No son pocas las veces que los maestros critican los mensajes de los medios, en
especial los de la televisión, sin embargo no siempre los cuestionan con la misma intensidad desde
la autoridad que tienen como educadores. Este es uno de los debates que promueve la periodista y
educadora Mónica Beltrán en su libro "Mediatizados. Encuentros y desencuentros entre la escuela y
los medios" (Aique), sobre el que el miércoles próximo ofrecerá una charla en Rosario.
"La escuela debería enseñar a cuestionar los mensajes mediáticos", dice sobre
una idea que desarrolla en diálogo con La Capital. Beltrán es periodista especializada en
temas de educación, conduce "Cátedra libre" en Radio Nacional y "Pensar más" en Canal Metro. Además
de docente universitaria, integra la comisión directiva de la Asociación Civil "Las otras voces" y
dirige el portal "Mediatizados".
—Si tuviera que sintetizar en algún ejemplo el impacto de los medios de comunicación
en la escuela, ¿cuál mencionaría?
—En mi libro hablo del fenómeno de Patito Feo y su canción "Las divinas",
que se extendió a los patios de las escuelas. Por ejemplo, algo que ocurrió en la Escuela Normal
Mariano Acosta (Buenos Aires) fue que el mismo año (2007) en que una comunidad comprometida con la
defensa de la escuela pública reclamaba por la remodelación del edificio, las nenas de segundo a
séptimo grados bailaban todos los recreos la coreografía de la TV, de una canción con contenido
discriminatorio. Nadie en la escuela registró esto para trabajarlo, cuestionarlo y reflexionar. Los
maestros ponían el CD con el tema y aplaudían a las chicas que bailaban y cantaban a gritos: "Sea
como sea aquí no entran feas, pa’ que lo veas te voy a mostrar. Mirá esa fea, aquella otra
fea, aquí no pueden entrar...". La escuela como institución que debería promover el pensamiento
crítico no se metió con eso. Hay además innumerables ejemplos en los modos de hablar de los chicos,
sus muletillas, la manera de relacionarse, la ropa que eligen, también en la forma en que piensan y
la dificultad de concentración que tienen en el aula. Todo eso habla de la influencia de la cultura
mediática en el pensamiento y el accionar de las nuevas generaciones.
—Algunos la demonizan, otros la simplifican. ¿Cómo debería ser la relación entre la
escuela y los medios?
—Debería ser de complementariedad. La escuela tiene que aprovechar los
saberes que los chicos obtienen de los medios pero, al mismo tiempo, enseñarles a tomar distancia
del discurso que instalan y poder criticar lo que se muestra como una verdad única. La escuela
tiene que ofrecer pluralidad de fuentes, enseñar a leer, a abordar diversas formas de pensar y
otros discursos sobre los mismos temas que ofrece la TV. Todo para que los chicos puedan cuestionar
lo que reciben desde herramientas tan poderosas como la pantalla.
—¿Qué posición asume la escuela frente a la influencia de mensajes mediáticos en la
formación de la infancia y los adolescentes?
—La escuela suele criticar lo que viene de la tele, pero puesta frente a
lo que traen los chicos muchas veces se queda sin palabras y no interviene. Deja de reconocer así
el poder impresionante que sigue teniendo un docente respetado para intervenir. Los maestros pueden
tener una influencia importante en sus alumnos, siempre que en primer lugar ellos sigan estando
seguros del poder de la educación formal; y que los padres respalden la escuela, como el lugar de
aprender y enseñar. Lo que muchas veces pasa es que la escuela está desprestigiada socialmente, le
falta estatus social, entonces los profes no alzan sus voces frente al discurso valorizado de las
pantallas. Es así que los chicos terminan repitiendo como loritos lo que escuchan en la tele y los
maestros no intervienen, critican pero no dan vuelta esa realidad con su accionar.
—¿Qué opina de las experiencias donde las escuelas tienen sus propias radios o
periódicos?
—Es lo mejor que puede ocurrir, siempre y cuando no se haga solamente
pensando que es un entretenimiento. Es importante que los medios de prensa escolares (radios,
revistas, portales) reflejen el discurso de los niños, las niñas y los jóvenes y no sean
reproducciones de los medios periodísticos tradicionales. Tienen que ser medios alternativos, que
respeten y defiendan la pluralidad de ideas y el ida y vuelta de la comunicación. No se trata de
que los chicos jueguen a ser periodistas, como parte de una moda, sino que utilicen herramientas
que pueden ser entretenidas para comunicarse, para decir lo suyo y para experimentar su derecho a
expresarse e intercambiar ideas, de manera de participar en la construcción de una sociedad
pluralista y democrática.