En Londres la Argentina obtuvo cuatro medallas, mientras que en los Juegos anteriores de Beijing y Atenas cosechó seis. Además, en Londres fallaron las expectativas respecto al básquet e incluso el hockey femenino, y ni participamos en fútbol. En cambio Colombia obtuvo ocho medallas y otros países latinoamericanos más pobres o de menor población como Cuba y República Dominicana estuvieron a la par. Y no hablemos de Brasil. Es decir que en el ámbito deportivo a igual que en otros campos hemos retrocedido o estamos estancados. Con el agravante de que por primera vez este gobierno hegemónico utilizó a varios deportistas con fines políticos en spot televisivos machacando con el tema de los nietos desaparecidos. Con esta desnaturalización del deporte así nos fue. De manera que el supuesto crecimiento económico de la era K (que no disminuyó la pobreza pero aumentó la inseguridad y retornó la inflación) no se tradujo en avance deportivo. Para ser un buen deportista hay que tener dones naturales (empezando por una buena nutrición en la infancia), es decir que haya una juventud sana y bien alimentada. Con muchos niños y jóvenes en estado de pobreza se pierde la posibilidad de que surjan de ellos excelentes deportistas. Además, el deportista de alto rendimiento tiene que someterse a un entrenamiento intensivo. Pero nuestra sociedad se caracteriza por las transgresiones e indisciplinas generalizadas, no se respetan las normas ni las autoridades, en las escuelas y colegios reina la jauja. Muchas familias están en crisis o con padres muy permisivos. Y evidenciando que el pescado comienza a pudrirse por la cabeza. Nuestros gobernantes se caracterizan por la corrupción, el menosprecio por la Constitución y demás normas, el autoritarismo y la intolerancia. Con semejantes ejemplos y clima de relajamiento muy pocos jóvenes están predispuestos para la disciplina y el sacrificio deportivo. El medallero de los Juegos Olímpicos es un espejo que muestra la realidad de nuestra Argentina. En la natación, uno de los deportes de lo más completos y utilitarios ya que salva muchas vidas, a nivel internacional no existimos. Como tampoco en muchos otros deportes. Pero en cambio nuestra sociedad, en particular los medios de comunicación y el gobierno nacional (con fútbol para todos) le dan demasiado énfasis y promoción al fútbol, deporte que borra a los demás y que ha degenerado a igual que los juegos de gladiadores en la antigua Roma en medio de expresión de bajos instintos de multitudes fanatizadas como lo evidencian el triste fenómeno de las barras bravas, y rivalidades exacerbadas que han provocado incluso muertes. En nuestra ciudad se ha naturalizado la patología de los recíprocos descalificativos de los hinchas de Central y Ñuls, y cada vez hay mayor vandalismo y daños originados en una pasión futbolera que como toda pasión o exceso es mala, perjudicial. Urge en consecuencia que los gobiernos, distintas autoridades, docentes, padres y madres y la sociedad en su conjunto adopten una verdadera política de Estado para remediar estas cosas, esta decadencia generalizada, esta caída en todos los órdenes y, mediante una acertada y durable política restaurar los valores perdidos, volver a ser lo que alguna vez la Argentina fue.






























