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Belgrano: de ilustrado a patriota

En 1790, Manuel Belgrano le escribía a su padre desde Madrid expresándole, con mucho entusiasmo, su deseo de explorar la carrera de diplomático, a la que visualizaba como "brillantísima".

Sábado 20 de Junio de 2020

En 1790, Manuel Belgrano le escribía a su padre desde Madrid expresándole, con mucho entusiasmo, su deseo de explorar la carrera de diplomático, a la que visualizaba como "brillantísima". En la carta se proyectaba como secretario de embajada: "Según mi aplicación y el talento que tenga, puedo llegar a ocupar algún cargo de enviado o ministro plenipotenciario". La misiva forma parte de la escasa correspondencia que nos ha llegado de aquellos años en los que vivió en España, donde fue enviado a estudiar leyes y obtuvo su título de abogado. Eran tiempos de tertulias, lecturas y conversaciones en los que el joven Belgrano se empapó del clima ilustrado que vivía Europa, mientras buscaba un rumbo para su futuro. Tal vez imaginaba que el destino en una embajada le permitiría combinar la experiencia ganada en una legación extranjera con su aspiración de hombre letrado. Después de todo, el célebre Maquiavelo lo había logrado con creces al capitalizar su aprendizaje en el arte de la diplomacia para aplicarlo en las reflexiones políticas que volcó en El príncipe. Pero el cargo que Belgrano logró obtener de la Corona española, poco antes de regresar a Buenos Aires en 1794, fue el de secretario del recién creado Consulado de Comercio en la capital virreinal. La posición alcanzada estaba, por cierto, a la altura de sus expectativas, aunque carecía del glamour de un ministro plenipotenciario.

Ya instalado en su tierra natal, alternó sus tareas de funcionario colonial con la de publicista en los primeros periódicos publicados en el río de la Plata, donde se encargó de difundir los principios de la nueva economía política. Su interés apuntaba a convertir a la Corona, a la que servía con convicción, en el motor de los cambios que promovían los propios ilustrados españoles para reubicar a la monarquía en el nuevo contexto interimperial. Su testimonio posterior, sin embargo, revela la desilusión que experimentó en aquellos años de secretario consular, según lo expresaba en su Autobiografía escrita en 1814: "Mi ánimo se abatió, y conocí que nada se haría en favor de las provincias por unos hombres que por sus intereses particulares posponían el del común".

No sería este el primero ni el único motivo de desánimo en la trayectoria de Belgrano. En 1808, cuando se produjo la ocupación napoleónica de España y las imprevistas renuncias de los Borbones a la Corona, lideró la alternativa de instaurar en Buenos Aires como regente de América a Carlota Joaquina de Borbón, hermana mayor del rey Fernando VII, cautivo de Bonaparte. La infanta Carlota se encontraba recién llegada a Río de Janeiro —junto a su marido, el príncipe regente de Portugal, y toda la Corte de Braganza— luego de huir de Lisboa por el avance de las tropas francesas. Para Belgrano y el círculo de porteños que lo acompañaban, el traslado de la princesa al río de la Plata era una oportunidad para reformar el status de las colonias sin romper con la Corona ni con la metrópoli. Así lo exponían en una Memoria dirigida a la Corte de Brasil, mientras el secretario del Consulado asumía el rol de operador del plan carlotista, que se frustró por motivos muy diversos. Entre ellos, por el giro que adoptó la situación al arribar al puerto de Buenos Aires las noticias del indetenible avance de Napoleón en la península y la disolución de la Junta Central.

En mayo de 1810, los acontecimientos se precipitaron y derivaron en el conocido desenlace del Cabildo abierto y la creación de una junta de gobierno. En ese punto de inflexión, el funcionario colonial y publicista ilustrado comenzó una nueva vida: a los cuarenta años de edad se embarcó en la aventura revolucionaria. ¿Qué razones lo llevaron a aceptar no solo —o no tanto— el cargo de vocal de la Primera Junta sino, poco después, el de comandar los ejércitos patriotas "sin embargo de que mis conocimientos militares eran muy cortos", según confesó sobre la primera expedición a la que fue destinado en Paraguay? No lo sabemos. Sus reflexiones autobiográficas solo nos devuelven un cierto dejo de asombro e incredulidad: "Apareció una Junta de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por dónde, en que no tuve poco conocimiento".

Ahora bien, lo llamativo no es esta confesión de extrañamiento frente a la vorágine de aquellos días sino el destino que le tocó cumplir de allí en más. Mirado en perspectiva su posterior derrotero, el hombre que parecía contar con todas las credenciales para ocupar los más altos cargos políticos en la carrera de la revolución fue destinado por sus compañeros de ruta a un terreno que desconocía y para el cual no había sido preparado: el de las armas. Belgrano trató de transitar ese terreno con obsesivo disciplinamiento, leyendo y estudiando libros sobre estrategia y táctica bélica, mientras hacía la guerra en las más inhóspitas geografías. Pero, como sabemos, el conocimiento que proveían los libros no siempre era suficiente. En este sentido, la anécdota relatada por Matteo Bandello en el siglo XVI ilustra muy bien el desajuste que podía surgir entre la teoría y la práctica guerrera. En sus Novelle, el autor contaba que cuando Maquiavelo fue convocado a dirigir una serie de maniobras del ejército de Giovanni de Medici, descriptas en su obra Del arte de la guerra, la tarea terminó en un verdadero caos.

No importa si la anécdota es veraz, sino destacar que el lugar que Belgrano se ganó en el panteón de héroes se debe, justamente, al hecho de haber afrontado el desafío de dirigir grandes ejércitos en el campo de batalla para sostenerlo con abnegación y espíritu patriótico. Luego de conocer tanto la gloria de las victorias como la frustración de las derrotas, su viejo sueño de desarrollar una carrera diplomática lo pudo cumplir brevemente, cuando fue enviado en una misión a Londres en 1815. Fue un pequeño impasse, como lo fue su rápido pasaje por la Primera Junta de gobierno, en la agitada década en la que le tocó enfrentar una prolongada y cruenta guerra. Y, tal vez, la paradoja de que el reconocido hombre letrado no haya ocupado más que de manera efímera un cargo político en la carrera de la revolución es lo que también contribuye a explicar que su figura nunca haya sido impugnada en las conocidas controversias y disputas que nuestro país viene librando en torno al pasado.

Como sabemos, en el gradual proceso de construcción memorial del Padre de la Patria, su paso por Rosario se convirtió en una estación fundamental del mito: Belgrano, creador de la bandera celeste y blanca, habilitó a consagrar a nuestra ciudad como Cuna de la Bandera. La identidad de los rosarinos con el personaje que hoy conmemoramos en el bicentenario de su muerte es, sin duda, una marca registrada. Así lo demuestra el lugar emblemático que pasó a ocupar el Monumento a la Bandera que, ante la carencia de un Cabildo fundacional, representa la inscripción de Rosario en la tradición histórica de la Nación.

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