Cultura y Libros

La historia de Leslie Cavendish, el peluquero de los Beatles

Fue el hombre que tuvo a su cargo el cabello durante la etapa más brillante de su carrera.

Domingo 24 de Febrero de 2019

Leslie Cavendish fue el hombre que tuvo a su cargo el cabello de los Fabulosos Cuatro durante la etapa más brillante de su carrera. En un libro reciente, difunde anécdotas apasionantes y revela historias desconocidas. En el fragmento que se publica a continuación, cuenta detalles de una sesión de grabación de Sgt. Pepper's y cómo fue el primer encuentro entre John Lennon y Yoko Ono

La primera vez que fui a los estudios de grabación, una fría noche de febrero, me sentí como si estuviera a punto de entrar en Fort Knox. Uno de los musculosos guardias de la zona de recepción me detuvo en la puerta tras subir los peldaños de la calle. Parecía muy acostumbrado a deshacerse de los molestos seguidores de los Beatles.

—¿Desea algo, señor? —preguntó con voz monótona.

—Oh…, sí… —balbucí—. Me ha invitado el señor McCartney. Me llamo Leslie Cavendish. Soy su… peluquero.

Me lanzó una mirada que sugería que algo así era imposible. Luego, sin decir palabra, se acercó a un teléfono y marcó un número.

—¿Hola? ¿Neil? —preguntó—. Aquí hay un tipo que dice que es el peluquero de Paul y que lo estáis esperando. Leslie Cavendish.

Me dejaron pasar. El guarda me acompañó por un laberinto de pasillos y patios. Todo estaba en completo silencio. Paul me había dicho que fuera a las seis de la tarde, así que todo el lugar parecía desierto. Finalmente, el guarda abrió una gruesa puerta de metal y allí, en una nube de humo de cigarrillos mentolados, vi gente inclinada sobre una enorme mesa llena de interruptores y botones.

—Hola, Leslie —me saludó Neil Aspinall, levantándose para estrecharme la mano.

Cuando me presentó al resto de los presentes en la cabina —el productor George Martin, el organizador de viajes Mal Evans, el ingeniero de sonido Geoff Emerick —que era el que fumaba los cigarrillos mentolados, y su ayudante—, por el rabillo del ojo me fijé en el enorme y brillantemente iluminado estudio que había al otro lado del cristal. Ante mi sorpresa, había unos diez músicos allí, con instrumentos de cuerda clásicos: violines, violas, violonchelos y un arpa gigantesca. ¿Qué diablos hacían allí? ¿Me habría equivocado de estudio? ¿Dónde estaban los Beatles?

Finalizadas las presentaciones, los cuatro volvieron a la conversación que sostenían con la arpista, Sheila Bromberg, y con el primer violinista, Erich Gruenberg. Yo tenía curiosidad por saber más, pero no me pareció bien interrumpir el trabajo con preguntas. Mi sexto sentido profesional me aconsejaba que me quedara en un rincón alejado y me limitara a observar.

De repente entró en el estudio Paul McCartney con aspecto de estar muy contento. Y detrás de él iba John Lennon, con bigote, gafas redondas y camisa de flores. Fue un momento eléctrico. Me sentía como si George Martin me hubiera enchufado en su maquinaria.

Aunque ya había visto a John Lennon en el club Pigalle, tres años después era otro hombre, el que causó un escándalo mundial al decir que los Beatles eran «más populares que Jesucristo». Los estribillos yeah-yeah-yeah habían dado paso a obras maestras conmovedoras y espirituales como In My Life o Norwegian Wood.

Y ahora lo estaba espiando entre bambalinas, con su socio de creaciones y amigo, mientras los dos genios trabajaban. Pero ¿en qué trabajaban? ¿Se estaban pasando a la música clásica? Al repasar toda su discografía, recordé los violines, las violas y los violonchelos de Eleanor Rigby. Pues claro, si esto lo habían hecho antes.

Vi que Paul y John agitaban los brazos con emoción mientras hablaban con la sección de cuerdas. Me recordaron las payasadas que hacía mi padre frente a la tele durante los conciertos de música clásica de la BBC. Y los músicos sonreían de oreja a oreja. Por supuesto…, estaban tan acojonados por estar allí, tocando con los famosos Beatles, como yo.

Al poco rato, los dos Beatles salieron del estudio y entraron en nuestra pequeña cabina.

—Ah, hola, Leslie —saludó Paul—. John, este es Leslie, mi peluquero. Vamos, John, deja que te corte el pelo, ¿quieres?

Mis manos volaron instintivamente a mi caja de herramientas portátil, pero resultó que solo era una broma de McCartney. John me saludó sin prestarme atención y luego ambos se sentaron ante los controles mientras enviaban a George Martin al estudio de abajo.

—No hagáis nada que yo no haría —advirtió George al salir de la cabina.

Paul y John se rieron histéricamente y clavaron las zarpas sobre la mesa de mezclas con burlona actitud de amenaza.

Durante la grabación, fue George Martin el que realmente dirigió la orquesta. La música que salía por los altavoces me dejó pasmado. Nunca había oído unas notas tan melancólicas. Si aquel era el nuevo sonido de los Beatles, lo firmaba ya mismo.

Los músicos clásicos parecían muy pacientes, repitieron la partitura durante horas, mientras Paul y John les daban instrucciones desde la cabina y probaban diferentes efectos. Pero a Erich Gruenberg se le acabó la paciencia al final. Tras la enésima repetición, dejó a un lado el violín, levantó la vista hacia la cabina y declaró con su acento austríaco:

—Son las doce y tenemos que irnos a casa, porque tenemos que trabajar mañana por la mañana.

La respuesta de Paul fue lacónica, como siempre:

—Bien, supongo que entonces ya está.

Nadie podía permitirse el lujo de quedarse en pie toda la noche como los Beatles. De hecho, yo me fui con Erich, Sheila y los demás.

Si os gusta el Sgt. Pepper's —y, si estás leyendo este libro, apostaría a que sí—, ya os habréis figurado lo que oí aquella primera noche en Abbey Road: la sección de cuerdas de She's Leaving Home, una de las canciones más tristes y conmovedoras que grabaron los Beatles en su vida, y también una de las pocas en las que ninguno de los Fab Four tocaba un instrumento.

El segundo Beatle al que le corté el pelo fue George Harrison. Recuerdo que la primera vez me sentí algo intimidado, por varias razones. Como ya he descrito, mis sesiones con Paul eran trabajos informales que hacía en su casa, tras los que venía un momento de relajación para tocar música y compartir una infusión o un cigarrillo de hierba. Y a Paul le encantaba charlar y bromear mientras le cortaba el pelo. Era su forma de ser. Pero cuando me llamaron para cortarle el pelo a George Harrison, en medio del barullo y el caos de las oficinas de los Beatles, la ocasión fue mucho más seria, profesional y práctica. De hecho, hice el trabajo en la sala donde se celebraban las reuniones importantes. Rápidamente entendí que aquel Beatle era un tipo más bien callado que contrastaba con la campechanía extrovertida de McCartney. De hecho, después de presentarnos, se sentó en uno de los sillones que rodeaban la gran mesa, sin pronunciar apenas palabra, cerró los ojos y se perdió en sus propios pensamientos. Traté de no tomármelo como algo personal.

Pero en el nuevo cometido había además otro aspecto intimidante: la naturaleza del cabello de George. En el momento en que puse los dedos en él, me quedé alucinado. Era al menos dos veces más espeso que el de Paul. «Este sí que es un pelo Beatle», pensé, abrumado otra vez por la responsabilidad que me había caído encima. Por suerte, estaba en un despacho vacío, mi cliente tenía los ojos cerrados y no había ningún espejo para que pudiera supervisar mi trabajo. Así que reuní todo mi valor, empuñé las tijeras y me lancé a la tarea.

Aunque me resultó difícil calcular la opinión de George sobre el resultado final —poco más que un educado "gracias"—, parece que quedó muy satisfecho. La verdad es que, al igual que Paul, terminó por convertirse en un cliente habitual y tuve el privilegio de ocuparme del espeso cabello de los dos Beatles durante varios años. Su conducta durante aquella primera sesión y las siguientes reflejaba el lado soñador que lo había atraído a la mística oriental. No hubo nada personal en el silencio que guardó conmigo. Sencillamente, le encantaba sumergirse en la profunda relajación que mucha gente experimenta cuando alguien le está cuidando el cabello.

Cortarle el pelo a John Lennon fue también una experiencia radicalmente distinta. La primera vez tuvo lugar cuando estaban terminando la grabación del Sgt. Pepper's. Para entonces John ya sabía perfectamente quién era yo, aunque todavía, ay, no se había sentido tentado por mis servicios. Hasta que un día, cuando menos lo esperaba, el más legendario de los Cuatro Magníficos entró en la sala de reuniones cuando terminaba de cortarle el pelo a Mal Evans. Se paseó alrededor del nuevo aspecto de la cabeza de Mal, admiró la estratificación y las patillas limpiamente cortadas, y me dijo:

—Muy bien, Leslie, pero que muy bien. ¿Podrías venir a mi despacho y cortármelo a mí, por favor?

Como pueden imaginar, liberé mi agenda para aprovechar aquella oportunidad largo tiempo esperada.

El despacho de John era tan grande e impresionante como la sala de juntas. Cuando entré, estaba sentado en un sillón de cuero, hablando por teléfono con mucha seriedad. Me quedé discretamente al lado de la puerta, pero me hizo una seña para que entrara, sin dejar de hablar. Si no hubiera sabido que aquel joven era una despreocupada estrella del pop al que le encantaba colocarse y vivir sobre todo de noche, habría podido confundirlo fácilmente con un empresario estresado. De hecho, como si estuviera demasiado ocupado para abandonar la conversación y dedicarse a su pelo, me indicó por señas que comenzara a trabajar. John Lennon era lo que hoy llamaríamos un hombre multitarea.

Realmente sudé con aquel corte de pelo. No porque estuviera en presencia de John Lennon o porque temiera su opinión. El corte no fue particularmente difícil. Aunque cada vez tenía el pelo más largo, su aspecto era relativamente convencional para aquella época, así que mi trabajo fue muy sencillo.

El problema fue más bien de los de vida o muerte. Como ya he descrito en un capítulo anterior, cortar el pelo incluye el hábil manejo de las tijeras cerca de partes vitales de la anatomía humana. Pinchar la piel es algo bastante habitual, e incluso el peluquero más experto puede causar un corte serio. Lo que hay que evitar a toda costa es cortarle la yugular con las tijeras.

Así que una de las mayores pesadillas de un estilista es tratar con un cliente que no deja la cabeza quieta. John Lennon, como supe aquella tarde, era el peor cliente con el que habría de lidiar. Mientras seguía hablando alegremente con un interlocutor que luego supe que era un conocido periodista que lo estaba entrevistando, me concentré en no segarle el cuello y privar al mundo de uno de sus mejores músicos. Cuando veía un hueco en la conversación, trataba de convencerlo de que se estuviera quieto:

—Por favor, John, ¿podrías no mover tanto la cabeza? —le preguntaba una y otra vez con toda la paciencia de que era capaz. John parecía darse cuenta de lo que pasaba y asentía como si me entendiera, pero el mero hecho de asentir agitando la testa demostraba que no había captado el mensaje. En cualquier caso, se olvidaba al momento de que yo estaba allí y seguía con lo suyo, cabeceando y discutiendo con vehemencia sin dejar de mover los brazos. Yo no dejaba de fantasear con las escenas más sangrientas imaginables encima de aquel escritorio lleno de papeles, con los titulares de la prensa del día siguiente: ¡el peluquero de los Beatles decapita a Lennon!

En una de las sesiones más memorables intervino una japonesa muy carismática que John conoció en su despacho mientras le estaba cortando el pelo. En aquel momento yo no tenía ni idea de quién era, aunque Yoko Ono llegaría a convertirse en la amante de Lennon, su musa, su esposa y compañera inseparable, que fue causa de que el Beatle rompiera su matrimonio con Cynthia Lennon y, según muchas personas, de la separación de los mismos Beatles.

A mí me produjo una gran impresión aquella pequeña pero guerrera señora desde el momento en que entró por la puerta, vestida de negro. No era atractiva al modo convencional, pero tenía algo que llamaba la atención, lo que en mi caso no fue beneficioso, teniendo en cuenta las vueltas y revueltas que estaba haciendo con las tijeras alrededor de la inquieta cabeza de John.

Incluso en aquel momento me di cuenta de que estaba siendo testigo de un encuentro memorable. Por primera vez desde que lo conocía, John Lennon no hablaba de los Beatles ni de música. Su conversación tocaba temas más sólidos: el arte, la vida, la verdad. Más tarde sabría que John había ido a una exposición de la señora Ono en la Galería Índica y se había sentido intrigado por sus extravagantes obras interactivas. Una de ellas exigía que el visitante subiera por una escalera de mano y mirara a través de un catalejo un punto lejano en el que aparecía escrita la palabra

«yes». Otra era un madero blanco en el que se invitaba a la gente a clavar clavos para crear colectivamente la obra. Cuando Yoko y John se conocieron, parece que ella le dio una tarjeta en la que se leía «respira». Según parece, la experiencia lo dejó sin respiración. Cuando los vi juntos aquella primera vez, él no dejaba de preguntarle sobre el significado de sus extrañas creaciones, y ella hizo todo lo posible por explicárselo. Francamente, yo no entendía ni la mitad de lo que hacía Yoko, ni tampoco John. En realidad, cada vez se exasperaba más con ella:

—¡No entiendo qué quieres decir! —se quejaba el Beatle, sacudiendo peligrosamente la cabeza—. ¡No entiendo nada!

—No entiendes porque no escuchas —respondía Yoko alegremente, como si su interlocutor fuera un niño mimado…, y quizá lo fuera. Sorprendentemente, esto solo conseguía aumentar su interés.

John, por lo general, era el carácter dominante en cualquier conversación. Pero allí, por primera vez, vi que aquella temible mujercilla se hacía con el control del diálogo. Era como si finalmente hubiera conocido a una mujer que no babeaba ante un Beatle, sino que lo trataba, simplemente, como a una persona. Ser testigo de la escena fue tan fascinante que tuve que frenar mi ritmo de trabajo. Un trabajo que habría tardado media hora duró el doble. No estaban hablando solamente. Su interacción fue como una performance, desconcertante y, al mismo tiempo, poderosamente fascinante. Estaban clavándose clavos delante de mis narices. Estaban respirando el aire del otro. Mirando a través de un catalejo y encontrando la palabra «yes» escrita en el corazón de su interlocutor.

Tengo que admitirlo: me sentí incómodo por estar allí. Como en muchas performances, me sentí intranquilo. Y al mismo tiempo estaba hechizado. Fue una de esas situaciones en las que el pelu- quero se vuelve invisible para el cliente, que termina revelando mucho más de lo que habría deseado. Un año después, cuando John dejó a su mujer, Cynthia, y se lió con Yoko, no me sorprendió en absoluto. John Lennon había encontrado a su alma gemela.

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