Recientemente se conocieron declaraciones del primer ministro italiano Silvio Berlusconi. El poderoso empresario, devenido en dirigente político, ha sabido en poco tiempo concentrar en torno a su figura a racistas y xenófobos como los de la Liga del Norte que muchas veces atacan a los inmigrantes, pasando de las palabras a los hechos. Nada menos que en Italia, cuyo heroico pueblo supo derrotar al fascismo mussoliniano, gracias al coraje de sus mujeres y hombres convertidos en partisanos. Es difícil que se borren de nuestras retinas y corazón esas imágenes de la película "Roma ciudad abierta", captadas por célebre director Roberto Rossellini. Italia, que resurgió de las cenizas con más fuerza y dignidad que la que le concedieron las tropas norteamericanas que la recorrieron de sur a norte y que Curzio Malaparte reflejó descarnadamente en su novela "La piel". Este país tuvo alguna vez hombres dignos ejerciendo responsabilidades sociales: el presidente socialista Sandro Pertini, persona consecuente con un ideario y práctica humanista, sobreviviente de las cárceles fascistas, coherente y cabal capaz de jugar su vida por nobles propósitos, o bien el valiente juez Falcone batallador contra las mafias. Italia cuenta hoy con un patético personaje que ironiza con el horror de las víctimas del terrorismo de Estado en la Argentina. Berlusconi no tiene nada de "cavalliere" y debería manifestar una rectificación no sólo de sus dichos, sino y por sobre todo de sus prácticas que lo asimilan a los despóticos condottieri del Renacimiento. Italia de Pertini a Berlusconi es para reflexionar a fondo acerca del devenir de nuestras sociedades contemporáneas, en esta bisagra entre lo viejo que no acaba de morir, a pesar de la crisis generalizada, y lo nuevo que no termina de nacer. Es evidente que transitamos lo que el filósofo Antonio Gramsci llamó "la etapa de las situaciones perversas".
































