Nuevamente la corrupción. Como una plaga incontrolable, intratable, indestructible que limita el esfuerzo, cercena la reflexión, socaba las esperanzas. Proveniente de ricos y famosos que no la necesitan o de verticalistas o transversalistas que prometieron enfrentarla. Humillando a un pueblo generoso, voluntarioso y respetuoso que se ha habituado a todo lo impensado, incluso acatando reglas impunes así como permitiendo atropellos. Sin reacción ninguna, quizás por indiferencia, tal vez por temor o porque pensamos igual pero sin tener aún la oportunidad. Lamentable actitud. De arriba, esperando algún negociado proficuo. Desde abajo, esperanzados por una mísera dádiva. Sin meditar que el presente mutila el futuro. Y en esa soledad, solo algunos reclaman por los derechos republicanos a sabienda del riesgo que corren. Hemos padecido muchas muertes por distintos ideales pero lo lamentable es que de aquel desgraciado setentismo, los que hoy son los responsables de la preservación de las instituciones se olvidaron de los principios de aquellos que cayeron en los inauditos enfrentamientos. Como si el tiempo menoscabara sus recuerdos y permitiera que las ambiciones personales sin límites surgieran como una exención irresistible, elaboradas libremente desde la irracionalidad y cubierta con mantos de impunidad. Uno se pregunta el por qué. ¿Por un fracaso de nuestro sistema educativo? ¿Por desnaturalización de la Justicia? ¿Por ausencia de control del Estado? ¿O simplemente por herencia de la antigua colonia?


































