Señor Cristián Hernández Larguía: la razón, esa sublime facultad del espíritu, nos permite remontarnos a lo universal a partir de los datos de la observación sensible a condición de que mantengamos la coherencia o hilación del pensamiento; es decir, la lógica. Un razonamiento ilógico no es un razonamiento y por consiguiente lleva al desorden en el obrar. Y en el desorden jamás alcanzaremos la verdad, la libertad y la justicia, que tanto padecemos los humanos. Cuando usted en su carta del 18 de enero pasado pretende refutar la mía del 15 de enero incurre en un verdadero sofisma, equiparando el celibato con la homosexualidad. Toda persona, sea hombre o mujer que libremente acepta el celibato como expresión de un ideal de vida no viola el orden natural que impone para la procreación el concurso o unión sexual de un hombre y una mujer, toda vez que ésta no usa su facultad procreadora al margen de la ley natural, sino que solamente se abstiene del sexo, se autoinmola en aras de un ideal superior. Todo lo contrario ocurre con la homosexualidad y este es un dato concreto de la realidad que usted ignora. Mediante sofismas, mi estimado maestro, jamás alcanzaremos la verdad, ni lograremos libertad y justicia, valores íncitos en el orden natural y que constituyen el fundamento jurídico de la institucionalidad argentina, desde el preámbulo mismo de nuestra Constitución. Doy por terminado este diálogo epistolar.




























