No hace mucho se le había ocurrido a un concejal (cuyo nombre no vale la pena recordar) prohibir la circulación de motos con dos ocupantes en el microcentro. Por suerte, la estúpida medida no prosperó y a nadie de la Prefectura se le ocurrió obligarnos a usar zapatillas de goma para subir a una lancha. Pero todo es posible en este país donde cunde la manía de regularlo todo (menos el cambio de sexo, que no es una prioridad de los burócratas que dicen cuidarnos). Ahora leo que en los últimos tiempos se llevaron al corralón más de 10.000 motos, en la mayoría de los casos por no uso de casco, por lo cual quieren obligar a los supermercados a vender el vehículo con el correspondiente accesorio. También quieren obligar a las gasolineras a vender combustible sólo a los que tengan el protector de cabeza. Y me pregunto: ¿dónde está el límite para esta manía de imponer cosas absurdas? Por otro lado, parece que nadie ha visto nunca a esos chicos circulando en patinetas o skates sin freno, casi surfeando por las calles del centro, a las horas de mayor tránsito. Si sumamos a este peligro el de los cartoneros con sus carritos, uno termina pensando que secuestrar 10.000 motos a personas que trabajan con ella, por el simple hecho de no usar el casco es un verdadero disparate, una desproporción brutal que se corregiría con una multa. Las autoridades deberían rever el tema y buscar mayor equidad, porque pensar en el secuestro de miles de motos debe ocasionar un daño mayor que el mal que intentan remediar.



























