Soy mamá de un adolescente que perdió a su papá luego de una penosa enfermedad. A partir de ese momento, mi hijo comenzó con un cuadro de trastorno distímico, que lo llevó a alejarse emocionalmente de su entorno afectivo y social. El peregrinar fue arduo, recorrí muchos especialistas y clínicas, obedeciendo a diversos tratamientos, todos sin resultados. Comencé a interiorizarme sobre salud mental en adolescentes a fin de reorientar mi búsqueda. A partir de la información que fui recogiendo, encontré y conocí a profesionales que anteponen la fibra humana a la veta económica, dispuestos a ayudar desde la ciencia con competencias profesionales que los hacen eximios en su proceder, ellos son las doctoras Laura Corradi, neuróloga infanto-juvenil, Roxana Swenny, Belén Carpinetti, ambas psiquiatras infanto-juveniles y el psicólogo Juan Radice. A todos ellos mi eterna gratitud. Hoy mi hijo está integrado en su colegio, reconstruyendo sus herramientas afectivas y sociales. Aún faltan transitar más caminos, pero con auspiciosos y alentadores resultados. Es mi deseo además, decirles a los padres que atraviesan por esta situación que hay profesionales de suma valía, humanos y con solvencia profesional. Gracias a ellos cuatro, especialmente a Juan, que desinteresadamente acompaña a mi hijo, ayudándolo a abrir sus alitas en este trayecto de vida que le tocó vivir. Además agradecer a dos instituciones de prestigio que supieron considerar el caso, que respetaron nuestros tiempos y que valoran el notable esfuerzo que hace mi hijo: el Colegio Nuestra señora de la Guardia, y Nuestra Señora de la Merced, del cual hoy es alumno regular.




























