Cuando di mi primera práctica de la enseñanza en el glorioso Normal 3, la maestra del grado, una señora de mediana edad, lo primero que me dijo fue que su calificación iba a estar muy influenciada por el respeto y el amor que yo les brindara a los alumnos, más allá de la instrucción y las técnicas que utilizara. Ellos (los educandos) son el tesoro más hermoso que los padres nos pueden haber confiado, no los podemos defraudar, los niños son la razón de nuestra profesión. Queridos maestros, ustedes están siendo arreados por una mafia sindical que los está envenenando y no les hace ver la realidad de su situación (supongo que no la están aprovechando para holgazanear). La mayoría de estos gremialistas no está con los chicos renegando, está tomando mate y haciendo estrategias políticas para ver cómo siguen atornillados a sus cómodos sillones burocráticos sindicales. ¿Qué saben de magisterio estas personas? Piensen que están siendo infieles y Judas a su bendita profesión, están defraudando a los padres; están siendo rechazados por la sociedad en general que ve sus ilimitados e injustificados reclamos. Jubilarse a los 45 años trabajando medio día frente a un grado..., ¿y qué van a hacer después? ¿viajar por otros 45 años con el 82 por ciento móvil que tienen? ¿Estos son los principios pedagógicos que van a sembrar en sus alumnos, alimentar vagos para que lucren con la educación de nuestros hijos? Por favor, pónganse las pilas, vayan a dar clases y busquen la forma de reclamar por sus necesidades pero sin avasallar el sagrado deber de educar a los niños. Y cuando elijan a sus representantes gremiales, elijan a los honestos, a los impolutos, a aquellos que entiendan que su vida debe ser un ejemplo en todo sentido. No alimenten a los inmorales, a los caudillos de pacotilla, a los deshonestos. Debe haber gente que pueda representarlos con dignidad.






























