía comercial, las ricas”, las que podían leer y escribir cartas como la madre de Belgrano. “Nadie se interesaba por las demás: indias, negras, mestizas o del campo. Incluso la idea de virginidad se valoraba en estas damas de sociedad, porque el padre las entregaba como valor de cambio, a las pobres se las usaba y embarazarlas o no, no importaba, tampoco sus hijos”, dijo la autora de novelas históricas.

Seis años después de iniciado el juicio, y tras idas y vueltas epistolares de María Josefa, la Justicia absolvió al padre de Manuel. Pero la familia no recuperó todos los bienes embargados, ni el detenido su ánimo. Murió un año más tarde.

María Josefa, amante

María Josefa Ezcurra, Pepa, fue una de las amantes secretas de Manuel. Nació y falleció, a los 71 años, en Buenos Aires. De jovencita vivió con su importante familia, de comerciantes coloniales, en una residencia de dos plantas que hoy es museo y está ubicada en el barrio Monserrat, y linda con una casona melliza donde se crió y murió el músico de rock Luca Prodan.

La casa estuvo pintada de rojo federal y no por capricho. Según José Mármol, autor de Amalia, en el lugar que supo llamarse los Altos de Ezcurra se realizaban reuniones sociales y políticas en favor del gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas. Pepa vivió allí hasta su muerte en 1856, a los 70 años.

Las Ezcurra eran dos hermanas, María Josefa y Encarnación, esta última casada con Rosas. Ambas fueron retratadas por Mármol como arquetipos del rosismo. Y al hablar de María Josefa, en clara posición antirrosista la retrata como “una mujer insensible, obsecuente y fervorosa partidaria del régimen”. “Esas dos hermanas son verdaderamente personajes políticos de nuestra historia de los que no es posible prescindir, porque ellas mismas no han querido que se prescinda; y porque, además, las acciones que hacen relación con los sucesos públicos no tienen sexo”, aseguró el novelista.

Lo cierto es que María Josefa, en 1802 y a sus 16 años, acompañó a su padre al Consulado y conoció al secretario Manuel Belgrano, de 32. Cuenta Daniel Balmaceda en su texto Josefa Ezcurra, la amante de Belgrano, que una noche Manuel acudió a una fiesta con su primo Juan José Castelli y bailó con Pepa. Se enamoraron. Ella encontró el “amor de su vida y en su padre al principal opositor, ya que estaba repitiéndose una historia que había tenido mucho ruido un año antes: el padre de Mariquita Sánchez, don Cecilio había desoído los sentimientos de la joven y pretendió casarla con un primo (que tenía cincuenta años frente a los catorce de la dama). Pero Mariquita se rebeló y, luego de unos años y de una causa judicial, logró su sueño: casarse con Martín Thompson”.

Pero el destino de María Josefa y Manuel fue otro. Al año del enamoramiento, a ella la obligaron casarse con un primo de Pamplona, Juan E. Ezcurra, quien resolvió regresar a España tras los acontecimientos revolucionarios de 1810 y entonces ambos se separaron de hecho.

En 1812 Manuel recibió la orden de marchar al norte y ella durante la primera quincena de marzo partió en su búsqueda, en diligencia de la mensajería norteña. Fue más de un mes de viaje, un escándalo para una mujer de la sociedad con destino a una zona de guerra. Pero se reencontró con Manuel y compartieron ocho meses, además del Éxodo Jujeño y la batalla de Tucumán. En 1813, en esta última provincia, cuando el ejército se alistaba a perseguir a los realistas, se separaron. Manuel se dirigió a Salta y María Josefa a Santa Fe, con un embarazo de ocho semanas. Siete meses después nació Pedro Pablo a quien en los registros del libro de bautismo anotaron como “huérfano”, dando a entender que se desconocía el nombre de los padres.

Cuando la muchacha llegó a Buenos Aires con su hijo lo dio en adopción al matrimonio recién constituido de su hermana Encarnación y Rosas, y el niño fue bautizado como Pedro Pablo Rosas y Belgrano.

“No hubo una pareja que se hubiera desentendido, no hubo acuerdo. Hubo un hombre mayor, que controlaba el ejército en Tucumán y que pudiendo o no reconocer y hacerse cargo deja a la embarazada sola, mira para otro lado y sigue con su vida. Y una muchacha a la que la familia le salvó el honor haciendo pasar a su hijo por hijo de su hermana”, dijo Drucaroff, quien explicó así cómo se resolvían los escándalos cuando una mujer de clase alta quedaba embarazada en esa época. “Dudo que le hayan preguntado a María Josefa qué quería hacer”, agrega.

Cuando Pedro cumplió veinte años, su padrastro le contó su verdadero origen. El joven se convirtió en juez de paz de la localidad de Azul y se casó con Juana Rodríguez en 1851. Su madrina de bodas fue María Josefa, Pepa, su madre.

María Dolores y Manuela

Lo cuentan como “otro amor” de Manuel, al de la tucumana María Dolores Helguera. El historiador Felipe Pigna apunta que los padres obligaron a la muchacha, como era habitual, a casarse con otro hombre al que no amaba y que al poco tiempo la abandonó. Cuando Belgrano volvió a Tucumán con motivo del Congreso General Constituyente en 1816 volvió a encontrarse con su amada, pero supuestamente y a pesar del amor que sentían el uno por el otro, no podían casarse porque ella seguía atada a su marido.

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María Remedios del Valle, la Capitana.

María Remedios del Valle, la Capitana.

De acuerdo con el testimonio de un historiador salteño, el fray dominico Jacinto Carrasco, Manuel se había propuesto desposar a Dolores, pero se fue a luchar a Salta. Es aquí cuando Drucaroff sostiene crítica que le parece extraño que de querer formalizar la relación, Belgrano no lo hubiera hecho.

“Era el general del Ejército del Norte y mandaba en la provincia”, dijo la escritora para remarcar que aquel fue el hombre que no pidió la mano de Dolores, sólo la hija de una familia tucumana; que la muchacha quedó embarazada y tuvo una hija a la que Belgrano no reconoció como legítima en su testamento aunque le legó un terreno en Tucumán.

Manuel vivió en la capital tucumana desde 1816 a 1819, año en que nació Manuela Mónica del Corazón de Jesús Belgrano Helguero y en el que Belgrano volvió a Buenos Aires por cuestiones de salud. Más tarde le pediría a su hermano y albacea, el canónigo Domingo Estanislao, “que pagadas todas sus deudas, aplicase el remanente de sus bienes a favor de una hija natural llamada Manuela Mónica que de poco más de un año había dejado en Tucumán”, según lo consignó Pigna en su texto sobre este romance.

Dolores Helguero entregó a su hija a la hermana de Belgrano —quien la reconoció como descendiente de la familia— y se quedó residiendo en la localidad catamarqueña de Londres. Allí tuvo seis hijas con un primo, Manuel Eugenio Rivas de Lara. Las llamaron Griselda, Rosenda de la Trinidad, otra Griselda (porque la primera murió siendo muy pequeña) Susana, Felisa y Modesta. Nunca firmó con el apellido Rivas, y tampoco nombró a Manuel nunca más por su nombre: sólo por Belgrano. Así con distancia y sin afecto se lee la carta que le remite a su hermano Isidro instruyéndolo acerca de “papeles” que le había dejado el prócer.

El cura Carrasco sostuvo que los Helguero, ante el embarazo de su hija Dolores, la hicieron casar con un joven de la zona que pronto la abandonó y que ella, avergonzada, partió con la pequeña Manuela Mónica a Catamarca, huyendo de la sociedad tucumana que condenaba el romance.

La niña llegó a Buenos Aires en 1825, cinco años después de la muerte de Manuel, y fue criada por Juana, su hermana. Su educación fue tutelada por su tío, el canónigo Domingo Belgrano. Se la veía parecida su padre. “El señor Rivadavia me colocaba siempre debajo de ese retrato (el de Belgrano) para admirar la semejanza que tenía con mi papá”, dejó Manuela escrito en una carta.

Al transitar los 15 años fue cortejada por su comprovinciano Juan Bautista Alberdi, pero contra todo lo esperado lo rechazó y optó por darle el sí a un primo, Manuel Vega y Belgrano, un pariente lejano, empresario radicado en la ciudad bonaerense de Azul, con quien varios historiadores sostienen que tuvo tres hijos, Carlos, Flora y Manuel Félix, aunque la genealogía apunta tres más, Manuel León, Josefa y Máxima, fallecida con sólo dos años. Manuela murió a los 46 años.

María Remedios

Hace siete años se declaró por ley al 8 de noviembre como el Día de los Afroamericanos y de la Cultura Afro, y se incorporó al calendario escolar. ¿Por qué? En memoria del fallecimiento de una luchadora de la Guerra de la Independencia, María Remedios del Valle, poco conocida como la Capitana, Madre de la Patria, Niña de Ayohuma o la Parda María, como se la menciona en partes militares.

Fue la mujer negra que nació en Buenos Aires, casada y con dos hijos, uno adoptivo: todos muertos en el campo de batalla. María Remedios nació y murió en fechas no conocidas con exactitud y falleció alrededor de los 80 años, todo un síntoma de descuido de la historia nacional con ella. Y envejeció pidiendo limosnas a pesar de haber participado como auxiliar de las Invasiones Inglesas y acompañar al Ejército del Norte (en la caída de Huaqui, la retirada del Alto Perú, el Éxodo Jujeño, las victorias de Tucumán y Salta y las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma). Fue apresada y estuvo varias veces por ser fusilada. Fue azotada por los realistas durante nueve días y quedó con cicatrices y heridas de bala en su cuerpo. Esa mujer fue nombrada capitana por Belgrano.

“El hecho de que hubiera nombrado a una capitana negra no habla de un Belgrano que destacara el lugar de la mujer, eran fenómenos de la Guerra de Republiquetas, un modo de sobrevivencia para muchas personas marginales; otra de estas grandes mujeres fue Juana Azurduy”, dice Drucaroff refiriéndose a esas guerrillas desordenadas y sangrientas, con huestes marginales y conocedoras del terreno que le dieron dolores de cabeza al comando español, obligándolo con frecuencia a suspender operaciones.

Felipe Pigna, en Mujeres tenían que ser. Historia de nuestras desobedientes, incorrectas, rebeldes y luchadoras, expresa el reconocido papel de las mujeres en los frentes de batalla: como vivanderas, enfermeras, esposas y concubinas de soldados y oficiales.

En 1927, tras un largo debate, la Legislatura decidió otorgarle un sueldo de capitana de infantería, pero “tantos papeles, tantas palabras laudatorias se tradujeron en 30 míseros pesos mensuales”, sostiene la periodista Cynthia Ottaviano en una nota titulada María Remedios del Valle. Era lo que ganaba una costurera, muy por debajo de los 660 pesos del sueldo de un gobernador, y la Capitana se las tuvo que arreglar con “un peso por día en una ciudad bastante cara donde la carne costaba dos pesos la libra y la yerba 70 centavos”, cuenta Ottaviano.

Dos años después Rosas la integró a la plana mayor inactiva con el grado de sargento mayor, por lo que decidió adoptar un nuevo nombre: Mercedes Rosas. Así figuró en la revista de grados militares hasta su muerte, en 1847.

Pero no hubo monumento ni biografía. Recién hace dos años la comunidad educativa de la Escuela Nº 25 de Santa Rosa, La Pampa, inauguró el primer monumento a la Parda María, que fue vandalizado en febrero de este año. Ahora el Concejo de la ciudad pide que se cambie el nombre de la avenida San Martín por el de María Remedios del Valle. Se verá, pero sin dudas es una de las mujeres olvidadas de la historia argentina y parte de la vida de Belgrano.

Las educadas

Al volver de Europa, en 1794, Belgrano logró su primer nombramiento como funcionario de la Corona: secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires. Desde allí, y luego a partir del inicio de la prensa con el Telégrafo Mercantil (propiciado desde el Consulado), promovió su pensamiento que incluía la educación pública. y de las mujeres.

“Desde ese espacio difundió las nociones de progreso y felicidad públicas que había incorporado en el extranjero y que eran fines de la monarquía española borbona”, comenta Milano.

Ahora bien, educar a las mujeres significaba, según Milano, “revertir los malos hábitos y desterrar la ociosidad, un mal endémico que impedía ese progreso y felicidad que se creía propio de las mujeres cualquiera fuese su condición social: desde las pobres, holgazanas por naturaleza, hasta las más ricas proclives al lujo, al cortejo y a las devociones o piedad excesivas”. O sea, remarca la investigadora de la UNR, “toda la población debía ser reeducada, en especial las mujeres y los niños para que aprendiesen una ocupación útil”.

Así, Belgrano preparó su propuesta local para ingresar económicamente al conjunto de la monarquía. “Basta revisar los escritos de pensadores y asesores políticos españoles del siglo XVIII para descubrir que la educación en general y de las mujeres en particular era una variable incluida en planes que involucraban a otras como comercio, ocio, progreso, utilidad, agricultura, industria y lujo que entraban en juego para conseguir la felicidad de todos los vasallos de la monarquía”, señala la historiadora.

Y en ese sentido aclara que “era una educación igualitaria en el sentido de que todos debían ser educados para una labor útil: la educación comenzaba a ser pensada como una variable económico-política pero de ningún modo como un derecho como la conocemos hoy día, sería anacrónico pensar en términos de democratización a la manera contemporánea”, agrega Milano antes de aclarar que Belgrano incluye a las mujeres de igual modo que se hacía en Europa, “como fuerza de trabajo”.

Las mujeres comenzaban a ser reeducadas en los hospicios, las cárceles, las escuelas primarias y escuelas patrióticas que producían hilazas para el comercio textil. Belgrano previó que los ríos de la Plata y Paraguay podían proveer insumos para las hilanderías españolas con el trabajo de las mujeres locales que formaban parte de la población inmersa en la “miseria y la ociosidad”, un proyecto que incluía también a los niños.

Belgrano fue el primero que difundió la idea de educación pública con una propuesta concreta aunque en la práctica no prosperó. “En 1814 en su Autobiografía lamentaba lo poco que había logrado en tal sentido y durante el período revolucionario llegó a donar los premios recibidos por su actuación militar para la construcción de escuelas. Sería Sarmiento quien finalmente lo lograría en otra etapa de nuestra historia, cuando era necesario organizar la Nación y homogeneizarla con una educación general, pública y gratuita”, dice la historiadora.

De todos modos Milano rescata que Belgrano tuvo un gesto muy humano con las mujeres, el de reconocer que eran un grupo vulnerable, expuesto a la enfermedad por su estado de pobreza y a los males que veía en la prostitución a la que estaban obligadas a ejercer para lograr su sustento. Para la historiadora, “Belgrano reconocía cómo la prostitución diezmaba sus cuerpos y su salud; se percató nada menos que de su sufrimiento”.

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