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Carrera contra el reloj de un joven para conservar la visión

Padece una enfermedad que ya le hizo perder la visión en un ojo y le dejó el 40 por ciento de visión del otro. Su mal, aseguran los médicos que lo atienden, tiene solución en Alemania.

Domingo 21 de Septiembre de 2014

Vicente Isidori tiene 28 años, es contador público y desde hace años corre contrarreloj una carrera contra la ceguera. Padece una enfermedad que ya le hizo perder la visión en un ojo y le dejó el 40 por ciento de visión del otro. Su mal, aseguran los médicos que lo atienden, tiene solución en Alemania. Y pese a que la Justicia ya hizo lugar a un pedido para que su obra social le financie el tratamiento, el dinero no llega. Su desesperación crece conforme a su alrededor las luces del mundo se van apagando.

   Vicente vive en Díaz, un pueblo de 1.800 habitantes ubicado a 90 kilómetros de Rosario y a 110 de la ciudad de Santa Fe, donde tiene sede el Departamento Servicios Sociales del Consejo Profesional de Ciencias Económicas, Cámara 1, su obra social. Hace 14 años se le diagnosticó un cráneofaringioma, un tumor benigno que se desarrolla cerca de la hipófisis (una pequeña glándula endocrina ubicada en la base del cerebro) y comprime el quiasma ótico, órgano vital para mantener la vista. Ya fue operado en tres oportunidades, en 2000, 2001 y 2002. La última intervención le dio una tregua hasta 2012, cuando su visión comenzó nuevamente a desmejorar.

   “Estábamos por hacer una nueva operación cuando supimos, a través de una física, Mariel Galassi, de un tratamiento en Alemania, en la Universidad de Heidelberg, centro especializado en protonterapia, un tipo de radioterapia que llega a la base del tumor y lo elimina sin dañar tejidos con células sanas, contó el joven a La Capital.

   La ciudad de Heidelberg, sureste de Alemania, está a 100 kilómetros de la frontera con Francia. Su universidad es la más antigua y de mayor renombre del país.

   Como el tumor es embrionario, se vuelve a generar después de las operaciones, que son la única solución en Argentina ante la agresividad de los tratamientos.

   Cuando el neurocirujano Miguel Garrote, que atiende a Vicente, supo de la novedad se contactó con la universidad alemana y con Berta Roth, directora del prestigioso Instituto de Oncología Angel Roffo, de Buenos Aires.

   Los especialistas determinaron que el mejor tratamiento que podía tener Vicente era el alemán. De lo contrario, el paciente está condenado a nuevas cirugías porque las radioterapias locales no se pueden aplicar por los gravosos daños colaterales que ocasiona, según se explicó.

   El tumor que padece Vicente no es cancerígeno, pero daña el quiasma óptico, y a la larga lo dejará ciego. Pese a las cirugías que reducen su tamaño, vuelve a crecer. “Ya no puedo trabajar ni hacer deportes, que siempre me gustó, tampoco puedo leer”, dijo el joven. “Me ayuda mi novia Cecilia (25 años), que me lee cosas del trabajo. Y mi hijo Ignacio, de diez años, me da fuerzas”, contó.

212 mil euros. “Cuando los médicos del Instituto Roffo aprobaron la terapia en Alemania, pedimos presupuesto; el tratamiento, pasajes, posoperatorio y la aplicación de la prontoterapuia cuesta 212 mil euros. Fuimos a la obra social para hacer el trámite administrativo, primero dijeron que sí, pero después no dieron más respuestas. Y nos dijeron que sólo cubrían tratamientos que fueran consentidos por la Anmat.

   A partir de allí comenzó un derrotero que llevó a Vicente a la Justicia. Marcos Peyrano, su abogado, presentó un recurso de amparo en el Juzgado Federal N| 1 de Santa Fe. “La prueba se acompañó con la historia clínica y un informe del doctor Garrote. El juez Reynaldo Rodríguez pidió un dictamen al Instituto Roffo, que fue favorable a nuestro pedido. A partir de esto, el magistrado dictó una cautelar y ordenó a la obra social que cubriera en ciento por ciento de lo presupuestado”, contó. Y señaló que el juez avaló su decisión en un fallo nacional que determina que, aunque una práctica no esté reconocida, la obra social la tiene que cubrir.

   La obra social intentó recurrir la medida, pero el juez no dio lugar. “Cuando quisimos ejecutarla, plantearon chicanas procesales, recursos y medidas que dilatan el cumplimiento”, dijo el abogado.
  La cautelar debió haberse hecha efectiva hace dos meses, y Vicente sigue esperando. “Cada día que pasa él ve cómo se deteriora su calidad de vida y su estado de incertidumbre lo afecta psicológicamente”, reflexionó Peyrano.

   Vicente vive hoy en su casa paterna con sus padres y sus hermanas de 25 y 16 años. En Díaz, todo el vecindario está pendiente de sus situación. Se recibió de contador en 2011 y desde entonces trabaja con su padre.

   Su familia está en vilo. “Creo que ellos lo viven peor que yo. A veces veo a mi mamá y a mi novia hablando, y se callan cuando me ven llegar. La veo a mi mamá secarse las lágrimas y hacemos silencio. Trato de estar con buena cara, pero cada día me cuesta más”, dice.

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