¿Fue un ascético melancólico o un comprometido padre espiritual? Como sucede con casi ningún otro teólogo, las opiniones sobre Juan Calvino (1509-1564) están muy divididas. El reformador protestante predicó sobre la gracia y la redención, a la vez que montó un régimen casi tiránico basado en la virtud.
Para la iglesia protestante y la sociedad su significado permanece indiscutido: alrededor de 80 millones de personas en todo el mundo pertenecen hoy día a las iglesias reformadas basadas en su doctrina.
Su moral del trabajo fue impulso del capitalismo, y la organización de su iglesia un modelo de democracia. El viernes último, el reformador protestante hubiese cumplido 500 años.
Si uno mira a Calvino a los ojos en sus retratos, uno vislumbra su ascetismo. Parece trasnochado, agotado por el trabajo, rendido. Pasó noches enteras escribiendo, presuntamente comía una sola vez por día.
Sobre su escritorio siempre estaba la Biblia. Para Calvino, era la única autoridad. Dios se habría empequeñecido para ingresar en ella. Sólo en la Palabra, creía Calvino, podrían las personas, inspiradas por el Espíritu Santo, reconocer a Cristo. Por lo tanto, el reformador refirió sus enseñanzas siempre a la Biblia. Sospechaba de las imágenes y otras representaciones de la fe. Nada debía desviar la atención de la palabra de Dios.
Así y todo, Calvino llegó a la teología muy tardíamente. Nació el 10 de julio de 1509 en Noyon, en el extremo norte de Francia. Estudió jurisprudencia en Orleáns, Bourges y París, y tras la muerte de su padre dio un giro hacia los estudios humanistas. Lo marcaron sobre todo Séneca y la filosofía estoica.
En este tiempo entró por primera vez en contacto con partidarios de la Reforma de la Iglesia Católica, a la que él pertenecía. No está claro cuándo fue que él se unió a este movimiento. Lo único seguro es que, debido a la persecución a los protestantes, tuvo que dejar París, supuestamente en 1533 y tras algunos rodeos, llegó más bien casualmente a Ginebra.
La ciudad se convirtió en el centro decisivo de su influencia. A pesar de acérrimas resistencias iniciales, pudo llevar a cabo la Reforma según sus propias ideas. No se destacaba por su sensibilidad: en nombre de la religión creó un régimen moral muy duro. En el fondo se trataba de teología y el poder. En algunos conflictos luchó con el Concejo de la ciudad por lograr influencia y poder decisorio.
Calvino montó un régimen de vigilancia, espionaje y denuncia. El punto más bajo en este empeño fue la pelea con el español Michael Servet, el descubridor de la circulación de la sangre, quien argumentaba contra las ideas de Calvino sobre el pecado original y el bautismo infantil.
La pelea escaló y Servet fue condenado como hereje a una tortuosa muerte en las llamas. Mediante dictámenes y la entrega de informaciones explosivas, Calvino habría influido para efectivizar la ejecución de la sentencia.
El reformador, sin embargo, estableció estructuras sinodales en la Iglesia, que si bien aún tenían un carácter aristocrático, podían considerarse precursoras de la democracia representativa actual.
Calvino trabajó largos años en su obra principal, “Institutio Christianae Religionis” (“Instrucción a la religión cristiana”), considerada una de las obras teológicas más influyentes hasta ahora.
Desde 1555 el estado de su salud empeoró visiblemente. Tenía migrañas y cólicos renales, hemorroides que lo extenuaban. Hacia el final de su vida Calvino, enfermo de gota, no podía levantarse sin ayuda.
Y sin embargo casi no tenía consideración por su estado de salud. Ascético y autodisciplinado, trabajó hasta que no pudo más. El 27 de mayo de 1564, con 54 años de edad, falleció. Hasta el día de hoy se desconoce el lugar exacto de su sepultura: Calvino fue enterrado en Ginebra en una tumba sin nombre.

































