Europa, la venerada y eterna Europa, cuna de culturas, madre intelectual de la mayoría de nuestros héroes patrios se nos ha ido deteriorando en afectos y brillantez en la misma medida que nuestros tatarabuelos, bisabuelos y abuelos inmigrantes se han ido muriendo. El lazo afectivo que significaba tener en el hogar un abuelo con acento extranjero, se fue desdibujando al mismo tiempo que las noticias del viejo mundo nos iban transformado una imagen casi idolatrada y deseada a modo de ejemplo, en un cúmulo de idioteces y engaños dolosos. Sumados a una política de intenciones perversas, conspirativas y de asociaciones ilegales, con acciones que siempre terminan reflejando sus primarias intenciones. Monarcas corruptos, dirigentes y presidentes cuestionados por robos, o en muchos casos por cuestiones morales propias de sexópatas aprovechando del poder para dar rienda suelta a sus desequilibrios emocionales. Todos hechos que han dado por tierra con la teoría de pretender medir el desarrollo de un país exclusivamente por el crecimiento económico. Dejando claramente demostrado que esta categoría económica de ningún modo refleja el desarrollo humano y efectivo que se produce en una sociedad. Los lamentables sucesos de Francia, en cuanto a la muerte de tantas personas, caso de por si deplorable e injustificable, nos demuestra que se ha dejado de lado el hecho que la democracia debe ser una lucha dirigida al interior del propio individuo, viendo de equilibrar el impulso por dominar y ultrajar al prójimo, y la disposición de vivir respetuosamente sobre la base de la compasión y la igualdad. Es probable, diría casi sin error, que todo parte desde la ignorancia y la estupidez humana, producto del arribo al poder de personajes no aptos socialmente, aunque la estupidez tiene cierto encanto, la ignorancia no. En estas circunstancias y viendo quienes la administran y regulan estamos en condiciones de preguntarnos si acaso en la vieja Europa la Justicia no esta condenada a una palabra vana y sin sentido. Arthur Schopenhauer, el gran maestro del pesimismo sostenía que "Nada como la prudencia para no ser atrapado por la desdicha". Desde mi óptica de católico apostólico, ver en las tapas de la revista en cuestión una caricatura representando al Padre, el Hijo y El Espíritu Santo atravesados analmente por una flecha, a modo de unión ancestral, me produce un rechazo vomitivo y sumamente humillante. Todos los seres humanos poseemos una tendencia a desarrollar problemas intrapersonales, conflictos sin resolver, traumas y complejos, es posible que en algunos casos se exterioricen estos problemas a través del trabajo. Caso contrario, dentro de mi ignorancia no logro entender (mas allá de lo económico), las motivaciones de semejantes ofensas, que degradan tanto a destinatarios como a remitentes, a riesgo de perder la vida. El problema no suele ser decir estupideces, sino decirlas con énfasis. L. Wittgenstein, en su tractatus lógico nos deja una frase para tener en cuenta aunque lamentablemente recordada a destiempo... "De lo que no se puede hablar...hay que callar".






























