En su libro "Libertad de amar y derecho a morir", Luis Jiménez de Asúa enseña que el vocablo "eutanasia" significa "muerte buena". Dicho término fue creado por Francisco Bacon en el siglo XVII cuando estudió el "tratamiento de las enfermedades incurables", o sea el tratamiento de la eutanasia, a la que clasificaba en interna o natural (agonía tranquila) y externa (provocada por el médico). Así concebida la eutanasia interesa al jurista en los siguientes casos, detallados por Franz Neukamp de la siguiente manera: 1) el médico ayuda a morir a un enfermo insalvable quien le ruega, precisamente, que lo ayude a morir; 2) el médico ayuda a morir a un enfermo insalvable cuya mente está desquiciada; 3) el médico ayuda a morir a un enfermo incurable a pedido de un tercero, más allá de que el enfermo esté o no mentalmente apto para decidir por sí mismo; 4) el médico ayuda a morir a un enfermo incurable sin consultar con nadie, aún contra la voluntad del enfermo o de un tercero. En mi opinión, el caso de Eluana Englaro, quien ingresó en la clínica La Quiete de Udine (Italia) para morir y dar término, de esa manera, a un estado vegetativo de 17 años, se encuadra en el caso 3 estudiado por Neukamp. En efecto, los médicos que atienden a Eluana tienen como tarea detener de manera progresiva aquello que la ha mantenido artificialmente con vida desde hace 17 años. El accionar médico cuenta, obviamente, con el consentimiento del padre de la infortunada joven. La situación es verdaderamente dramática porque por un lado está el juramento hipocrático que obliga a los médicos a hacer lo imposible por salvar vidas humanas y, por el otro, la angustia de un padre que ruega por el fin del suplicio de su hija. El jefe del equipo médico que atiende a Eluana reconoció sentirse devastado espiritualmente. Es lógico. Pero creo que su decisión de practicar en este caso la eutanasia es la correcta.
































