Hace un año, la vida de mi hija Agustina cambió para siempre. Se trasladaba en un ómnibus de la empresa Manuel Tienda León, trayecto Ezeiza-Rosario cuando por una mala maniobra el vehículo volcó, con el saldo de un muerto y varios heridos. Entre ellos mi hija, de 26 años, que sufrió una fractura en un brazo y otras lesiones de consideración. A partir de ese momento comenzó para Agustina un largo y doloroso peregrinar que aún no ha concluido y quizás no acabe nunca; es abogada, trabaja en el Poder Judicial y está seriamente limitada en sus funciones. Nada volverá a ser como antes. El vehículo que la transportaba no era de la empresa que ella contrató: ¿no es acaso un engaño no prestar el servicio que se ofrece? ¿No es desaprensión e indiferencia por el destino del usuario? Estas son las preguntas que debería responder la empresa para conservar el reconocimiento que pretende de sus contratantes. Puede excusarse, fácilmente, derivando sus responsabilidades en la empresa aseguradora con la que cuenta; puede hacerlo, pero no tiene excusa moral el incumplimiento de ese contrato y el desprecio por sus consecuencias. Nadie podrá borrar las cicatrices en el cuerpo de Agustina, ni la rescatará de los miedos que le han quedado, así como tampoco podremos olvidar el nombre de Manuel Tienda León.






























