Poesía/Crítica

Un espacio para lo genuino

En "La intemperie del camino", Guido Martínez Carbonell se yergue sobre la experiencia personal para plasmar versos de sensibilidad acentuada

Domingo 11 de Abril de 2021

Dice Maurice Blanchot que “quien se consagra a la obra es atraído hacia el punto en que éste se somete a la prueba de su imposibilidad. En este sentido, es una experiencia, pero, ¿qué quiere decir esta palabra? En un pasaje del Malte, Rilke afirma que «los versos no son sentimientos sino experiencias. Para escribir un solo verso hay que haber visto muchas ciudades, hombres y cosas…». Sin embargo, Rilke no quiere decir que el verso sea la expresión de una personalidad rica, capaz de vivir y de haber vivido. Los recuerdos son necesarios, pero para ser olvidados, para que en ese olvido, en el silencio de una profunda metamorfosis, nazca al fin una palabra, la primera palabra de un verso. Aquí, experiencia significa: contacto con el ser, renovación de sí mismo en ese contacto; una prueba, pero una prueba que permanece indeterminada”.

En este nuevo libro de Guido Martínez Carbonell, La intemperie del camino, nos topamos con una poesía confesional que se nutre –precisamente– de una rica experiencia –el amor, viajes, una vida ligada a la cultura, una aguda observación de la realidad y de lo cotidiano– y que en su legítimo ejercicio de escritura logra atisbar esa “primera palabra” de la que habla Blanchot, en momentos donde el poeta expresa, por ejemplo: “Me duelen/ los primeros/ jazmines,/ el rumor del/ crepúsculo”; o que los sueños “entre sus/ sus costillas/ nos guardan”; o bien al referir un eco que “se posa/ en una/ tumba/ entreabierta,/ aquella que/ espera/ la primera/ lluvia del/ amanecer,/ aquella que/ no dejará/ jamás que el/ crepúsculo/ se cierre”.

De alguna manera se trenzan así las citas del comienzo del libro, entre esa pretendida “belleza eterna” de Marianne Moore y el existir y crear de Gregorio Marañón.

Cincuenta y dos poemas más una suerte de prólogo que en un original recurso se metamorfosea en un primer poema –o poema cero–.

Textos donde se destaca lo sensorial, la energía vital pero que permiten también la mirada crítica, como al decir que “aquí/ en Rosario/ morirse es/ que te alcance/ una bala/ perdida en/ una canchita/ de fútbol”.

El decir lo propio, y también dar cuenta –por esa “renovación de sí mismo” que decíamos al comienzo– de “el aire que/ huele como/ nunca”, que “un perfume a/ detergente/ de damajuana/ se olía desde/ el amanecer” o “le pesen/ a tus párpados/ las puertas”.

Porque aún en la imposibilidad de la poesía, en la limitación de sus movimientos en el fragor de la realidad, el poeta nos puede hacer creer que “la enredadera/ convencerá/ a la roca”. Precisamente, la ya citada Marianne Moore afirma sobre la poesía que “leyéndola, eso sí, con el más completo desdén, uno descubre que, después de todo, hay/ en ella espacio para lo genuino”.

Guido Martínez Carbonell nació en Rosario en 1954 y preside la Asociación Cultural El Circulo desde 1992. Editó previamente cinco libros de poesía: Las marcas ocultas (1981), Poemas de amor y odio (1986, reeditado en 2018), La violencia humanitaria (2007), Sé que hay otra vida (2011) y Todos hacemos una ceremonia (2016).

Ssuchmacher.jpg
Gabriela Schuhmacher.

Gabriela Schuhmacher.

Poemas frente al misterio de lo creado

En Puros e impuros-Extensos óleos, la santafesina Gabriela Schuhmacher exhibe precisión para plasmar textos surgidos de una mirada muy personal sobre el mundo

Gabriela Schuhmacher, poeta y gestora cultural santafesina, quien publicara Cantos del norte (2016) y Ahogada en otro Tíber (2018), y obtuviera en 2019 mención en el Premio Provincial de Santa Fe José Pedroni con Golpe de frío –de próxima aparición–, editó también en 2018 Puros e impuros-Extensos óleos.

La posibilidad de ver dos libros en uno –marcada desde el título– se concreta en tanto en el primero se poetiza sobre insectos y se lo divide en cinco secciones referidas como “cajas” –al modo de una colección precisamente de insectos–, mientras que el restante destaca en referencias a la pintura y la cultura, resaltadas en la indicación concreta de las mismas al final.

Con citas bíblicas, menciones de los nombres científicos de las especies –repitiéndose algunas como un leitmotiv– y una singular mirada de poeta entomóloga que se encarna en una primera persona del plural para enunciar, se van tramando los poemas de Puros e impuros.

Textos pulidos con la elección de palabras precisas, como remedando el cuerpo de los insectos –así, las cucarachas dicen “¿quién no presiente, una vez/ en la vida, el crujir de un cuerpo/ donde se cuece el arroz?” – y su personificación del castigo divino –dicen las avispas “bajamos desde los cielos inaccesibles/ a destruir la tierra y nos hundimos/ en la soledad de los casas,/ sin herederos” –; urdiendo imágenes de particular belleza –dicen las hormigas “toda la vida construimos galerías/ que parecen abrir un cielo en plena noche–-.

Traza un puente con la segunda sección al citar al Eclesiastés y aquello que provoca una mosca muerta, para decir en el primer poema de Extensos óleos que “nadie aplastó una mosca/ sobre las camas de Kuitca,/ en la geografía de Afganistán/ o Nueva York”. La muerte, los desechos; la creación y generación de las cosas confrontadas con la tarea del artista, y entonces esta poesía, que invita a que “eleven este frío anónimo/ frente al misterio de lo creado”.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario