cultura y libros

Militancia y paisaje urbano

En su último libro, Bitácora de la sangre, Eduardo Valverde ahonda en rumbos previos y fortalece certezas inconmovibles.

Domingo 14 de Junio de 2020

Más que adecuada resulta la elección del título del último poemario de Eduardo Valverde, Bitácora de la sangre.

En efecto, este libro de claro contenido político se corresponde con la vida del autor, quien se ha consagrado a la militancia –además de su tarea como trabajador de prensa–. Por ello, estos poemas no proceden de una mirada exógena si no que en definitiva resulta poesía confesional y que, como dice Roberto Retamoso en el prólogo, “logra construirse como un discurso nítido, potente, que desde acá, y hoy, nos habla. Más aún: nos interpela…”.

Las dedicatorias –a sus afectos, a “los compañeros de lucha”–, así como los títulos de las secciones –“Luchas de clases”, “Los que alumbran” y “Tríptico de medio oriente”– dan cuenta del claro contenido de esta obra pero destacando que Valverde es poeta, hace su apuesta por la palabra y no se deja llevar por lo meramente panfletario. De hecho, el libro comienza con una cita del peruano César Vallejo, voz poética política y rupturista, de las más grandes.

Valverde –nacido en la ciudad de Santa Fe pero residente en Rosario desde hace más de medio siglo y que ha publicado Ceremonial de la luz (1996) y Vestigios del asombro (2000)– incluye en este volumen textos de diversas épocas, colocando en cada uno la fecha de creación –entre 1880 y 2019–. “Un testimonio dentro del género poético de las tensiones sociales y políticas que se han desarrollado en los últimos años, se lee en Pórtico, una suerte de prólogo.

La década del 90, la masacre de Ramallo, los trágicos sucesos de diciembre de 2001, la propia grieta en un poema homónimo, conviven también con la pregunta por el misterio. Así nos dice, en un dedicado al poeta recientemente fallecido Omar Aguiar: “¿Qué pasa con el hombre/ y su rincón de luz?/…/ Hay que arriar/ la sangre equívoca/ y esculpir/ otra vez,/ la puerta”.

Lo cotidiano se hace presente también: los sitios de la vida y de la lucha, como el diario La Capital, el bar El Cairo –“por todos los rosarinos que amaron al mundo desde este lugar” nos dice–, un viaje en la línea 135, la República de la Sexta, reivindicando el paisaje urbano y, concretamente en muchos poemas, el plenamente rosarino.

En Don Ovidio con una mirada aguda le escribe a la estatua de Ovidio Lagos ubicada en el parque Independencia. “Ahora es un joven sediento,/ con esta lata de Coca-Cola/ empañando sus dedos metálicos” nos dice. También reescribe el Principio de Arquímedes en versión neoliberal, al tiempo que en otro texto recuerda con emotividad a la poeta Sonia Contardi –entre otros numerosos homenajes y dedicatorias que se encuentran en estas páginas–.

Un amplio abanico de injusticias y denuncias se rememora en esta obra. Pero no es un mero lamento, una simple queja la voz de Valverde, si no que entraña el afán, el deseo de “ser hombres puros/ entre estas piedras del destino”.

El punzón del odio

a Corina De Bonis,

y a su lucha por la dignidad

Y el filo amarillo de la palabra

venía cavando herida oscura

entre los compañeros

del alba nueva.

Las nubes del odio,

engalanando al hambre y sus guardianes,

golpeaban el pecho

de los recién llegados al mundo.

Se paseaba lo injusto

por los callejones de Moreno,

pero aquellas mujeres

del latido unánime,

de las manos sabias,

mareaban el cucharón

con sus venas en almuerzo repartidas,

extendiendo la útil herramienta

contra esa sed de los cuerpos breves.

Y entonces el punzón del odio

instaló su agonía

en el vientre de la mujer justa.

¿Qué se levante la frente colectiva

frente al escándalo de la boca que espera,

porque aquella tatuará al fin el eclipse

de la Luna hirsuta de los ricos!

17/09/2018

Principio de Arquímedes (versión neoliberal)

Todo cuerpo que se sumerge

en la política burguesa

recibe un empuje

vertical y hacia arriba,

con rumbo a la cima del poder,

igual al peso

de las necesidades populares

que desaloja.

07/07/2017

El bocado fraterno

a Pepe, María Lina,

Lily, Gustavo y Alicia

La niebla con su daga de jade

hendía las huellas

de los caminantes.

La madrugada áspera

de Copacabana

sellaba todas las puertas

y obturaba el reposo.

En un refugio

de piedra antigua,

por la cima

de la ciudad penitente,

finalmente conspiró

el alivio,

y brilló en las manos

el bocado fraterno.

La Quiaca, 03/02/2012

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