Entre tanto ruido y pocas nueces asistimos al periódico bombardeo publicitario de los candidatos. Si pensábamos que lo más difícil era el trámite de votar, estamos errados. Escuchar las propuestas, por llamarlas de algún modo, genera tristeza. Una mediocridad casi ufana se regodea, mostrando una vez más que la gran mayoría toca de oído y desafina bastante. Nadie se cultiva ni se informa apropiadamente cuando quiere ocuparse de los asuntos del Estado. Para qué perder tiempo revisando el pasado y si lo hiciera, se limitará a la copia sin modificación alguna. Se percibe en la gente una resignación "globalizada" matizada con muy poco de esperanza aunque suficiente para seguir creyendo. Por ello, traigo a colación la destacada labor desarrollada por el conductor de un programa de TV en que los posibles vicegobernadores se expresaron respecto de la educación. Dejando de lado la legislación, por ser algo específico, las ideas vertidas señalaron un desconocimiento del tema, demostraron confusión en cuanto a la práctica docente, al aprendizaje del alumno, a la realidad que se vive hoy en las escuelas, a la falta de garantías. La única mujer del panel, más organizada, parecía dar forma a tanta insensatez pero terminó perdiéndose en un discurso vacío de contenidos. Se planteó una sola verdad: "No se destinaron nunca los dineros necesarios para satisfacer la demanda cultural". Entre tanto absurdo no quedó claro en qué coincidieron. Y es aquí donde, el moderador, percatándose de la ineficiencia de los presentes y haciendo uso del arte de conducir, cerró hábilmente el programa demostrando ser más político que los que se postulaban como candidatos.






























