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"Los nazis lograron que muchos fueran cómplices y sin embargo mantuvieran la conciencia limpia"

En su premiada novela Los amnésicos, la narradora francoalemana Geraldine Schwarz indaga sobre el pasado de su familia en los oscuros años del Tercer Reich. En extenso y rico diálogo con Cultura y Libros, advirtió sobre aquellos que "siguen la corriente" y conforman la base social de las más crueles dictaduras

Domingo 30 de Agosto de 2020

En 2018 el premio al libro europeo del año recayó en Los amnésicos, singular trabajo de escritura de la francoalemana Geraldine Schwarz, a medias ensayo, a medias novela familiar, en cuyas páginas la autora indaga en torno al oscuro y nunca del todo dicho pasado de sus ancestros en los años del Tercer Reich.

Schwarz vuelve al ayer tratando de entender no qué fue lo que sucedió en Alemania con la llegada y ascenso del nacionalsocialismo, sino qué fue lo que hizo posible que millones de personas, entre ellas sus propios familiares, se entregaran pasivamente a formar parte de ese orden criminal. Los amnésicos reconstruye linajes, explora conductas en situaciones límite, revisa decisiones y actitudes cívicas, lee documentos y cartas familiares y observa, con aguda sagacidad, el modo en que sus abuelos pero también el conjunto de la sociedad alemana vivieron aquellos años en los que mientras algunos se enriquecían a costa del despojo, millones morían asfixiados en los campos de exterminio.

El tema de la responsabilidad, de los peligros que supone el olvido y la peligrosa emergencia de los nuevos discursos xenófobos en la escena europea también forman parte de las páginas de este libro que ha sido saludado por la crítica de manera unánime.

Este suplemento mantuvo con Geraldine Schwarz una extensa entrevista, en la cual la narradora reflexionó sobre las peligrosas consecuencias que puede arrostrar la pérdida de la memoria del horror.

—Quisiera que nos cuentes acerca del origen de este libro. Me gustaría que reflexiones acerca de cuál fue aquella pregunta que impulsó el trabajo de memoria concentrado en esas páginas.

—Comencé a escribir el libro a fines de 2016 cuando los británicos votaban por el Brexit, en los meses en que el partido de extrema derecha Frente Nacional francés estaba en la cima de las encuestas, exactamente un año antes de las elecciones presidenciales francesas, y mientras en toda Europa asistíamos al éxito de movimientos políticos y partidarios que mantenían una relación ambigua con el pasado fascista europeo. Y también cuando Donald Trump ganó las elecciones estadounidenses. Entonces fue cuando me pregunté: ¿ya nos hemos olvidado del pasado? Como hija de una mujer francesa y un hombre alemán, me puedo reconocer como una hija europea de la reconciliación francoalemana. Y fue la conciencia de este origen la que probablemente contribuyó al hecho de que ya de muy joven me diera cuenta de que la paz, la libertad y la democracia de las que hoy disfruto son el resultado de un largo trabajo realizado por la generación de mis padres. Y que la perdurabilidad de estos logros depende de la capacidad de mi generación y de la próxima de no olvidar el pasado de la guerra. Con la escritura de este libro quise hacer mi contribución contra la amnesia demostrando cuánto podemos aprender de la historia, escribiendo un testimonio que ofrece un enfoque transnacional y transgeneracional del trabajo de la memoria. Atravesando la vida de tres generaciones de la historia de mi familia francoalemana, desde mis abuelos hasta llegar hasta este presente, traté de explorar cómo fue que Europa se enfrentó al venenoso legado del fascismo después de la Segunda Guerra Mundial. Y para hacerlo me concentré principalmente en Alemania, pero intentando comparar su historia con el caso francés, tratando de analizar a la vez la actitud que asumieron otros países europeos en su desafío de lidiar con el pasado. Soy de quienes creen que un enfoque transnacional del pasado es clave para construir una “memoria europea” y de ese modo aprender mejor de las lecciones del ayer. Este libro es un intento por conjugar la microhistoria de un recuerdo familiar con la historia más grande de Europa.

—Los amnésicos sale a la luz en un tiempo en el que ya no quedan sobrevivientes de aquel pasado…

—Exacto, ahora que la mayoría de los testigos de la Segunda Guerra Mundial han muerto, estamos amenazados por el olvido. Con estas páginas, traté de ofrecer una alternativa: al profundizar en las historias familiares, podemos mantener vivo este pasado para las generaciones jóvenes, de modo que para ellos la historia no solo se convierta en un recuerdo polvoriento y distante, sino que forme parte de su propio legado. Espero que esto pueda alentar a los jóvenes a preguntarse por el sentido que tiene el sufrimiento de los que nos precedieron y si es posible aprender de sus errores.

—Pero las memorias familiares, como todas las memorias, no siempre son confiables.

—Por supuesto, los recuerdos familiares no pueden ser asociados con la verdad absoluta. Se filtran por emociones, arrepentimientos, amores y odios o simplemente por omisiones y deformaciones debido a nuestra capacidad limitada para recordar. Por esa razón consideré importante integrar la historia de mi familia en el gran contexto histórico pero también psicológico, tratando de ser lo más justa posible con mis abuelos, sin ser indulgente con ellos pero tampoco demasiado dura. Esto fue posible por el hecho de que apenas los conocía y gracias a que mis padres me apoyaron en este trabajo de exploración del pretérito ayudándome a mantener, como se dice, la cabeza fría.

—Los amnésicos comienza con la mención a un documental sobre una importante familia alemana, dueña de las baterías Varta, cuya prosperidad económica presente está estrechamente vinculada a los años del nacionalsocialismo, algo que pone en evidencia no solo la complicidad de amplios sectores sociales sino también el modo en que el nacionalsocialismo hizo metástasis en esa sociedad.

—Al principio, el entusiasmo por el nacionalsocialismo en la sociedad alemana tuvo más que ver con una renovada confianza en la fuerza de su patria que con la obsesión antisemita que alentaban los líderes nazis. Muchos ciudadanos estaban demasiado preocupados por su presente como para molestarse en perseguir a los judíos simplemente por el hecho de que fueran judíos. Pero cuando este hostigamiento comenzó a presentar oportunidades de beneficio personal, la pasión por la causa racial se intensificó en todos los niveles de la sociedad. Incluso en los círculos educados. Fueron muy pocos los profesores universitarios, investigadores, abogados y jueces que se opusieron a la exclusión de sus colegas judíos cuando sus puestos vacíos se convirtieron en una oportunidad para su ascenso profesional. La eliminación de la competencia judía o la compra de sus bienes a precio vil fue también la razón principal de ese repentino interés en el antisemitismo por parte del sector económico. Y más tarde, cuando los judíos fueron deportados, ¿cuántos ciudadanos alemanes se apresuraron a comprar a precio de remate muebles, casas y joyas? Desgraciadamente, el saqueo de las propiedades dejadas por los judíos deportados fue una actitud común entre los ciudadanos europeos, y no solo en Alemania. ¿Y cuántos agentes de bienes raíces, corredores, bancos, notarios, abogados, casas de subastas, museos, industrias, hombres de negocios, empresarios de toda Europa se beneficiaron del destino de los judíos? Muchísimos.

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Geraldine Schwarz: interrogantes que duelen.

Geraldine Schwarz: interrogantes que duelen.

—Uno de los conceptos centrales sobre los que gira tu libro es el de los Mitläufer (los que siguen la corriente). Diría que es un concepto poco explorado, no solo para el caso del nacionalsocialismo, sino también en otras situaciones extremas. Recuerdo que cuando se dio a conocer el libro“Los verdugos voluntarios de Hitler”, de Daniel Goldhagen, esas páginas suscitaron fuertes rechazos. ¿Qué es aquello que encierra la idea del Mitlaüfer que se vuelve, digamos, intolerable para tantas sociedades a la hora de revisar su propio pasado?

—En la memoria colectiva de la guerra y las dictaduras tendemos a diferenciar la actitud de la sociedad en tres categorías: perpetradores, víctimas y héroes. Al hacerlo, olvidamos una categoría que es absolutamente central y que concierne a la mayor parte de la sociedad: los Mitläufer. Los Mitläufer no fueron precisamente los que suscribieron a la ideología nazi, no eran los que tomaban las decisiones, los fanáticos; la mayoría de las veces ni siquiera sabían realmente nada sobre ella. No eran los monstruos descritos por Christopher Browning en sus libros. Eran “los que siguen la corriente”; en otras palabras, representan la actitud de la mayoría de la población alemana bajo el Tercer Reich: sin tener sangre en las manos, sin estar directamente involucrados en el exterminio, se convirtieron, gracias a la apatía, la indiferencia, el conformismo y el oportunismo, en cómplices de un régimen criminal.

—El Mitläufer no es un personaje específicamente alemán, es posible encontrarlo en todo el mundo. Las dictaduras solo pueden consolidarse gracias a los Mitläufer.

—Después de la guerra, a la mayoría de los alemanes les costaba darse cuenta de que, aunque el impacto individual de cada Mitläufer había sido pequeño, sus actos cotidianos, de cobardía y oportunismo, contribuyeron a crear las condiciones necesarias para el funcionamiento de un sistema criminal. El régimen nazi fue hábil en idear la manera perfecta de hacer que las personas se volvieran cómplices y al mismo tiempo mantener su conciencia limpia al legalizar sus crímenes. De modo que muchos alemanes después de la guerra pudieron enunciar una coartada: dijeron que solo habían seguido las reglas del régimen, actuando en el marco de la legalidad. Otra excusa fue decir que desconocían el destino final de los judíos deportados. Lo cual es cierto, no lo sabían. Pero esta falta de conocimiento sobre la Solución Final no los exime de su responsabilidad al haber permitido que sus vecinos, sus colegas y los dueños de las tiendas de su barrio fueran perseguidos y saqueados, a veces participando de esos actos o siendo testigos de las deportaciones, sin enunciar protesta alguna.

—Lo que en términos sociológicos llamaríamos negación colectiva…

—Así es, la negación colectiva es un fenómeno psicológico común después de la caída de una dictadura o de un régimen criminal, porque la población prefiere amoldarse a la posición cómoda de ubicarse como víctima antes que asumir el coraje de preguntarse por su propio papel en ese pasado, aunque su actitud haya sido solo pasiva. Quise escribir un libro sobre los Mitläufer, esa clase de individuos que a menudo los libros de historia, novelas y películas olvidan, porque es una clase de persona que no tiene nada espectacular que ofrecer: no son monstruos ni víctimas trágicas. Sin embargo, en mi opinión, esta categoría es la más importante si de verdad queremos aprender de la historia, porque nos devuelve a cada uno de nosotros a nuestras responsabilidades actuales. Nos ayuda a tomar conciencia de nuestras propias contradicciones y de las consecuencias finales de nuestro comportamiento, que la mayoría de las veces no queremos asumir. Comportamientos que pueden ser un voto irreflexivo por un líder político que amenaza la democracia, o la indiferencia ante discursos de odio que, como nos enseña la historia, pueden terminar convirtiendo a nuestras sociedades en un territorio de barbarie.

—La memoria es una construcción. Podemos modelar nuestros pasados al punto de lograr convertirnos de verdugos en víctimas, de cómplices del crimen en héroes. Eso ha sucedido en Alemania y en tantos países luego de situaciones extremas. A la luz de la experiencia de escritura de tu libro, ¿qué tareas deberíamos emprender para que los hombres y mujeres de nuestras sociedades estén dispuestos a asumir el “verdadero” lugar que ocuparon en el pasado? ¿Es posible construir una pedagogía, no ya de la memoria, sino de la responsabilidad?

—El problema hoy no es que estemos olvidando “lo que sucedió”, sino que no nos preguntemos “cómo aquello fue posible”. Mantenemos la memoria de los crímenes, pero no la de aquello que nos recuerda nuestra propia falibilidad como ciudadanos. El presidente alemán Richard von Weizsäcker, en un discurso histórico que enunció ante el Bundestag en 1985, lo expresó con claridad: “Nuestra historia nos dice de qué es capaz el hombre”. Ese es el tema, recordar de qué hemos sido capaces. También es necesario decir que para que el pasado nos ayude a mejorar nuestro presente, no es suficiente con nombrar a algunos culpables de la historia, a los monstruos, los líderes que nos llevaron a la catástrofe.

—Volvemos al lugar de los Mitlaüfer…

—Claro, porque es muy fácil señalar la responsabilidad de los liderazgos, pero mucho más difícil es reconocer la de un Mitläufer como mi abuelo, quien fue víctima de un régimen político manipulador al tiempo que un especulador que se sirvió de la desesperación de los judíos. Deberíamos preguntarnos: ¿qué responsabilidad tienen los ciudadanos comunes bajo una dictadura? ¿Cuándo es posible decir “no” sin arriesgar la vida? Mi conclusión es que la mayoría de las veces tenemos opciones a nuestro alcance. Por eso, básicamente, el trabajo de memoria debería centrarse en tratar de responder a una pregunta que considero muy importante y que podría resumirse del siguiente modo: ¿qué habría hecho yo en su lugar? Porque esto lleva a otra pregunta: ¿qué debería haber hecho? Y esto a su vez a otra pregunta que se conjuga en presente: ¿qué estoy haciendo para evitar que esto suceda hoy?

No es necesario servir directamente a un sistema injusto para ser cómplice de él. Seguir a la multitud con indiferencia, con oportunismo o conformismo también nos hace cómplices del crimen y la injusticia. Por eso me gusta ver mi libro como una invitación a asumir como ciudadanos la idea de responsabilidad. Porque la supervivencia de nuestras democracias depende de nuestra capacidad de discernimiento y de nuestro sentido de la equidad.

—La memoria ocupa, desde la segunda mitad del siglo XX, un lugar de relevancia como nunca antes lo había tenido, no solo en el campo académico sino también en la discursividad política. Sin embargo, y a la luz de lo que vemos en la escena contemporánea, ¿no creés que existe una confianza excesiva en la supuesta capacidad de la memoria como freno o barrera para evitar la repetición de la barbarie?

—El odio, la irracionalidad y el miedo no son inevitables. Son mecanismos sociopsicológicos que uno puede aprender a identificar, desmitificar y combatir con una educación política basada tanto en la psicología como en el conocimiento de historia. En Alemania, lo que se conoce como “trabajo de memoria” es en realidad una forma de educación política que transmite un sentido de responsabilidad y vigilancia hacia los partidos políticos demagógicos que hoy incitan al odio. Y en las páginas de este libro cuento esta historia milagrosa de cómo Alemania logró alcanzar algo positivo como es la construcción de una de las democracias más fuertes del mundo a partir de un legado oscuro y negativo. Como cuento en Los amnésicos, mi padre debió luchar contra el olvido voluntario de su propio padre. Se necesitó el coraje de su generación para sacar a la población alemana de la amnesia y hacer que el Mitläufer ocupara el centro de esta tarea de aceptación del pasado. Fue esto lo que ayudó a profundizar la conciencia de los ciudadanos más jóvenes sobre su falibilidad, su maleabilidad y también para fortalecerlos contra los demagogos y manipuladores del odio y las mentiras. Como resultado de ese enorme esfuerzo, la generación de mi padre pudo transformar la culpa colectiva en responsabilidad democrática, pero claro que no fue suficiente ya que, en 2017, un partido de extrema derecha ingresó al Parlamento alemán por primera vez desde el final de la guerra. Sin embargo la movilización de los medios, la Justicia y la sociedad civil para combatir esta amenaza demostró por suerte ser efectiva: el apoyo a ese partido se desplomó en las encuestas al 8%. Sin embargo, aprender del pasado es un proceso que necesita ser alimentado y repensado continuamente, al igual que la democracia. Sin el recuerdo de los tiempos en que no había libertad ni paz, los ciudadanos corren el riesgo de convertirse en marionetas de los partidos políticos antidemocráticos. No es casualidad que estos partidos o líderes, como Bolsonaro, estén la mayor parte del tiempo despotricando contra la educación y el trabajo de memoria.

—Quienes no conocen la historia de la Alemania de posguerra creen que allí se hizo justicia con los responsables del gran crimen, algo que tu libro desmiente, porque demuestra que miles de funcionarios de diferente jerarquía ocuparon puestos en la nueva Alemania. En un país devastado, sitiado por las tropas vencedoras, con su población entregada al desconcierto, ¿era posible otra alternativa?

—Después de la guerra, Alemania se convirtió oficialmente en una democracia, con instituciones democráticas, bajo la observación de los aliados occidentales y los Estados Unidos. Pero la tarea más difícil después de un régimen criminal no es cambiar el régimen político sino cambiar la sociedad. Como la gran mayoría de los alemanes habían apoyado al Tercer Reich, no vieron ningún interés en explorar su pasado, todo lo contrario. Mostraron una gran empatía con la amnesia que se tradujo en una escandalosa impunidad que benefició a tantos criminales ubicados en casi todas las esferas de la sociedad, en la economía, la industria, la Justicia, la política, la policía, el comercio, la universidad, la medicina. Incluso los socialdemócratas estuvieron a favor de esta amnesia porque pensaban que olvidar el pasado era la mejor manera de construir el futuro; ahora sabemos que esto nunca funciona, pero en ese momento no fue así, en ese entonces no había nada parecido a un “trabajo de memoria”. Fue a la generación de mi padre a la que sí le interesó explorar el pasado. Fueron ellos los que les preguntaron a sus propios padres: ¿qué hicieron durante la guerra? Con esa simple pregunta podría comenzar cualquier trabajo de memoria capaz de incluir a toda la sociedad, porque la respuesta que de allí surja puede abrir las puertas a un proceso de responsabilidad que es central para la construcción de cualquier democracia duradera. Pero excepto Alemania, casi ningún país ha hecho algo similar en el mundo. Algunas sociedades ni siquiera se atreven a enfrentar las sombras de su ayer, como es el caso de Chile, España o Gran Bretaña. Esta actitud es contraproducente y revela un profundo malentendido sobre la importancia de aceptar el pasado para la madurez democrática de un país. Creo que estos países podrían inspirarse en la cultura del recuerdo llevada adelante en Alemania y de ese modo comprender que para transformar el peso del pasado en posibilidad, es necesario enfrentar las sombras de la historia, no ignorarlas.

—La Argentina fue uno de los países elegidos como refugio por decenas de criminales. Priebke y Eichmann vivieron tranquilamente aquí hasta ser descubiertos y otros, como Klaus Barbie, lograron eludir el brazo de la Justicia y morir en libertad. En Estados Unidos no sucedió algo diferente. A veces, mirando en perspectiva, muchos tenemos la sensación de que no hubo un verdadero esfuerzo por capturarlos para llevarlos frente a la Justicia, que se podía haber hecho mucho más que aquello que se hizo. ¿Tenés la misma sensación?

—La impunidad de estos funcionarios nazis es una terrible y triste evidencia para las víctimas de la barbarie. Y debiéramos tener en cuenta además que muchos países con un pasado criminal son hoy culpables por no haber hecho nada para ayudar a las víctimas, ya sea otorgando reparaciones, disculpándose frente a ellas o persiguiendo a los criminales. Entre los peores de esta lista están Italia, España, Brasil, Chile, muchos países del este de Europa y, por supuesto, países autoritarios como Rusia o China, cuyas políticas de memoria se basan, lo sabemos, en una constante falsificación de la historia.

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