Leyendo y adaptando notas de Rodolfo Arango, podemos decir: “La primera constitución democrática del mundo moderno, Pensilvania 1776, es un símbolo; en el cual, al mismo tiempo que se constituía una asamblea representativa, elegía un consejo de censores, encargados de controlarla. La idea era articular en forma simultánea las instituciones que organizaban la confianza y los que organizaban de algún modo la desconfianza. Luego, la democracia moderna sacraliza el principio de la confianza y organiza la voluntad popular por medio del voto, dando principio a la oposición. El ciudadano actual ha descubierto, ayudado por los medios, que lo más efectivo son las demostraciones críticas ante el poder político de turno. Comprueba que resulta más fácil forzar la retirada o el fracaso de un proyecto de ley, que procurar establecer una ley deseada. Percibe y acepta que resulta más efectivo controlar un poder a través de la crítica de los medios de comunicación, en lugar de hacerlo por el sufragio. Instrumento que resguarda la desconfianza de los ciudadanos, amparados en el rechazo o la no reelección de representantes, pero que resulta lento y a la vista de los resultados, de confusa eficacia, desprestigiando el voto popular a favor de los medios alternativos de influencia inmediata. Los nuevos movimientos, han desarticulado las relaciones sociales, atomizando la lucha popular para transformarse en grupos de acción especializada, como manifestaciones regionales, barriales, víctimas del terrorismo de Estado, ganaderos de una zona, organizaciones ecológicas, no gubernamentales, obreros sectorizados, viejos partidos fraccionados, amigos de los animales, entre otros. Estamos tomando el camino equivocado, procurando la negación de los valores ideales, hoy sabemos más de contrademocracia que de construir y perfeccionar la confianza en un sistema que creímos era la forma más coherente de convivencia. Los políticos actuales están siendo desbordados por las imperfecciones del sistema, sin lograr concebir un modelo de reforma efectivo y aplicable. No perciben haber caído, “todos”, en un populismo que no persigue como objetivo de máxima un medio de liberarse de coacciones insoportables o de ejercer responsabilidades, e incapaces de captar las manifestaciones de la desconfianza popular. El nuevo arzobispo de Rosario dice: “La droga promete pero no cumple”, digo yo, adecuando la frase ante la erosión de la confianza de los ciudadanos en sus dirigentes, sin dudas nos hemos vuelto democráticamente adictos a un tipo de droga que nos sigue enfermando con promesas que no cumple, llamada clase política. Quienes inmersos en la dicotomía que les produce el poseer y el dejar de tener, terminan creyendo peligrosamente que ellos son la ley. Hoy no se percibe un programa coherente destinado a tomar el poder, prefieren convivir en una forma retórica de crítica pública y continua, procurando como principal meta la estigmatización del oponente, logrando finalmente el total desprestigio de su propia esfera política. Es probable que en su dislocada organización perciban este accionar como un recurso valioso, pero resulta ser el síntoma de una patología perniciosa de una sociedad que se dice moderna y de políticos penosamente anacrónicos.






























