Si uno realiza un análisis sociológico acerca de nuestro país rápidamente se da cuenta que está habitado por gente enferma. Gravemente enferma de ambición de riqueza y poder, hipocresía en su grado más notorio, desidia extrema y ansias de notoriedad que raya con la vanidad en estado de que se consideran seres bíblicos. De este modo eligen a sus representantes, en una especie de democracia plagada de libertinaje e inequidad dentro de una pirámide social plena de corrupción y descontrol. Lo extraño de todo esto es que este pueblo también contiene a innumerables personas agraciadas con virtudes muy loables, pero que se sienten impotentes y atrapadas en un sistema que las excluye, y las ha ubicado en el extremo opuesto a la mitad de los ciudadanos que deben mantener en todos sus aspectos a la otra mitad que solo verá pasar la vida de modo placentero. En estos últimos están incluidos los funcionarios públicos y sus respectivas cortes serviles de parásitos que ostentan el poder absoluto, y se contentan afirmando a cada rato que éste es un país “con buena gente”.



























