Una vez más (¿y van?) debemos ver, ya no asombrados sino indignados, cómo la intolerancia religiosa se hace presente en nuestra vida cotidiana. Resulta llamativo observar con qué facilidad se ofenden ciertos religiosos ante una simple representación artística y no lo hacen o por lo menos no lo manifiestan públicamente ante hechos aberrantes de algunos de sus representantes o instituciones que los nuclea, como los Storni, Grassi, Von Vernich, por citar sólo algunos contemporáneos. Esa enajenada religiosidad que aquí atenta (por suerte) sólo contra la libre expresión es la misma que en otros países y otras culturas, al llevarla al extremo, mata personas. La raíz es la misma. Los religiosos deberán darse cuenta que "su verdad" no es la verdad de todos y deberán aprender a convivir con quienes piensan y actúan distinto. Para algunos la religión puede ser la parte más importante de su vida, para otros no significa absolutamente nada y ambos deben saber convivir con tolerancia. Esto sería mucho más viable si el Estado se separara definitivamente de la Iglesia, reformando su constitución de modo de obtener la laicidad del Estado. A mi me ofende, por ejemplo, que una parte de mis impuestos se destine a subvencionar gastos de una iglesia (la católica) en desmedro de otras (evangélicas, testigos de jehová, adventistas, musulmanas, judías, etcétera) o de aquellos que no pertenecemos a ninguna. Se debería dejar de dar privilegios a una parte de la comunidad que al tener ese respaldo estatal se presume con autoridad superior al resto de la sociedad para participar en su vida institucional.
































