La tradición o más exactamente el tradicionalismo como concepto filosófico está reñido con la razón. Y aunque reniegue del tradicionalismo, la tradición nos marca y depende de nosotros no privarla de tal razón. Y acaso, ¿se puede escapar totalmente de ella? Mi abuelo paterno desmanteló el 26 de julio de 1952 su fábrica de mosaicos en San Lorenzo para armar la capilla ardiente y realizar el simbólico velatorio en esa ciudad a la mujer más importante de la política argentina. Mi abuela materna, por su parte, esperaba un mesías del cual me hablaba maravillas de un gobierno que había tenido _bien de esta tierra_ y que volvería en un misterioso avión negro. Sería por eso que la veía mirando tanto y tan seguido al cielo. Mis primos esquivando censuras y riesgos en los 70 escribían en las paredes "Luche y vuelve". El avatar de mi abuela volvió, pero al poco tiempo se volvió a ir un triste día de invierno llevando en sus oídos la "música más maravillosa" que era según sus propios dichos la palabra del pueblo argentino. Mi padre obrero pudo enviarnos a estudiar a mi hermano y a mí gracias a leyes que su gobierno dejó. Por eso tomo la tradición familiar como trinchera; pero privándola de condicionamientos inútiles, llenándola de razón. Y ayudando desde ese lugar, cuando haga falta, al que piensa como yo y al que no también. Con la madurez que incluso tenía el líder, el mesías de mi abuela.

































