Apareció con el pescuezo tenso y encorvado presto a recibir el primer rebencazo. El sitio puede ser Jesús María en Córdoba, Diamante en Entre Ríos o en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe. El público enardecido vocifera con sonidos guturales. La cincha parece apretar más con el fuego de enero. El dolor se intensifica y el cuerpo se estremece con ese estímulo eléctrico que se desliza por debajo de la montura, mientras el jinete aprieta las botas adhiriéndolas a los flancos del animal, que se encorva y se encabrita hasta quedar perpendicular sobre sus patas traseras. El caballo trata de deshacerse del jinete, no por indómito o salvaje, sino por la cincha expresamente ajustada o por el sufrimiento que le causan las heridas y golpes recibidos a través de rebenques cargados o por las lastimaduras anteriores no curadas de ex profeso. De esa manera, cada domador determina, según la intensidad del castigo, el tiempo que durará su "hazaña". La tropilla de caballos (en la que jamás se encuentran animales indómitos) es traída desde donde se encuentran, generalmente de la localidad donde actuaron la semana anterior. Esta farsa se transforma en tragedia en los múltiples casos en que, pialando del cogote a un caballo, este se quiebra y es sacrificado delante de los ojos anodinos del público. Las carnes se enervan con el filo de las espuelas que hincan el cuero y se adentran en las heridas abiertas. El pobre se agita, hace el último esfuerzo por zafar de su jinete. Un aliento desgarrador lo atraviesa y después: la música. Los artistas populares, respetados y queridos por su profundo y sincero compromiso con los excluidos de nuestra sociedad, esos que le ponen voz y melodía a la defensa de los derechos humanos, esos que nos representan y nos emocionan, suben a escena minutos antes o después de que la tortura se haya cebado en animales inocentes y entonan, impávidos, canciones que honran la vida. Mientas tanto, el canal estatal esparce las imágenes de estos festivales e ingresa en los hogares, y en la psiquis de los niños, haciendo caso omiso a la Organización Mundial de la Salud, que recomienda que los espectáculos en los que se comete violencia contra animales no sean exhibidos ni difundidos. La tortura aplicada a un ser vivo no puede ser un deporte, como sin sonrojarse lo sostienen por ley los legisladores cordobeses. La tortura no debe ser parte de la tradición de ningún pueblo sobre la Tierra. La tortura es obra de miserables y se nutre con víctimas indefensas. Una aclaración muy local, pero que nos enorgullece como rosarinos. El 4 de julio de 2013 se sancionó la ordenanza 9079, cuyo artículo primero dice: "La presente ordenanza tiene por objeto prohibir en la ciudad de Rosario la realización de cinchadas entre carros traccionados por equinos, los espectáculos de doma, jineteada, novillada, palanqueadas, cogoteadas y pialadas, así como sancionar el maltrato y los actos de crueldad ejercidos sobre los animales que en ellos participen y todas aquellas actividad que tengan por objeto de entretenimiento el maltrato animal. Tal vez enero, el miedo de los caballos, sea sólo un recuerdo el día que en Jesús María y en cientos de localidades de diversas provincias argentinas surjan normativas similares a la de Rosario.






























