Acerca de las distinciones sociales e institucionales hacia ciertas conductas
violentas, Eugenio Zaffaroni hace dos años en Rosario dijo esto: "Si un chico pobre le clava un
cuchillo en la espalda a su abuela lo encerramos en el reformatorio; si un chico con recursos hace
lo mismo lo mandamos al psicólogo".
El procedimiento para construir un monstruo funciona selectivamente. Un joven
que tiene problemas psicológicos y comete un acto violento a veces es demonizado y otras veces
contemplado de forma prudente y hasta piadosa.
En el acto del joven que subió con un hacha a un colectivo hace tres semanas los
medios leyeron, casi con unanimidad, la expresión máxima de una escalada de violencia en el
transporte urbano, algo así como la evidencia de una nueva modalidad delictiva, y no el acto
desquiciado de una persona trastornada. Y reclamaron reclusión en nombre de la seguridad
pública.
Si hablamos de actos violentos contra terceros, no pasó algo así en 2003 cuando
Tulio Adorna hirió en Funes a cinco miembros de su familia matando a dos. O cuando hace un año Lalo
Repetto quitó la vida a su hermano y a un vecino en Marull al 200 de Alberdi y lesionó a otras dos
personas. Dos casos dignos de compasión pero receptores de una mirada más sorprendida que
indignada. Dos casos donde la salida fue el necesario tratamiento psiquiátrico.
Claro que uno preferiría no haber estado en ese colectivo y que lo ocurrido no
fue un hecho menor. Pero eso no debería impedir preguntarnos por qué los medios son incapaces de
salir del estereotipo que les hace mirar toda violencia en clave delictiva. Y a postular, como
derivado, que el remedio es siempre el encierro penal. Aunque los ejemplos de Tulio y Lalo hacen
que debamos colocar delante del siempre el casi.
Acercarnos a este caso a tres semanas de ocurrido, ya en vías de olvido, sirve
para valorar las reacciones instantáneas de los medios, poco originales al ofrecer respuestas
estandarizadas a problemas complejos. Hasta el jefe policial del operativo esa mañana distinguió el
problema que a la prensa le costaba ver. "Hubiera sido más hábil y peligroso usando una trincheta
que un hacha". Lo que equivalía a decir: puede que aquí haya un problema no delictivo.
Emprender el camino periodístico muchas veces declinado puede ayudar a entender.
Por ejemplo, en vez de sólo horrorizarnos con el acto del joven del hacha, averiguar su historia.
Eso permite encontrar el problema de un chico salido de una familia modesta, con un problema de
adicción temprana dramático y —debería ser un signo— sin ningún antecedente delictivo
previo.
En su libro "La vida de los hombres infames", Michel Foucault examina una serie
de personajes anónimos que cometieron actos violentos para estudiar, más bien, la reacción pública
hacia ellos. Tropieza siempre con lo mismo: existencias sufridas e infortunadas. Pero lo que más le
llama la atención es que lo que convierte a esas vidas en infames o monstruosas son "apenas un
puñado de palabras". Es decir, la existencia del "monstruo" se cuenta en pocas líneas porque casi
nada se averiguó de él. Dice Foucault: "Me encuentro con vidas íntimas convertidas en brasas
muertas en las pocas frases que las aniquilaron".
En esas cortas frases que pintan al monstruo sin conocerlo se juegan vidas
reales. Y esas pocas palabras decidieron, ante el monstruo creado, "sobre su libertad, su
desgracia, con frecuencia sobre su muerte y en todo caso su destino". Estos discursos han
atravesado vidas ya que, finaliza Foucault, existencias humanas se jugaron y se perdieron en
ellos.
Ir a averiguar quién es el chico del hacha ni lo protege ni lo disculpa. Sólo
procura algo con sentido periodístico: intentar comprender. Y preguntarnos si para casos así
—para un adicto, para un sufriente— el remedio exclusivo es el encierro. No para este
caso, sino para tantos otros que con aflicciones semejantes pueden, potencialmente, subir en el
futuro a un colectivo con un arma cortante. No toda situación de violencia es un problema
delictivo. No toda violencia requiere, entonces, a la prisión como solución. Algo que puede
advertirse si tratamos de zafarnos, como quería Foucault, del modo escandalizado e idéntico en que
construimos infames con unas pocas palabras.