A propósito de que mañana es el Día del Llamado de los Arboles, quiero señalar lo siguiente: transitamos por un contexto nacional y mundial de enorme ingratitud y subestimación sobre la importancia que tiene la naturaleza para nuestra especie y por ende al resto de las millones de especies. A los árboles les debemos sublime respeto por la innumerable cantidad de servicios naturales que nos dan en forma gratuita. Muchos de esos servicios los ignoramos porque nuestra vista es limitada, pero son significativos para nuestra vida espiritual y cultural. Un árbol (esté en un baldío, una plaza, un frente, una selva o bosque, en una llanura, un desierto o una montaña) nos brinda tantos beneficios que distan de tener valoración contable, en un mundo al que todo se lo considera objeto comercial. Según estimaciones de científicos, ninguna tecnología podría reemplazar lo que la naturaleza nos da. Y en términos de PBI, sumando el producido por todas las economías globales por un año, a la economía le cuesta el doble de lo que la naturaleza nos brinda, sin pedirnos nada a cambio. Sin embargo estamos devastando este sistema tan perfecto y dejándolo en un estado de vulnerabilidad absoluta, incluyendo al ser humano. Un real gesto de buenos deseos debería comenzar por procurar por todos los medios conservar los árboles que aún nos quedan y darles nuestro afecto.




























