Hace 70 años, (alrededor de 1944) el país era rico y los trabajadores gozaban de los más altos ingresos mundiales per cápita. Perón se hizo cargo de la Secretaría de Trabajo y Bienestar Social e impulsó lo que llamó la justicia social, luego devenida en justicialismo, peronismo, kirchnerismo y los nombres creados por sus imaginarios y apócrifos herederos políticos. Pasó que la ignorancia de la economía, el despilfarro, la corrupción, la corporación sindical, la destrucción de valores éticos y derechos y el caos del Estado, generaron la crisis del año 1951, y desde entonces el país vive a los tumbos. En 2011, los trabajadores argentinos ganaban la tercera parte de lo que ganaban los de los 61 países que prosperaban. Ni el gobierno, ni la corporación sindical defienden a los asalariados; solo les ofrecen ajustes compensatorios de la inflación y los mantienen en la pobreza o la indigencia. El desorden mental de aquel Perón fue creer que las leyes y el poder del Estado eran la varita mágica para producir justicia social. Hoy, el diálogo es imposible con los herederos apócrifos: charlatanes políticos irrecuperables. El Perón de la tercera presidencia comprendió la falacia de su primera época. Para proteger del escándalo de la pobreza a los trabajadores, debe elevarse el salario real (no el nominal), lo que solo se conseguirá si penetra en el pueblo que el camino es trabajar para triplicar las exportaciones.





























