Quien haya leído “La Razón de Mi Vida” podrá concluir, sin temor a equivocarse, que Cristina Fernández de Kirchner no es Evita. Quien someramente trace un paralelismo entre la actual “administración” y el ideario de Juan Domingo Perón, plasmado en la Doctrina Nacional Justicialista que preconizó una patria socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana, y que constituyó una novedosa tercera posición entre las “bondades” del capitalismo yanqui y el utópico mundo marxista, arribará sin dudas a la conclusión de que el actual elenco gobernante no es peronista, y menos aún nacionalista. Son lobos con piel de cordero. Son canallescos “transformistas” del genuino justicialismo de Juan Domingo Perón. Son apátridas cipayos vendidos al mejor postor internacional que pueda comprar sus voluntades. El pueblo de Perón siempre fue un pueblo trabajador, no un pueblo subsidiado ni sobornado. En la Argentina de Perón existía el trabajo digno, no la miseria subsidiada ni la vagancia institucionalizada. En la Argentina de Perón se repartían cañas de pescar, no pescado. Existía seguridad, no enseñoramiento de la más infame delincuencia. Existía educación, no analfabetismo estructural. Existía seguridad jurídica, no servilismo de la Justicia. Existían sindicatos, no asociaciones ilícitas. En la Argentina de Perón existía liderazgo, no patoterismo estatal. En la Argentina de Perón existía dignidad, no promiscuidad institucionalizada. En la Argentina de Perón existía una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana, que fue cabeza de Latinoamérica y que constituyó un verdadero ejemplo en el reconocimiento de los derechos del trabajador y de la mujer para todas las naciones del orbe. Fue la Argentina de la conciliación, no de la confrontación. Esa Argentina que enmarcó, en un ejemplificador gesto, el sincero abrazo de Perón y de Ricardo Balbín, y que posibilitó que un emocionado y viejo adversario despidiera honrosamente a un amigo.





























