Más allá de que las cosas no siempre salen bien, hay fechas que no se deben pasar por alto. Con anticipación empiezan los festejos navideños; con luces de colores vistiendo las vidrieras de comercios, los frentes de las instituciones y en las calles. Es un festejo universal, y el rojo y blanco envuelven al planeta. Pero, voy a aterrizar aquí, en este punto pequeño del globo las costumbres no son tan diferentes. Pan dulce, garrapiñadas, maníes de chocolate, turrones y confitados, increíbles de consumir en esta época del año. La tradición nos “obliga”, una tradición que si bien no es genuina viene de generaciones lejanas y se hacen imposibles de no continuar. El gran árbol de navidad, símbolo y refugio de los tan ansiados presentes que traerá el Niño Jesús. Ese Niño que debería ser el agasajado y dejar nosotros en ese árbol las promesas de una futura vida cristiana y el compromiso de ser mejores cada día. Por un lado, las celebraciones en la parroquia, antes, durante y después. Solemnes plegarias y deseos de que nuestras luchas no sean tan duras y consigamos los logros anhelados. Por otro lado, el nacimiento de Jesús, la Navidad a la cero hora recibida con bombas de estruendo, fuegos artificiales, comida y bebida a discreción y el principal invitado, ausente. Nadie brinda por él. Jesús es sólo una excusa, un instrumento que, en el mejor de los casos, reúne a algunas familias una vez al año.La hipocresía del ser humano, la falta de escrúpulos, el comercio, la avaricia, no permitieron, nunca, que estas celebraciones sean momentos de reflexión, de solidaridad, ayuda a los más necesitados. Cuántos niños, ancianos, enfermos y familias enteras sufren necesidades, mientras en las mesas de casi todos eligen y desechan lo que ellos desean.Siempre pienso en irme lejos para esta fecha, pero huir no sirve de nada. Estaría bueno, alguna vez, mirar alrededor. ¡Feliz Navidad!



























