El pasado 2 de julio, un gran amigo fue llamado a la presencia de Dios. No lo esperábamos porque lucía entero y con ganas de vivir. Era un hombre despojado. Sólo algunas ramas débiles de su árbol genealógico subsisten pero sin la sustancia vital de sus raíces. Su muerte no mereció una referencia en las necrológicas de los medios. Pero ello no impidió que muchos amigos se arracimaran para despedir los restos mortales de un ser humilde y generoso, de extrema bondad y probada lealtad. Su vida honesta y de insignes valores exige rescatarla del anonimato. Se nos fue Jorge Pertinger, y los que fuimos distinguidos con su amistad (Ernesto, Eugenio, Omar, Elvira, Mariano y Juan Manuel, entre otros) elevamos nuestra oración para su eterno descanso.




























