Debatir en este contexto la conveniencia o no de la despenalización de la marihuana me parece de un apresuramiento inusual, pareciera una nueva cortina de humo para ocultar los problemas que nos aquejan. En vez de tratar de neutralizar los efectos, los potencian, no puedo creer que algo que es pernicioso para la salud física y mental de la población esté por debatirse en un ámbito político, sin escuchar a los expertos en salud, todos somos testigos presenciales de los estragos que causa. En vez de proteger, estimulamos su producción domiciliaria, justificando el consumo personal, el círculo vicioso se retroalimentará con mayor cantidad de consumidores enfermos. Chicos en situación de calle, jóvenes sin futuro y sin expectativas que debería brindarles el Estado, obnubilados por los efectos de las mismas, sin otro recurso que robar, matar, prostituirse para poder comprar drogas, allí está el meollo del asunto. Vivimos en un país re corrupto, de cientos de pistas clandestinas, fronteras sin radarización, connivencia con las fuerzas de seguridad, políticos, hombres de la Justicia. La Iglesia también debe contribuir a que haya una paternidad responsable, evitando mediante su arenga agregar más pobres al sistema, a los niños no los manda Dios, los concebimos nosotros. Vivir asistidos por un Estado que les brinda (lo que parece una ayuda) y termina coartando su creatividad, su imaginación, su ilusión, será más de lo mismo. La disyuntiva no es Jesús o el consumo de drogas, es no consumirlas en beneficio de nuestra salud, luego iremos a predicar la palabra del Señor. Quiero mencionar mi admiración por la objetividad del cardenal Bergoglio, una de las pocas personas que me hace sentir reflejado en su pensamiento.



























