Premio provincial Pedroni en el año 1997, en el año 2019 se reeditó la obra del poeta corondino César Bisso De abajo mira el cielo, publicada por la Universidad Nacional del Litoral, con los poemas revisados y nuevo textos incluidos, además de una serie de comentarios sobre el libro.
El río, la isla y apenas la mirada son los elementos de estos poemas. Una mirada contemplativa que deja intactos los elementos del paisaje sin intervenirlos –apenas algún pescador o cazador, una niña y un niño–, pero que precisamente los activa y enciende en esta poesía que acusa y reconoce en las citas cierta tradicional oriental litoraleña, en Juan L. Ortiz, Beatriz Vallejos –a los que podríamos sumar al Aldana de Los poemas del gran río y con otro tono diferente a la prosa de Juan José Saer–, además de Francisco Madariaga –de quien también se incluye una cita y una introducción–, con una cosmovisión también litoraleña pero con una poética expresionista o incluso surrealista.
A los textos originales, divididos en tres secciones –“Miradas”, “Haikus azules” y “Movimientos” –, se les suman nuevos poemas, reunidos en “Epifanías” y “Devenir”, que mantienen el espíritu impresionista, condensado y fragmentario, como de leves pinceladas –en “Epifanías” habría algunos apenas un poco más extensos–, conservando la “cosmogonía fluvial” que menciona Carlos Alberto Morán.
Así como un río atravesaba a Juanele, Bisso nos habla de “Una isla en medio de mí/ muy adentro”, mira “como un pez/ desde la remota/ oscuridad del sueño”, dice que “Dentro de mí/ abisma la noche”, construye imágenes de singular belleza: “En la orilla, párpados de agua/ trasponen la frontera sacra”. Pero toda esta experiencia de comunión no evita que advierta también al “pescador que nada pide y poco tiene./ En la pobreza reside la donación a la vida”.
Bisso, que no menciona el río concreto que transfigura en símbolo –pero que, por el origen del poeta, podemos suponer que es el Coronda–, lleva publicados además de este libro, nueve títulos más en poesía y un ensayo, consolidando así una personal obra rigurosa y trascendente.
Graciela Mitre: cruda, precisa y palpitante
Dice Roberto Juarroz citando a Emerson que “el hombre no es nada más que la mitad de sí mismo: la otra mitad es su expresión, Y esa expresión del hombre no es algo gratuito, sino una necesidad... La poesía no es nada más que la lucha por la expresión, llevada a su último extremo: extremo del hombre, del lenguaje, de la realidad”.
En Trapitos al sol de Graciela Mitre –que publicara ya Línea de fuga y Lo imperdonable– vemos precisamente una intensa expresión de lo propio, de eso subjetivo que pugna por salir pero que encuentra, justamente, su lugar, encaja, en la poesía; así como la poesía puede darse su propia sustancia en la apropiación de esa misma subjetividad, lejos de los extremos del romanticismo o sentimentalismo.
Con una mirada aguda, por momentos irónica, pero siempre piadosa, la poeta contempla y dice lo propio –no es casual que el libro se divida en dos secciones, “Batallas” y “Sentires” –, en la observación de la cotidianidad, en una presencia/ausencia –nada fácil– de la figura materna, en los reveses del amor y la seducción, en el encuentro de lo corporal, en lo sensorial como tajo en el poema. “Para amar se necesita buena sangre/ que fluya y arrastre todos los sedimentos posibles/ como aftas en la boca/ en carne viva”.
Esa cotidianidad puede aparecer en el mundo de lo vegetal, como reflejo de los ciclos vitales humanos – “Regaba raíces secas/ pelos deshechos, sin sed/ plantas embichadas hasta morir.// Insistencia enfermiza la mía.” –; así como en textos tales como “Hogar”, “Lavado”, “Receta” y “Receta II”, pero siempre conduciendo la mirada hacia algo más allá. “Sin nada para mirar ni oler/ la muerte pasará desapercibida/ por si acaso, para que nada duela”.
En esta poesía de Graciela Mitre, por momentos cruda pero siempre precisa y palpitante, hay un espacio para que la escritora dé lugar al vuelo y aquello que rocíe semillas en su “austero jardín/ nutriéndolo/ pleno de vida”.
Raúl Carreras: hondo romanticismo urbano
Primero un horario, luego una indicación de lectura que precisa ese mismo horario, con la aclaración de que estamos –o estaríamos– ante poemitas. “Diecinueve y cuarto”, horario del atardecer –con luz, si nos atenemos a la referencia del autor respecto a que fueron escritos entre el 15 de septiembre y el 15 de octubre–.
Evitando tanto la grandilocuencia como la banalidad, estos “poemitas” de Raúl Carreras dan con la justeza que reclama lo poético para decir lo suyo sobre el amor y la pasión, y sobre su desvanecimiento, como ese día que precisamente se escabulle entre las sombras. Poemas –el libro todo– como un largo crepúsculo. Dice Fernando Marquínez en el prólogo de Diecinueve y cuarto –poemitas para ser leídos alrededor de las 19:15–: “Poemas crepusculares… que actúan como bálsamo ante el desconsuelo y la ausencia. Una especie de letanía de palabras sometidas a la oscilación melancólica, una serie de profundos lamentos nacidos del ocaso de la tarde”.
Entre el expresionismo y el impresionismo, elaborando una mixtura entre el paisaje y el cuerpo, logra el autor –aun con logradas imágenes de la naturaleza– concretar una lírica eminentemente urbana, entre transeúntes y colectivos, con jazmines en las veredas.
En clave de romanticismo posmoderno, se canta a un amor que resulta efímero y concluye, pero que queda retenido en la poesía, dando cuenta de esa fugacidad.
Imágenes sensoriales –“las yemas/ de los dedos toquen desnudo el latido/ fibroso/ desconsolado del corazón” –, lo líquido, como para dar cuenta del “todo en ti fue naufragio” nerudiano –“bebo en un vaso las caricias lejanas/ de tus ojos… nos miramos heridos de sombras/ como barcos/ profundos que se hunden... gotear de la tarde infinita”–, son algunos de los recursos que dan identidad a esta escritura.
Raúl Carreras, nacido en Rosario, que ha publicado en poesía en 1992 junto a Hugo Ojeda Madrugada de un blus y en 2005 con Sergio Fuster, Ricardo Guiamet y Fernando Marquínez Herética desmesura, además de haber participado con un ensayo en Cine Argentina y Derechos Humanos, de 2007, hace justicia a su propia producción con este volumen en solitario –ilustrado con acuarelas de Antonio Pipi Ramos–, pronunciando una voz esmerada y de lograda intensidad poética.