El sol, brillante. El cielo, límpido. La brisa, suave. Las nubes, ausentes. El día, ideal. Pienso en ella, la conocí anoche y hoy me espera. Camino presuroso, una desafiante hilera de baldosas muestra sus dientes, caigo. Me repongo, mi pensamiento está en otro lugar, cuando me encuentro de pronto sentado en un charco de agua y barro. Sólo conocía su nombre, no puedo detenerme. Señor, por favor, una anciana trata de sacar su pie, ayudada por su bastón de una trampa de escombros húmedos. Gracias señor. Estoy cerca, me acompaña el rítmico tap tap de alegres lajas sueltas. Apuro el paso, allí está ella. ¿Cómo estás? Bien, pero mira, me dice, en su mano un taco roto de su zapato. Tus problemas son los míos, contesto, pero no nos detendrán. La miro a los ojos, atrevidamente tomo su mano y pregunto: ¿un café? Se inicia una historia de amor. De las baldosas amenazantes, del agua y del barrio, de los escombros húmedos, de las lajas inquietantes y del taco roto se encargarán, lo han prometido largamente, quienes deben hacerlo. Será otra historia, pero no de amor, será una historia de promesas incumplidas.


































