Julián Varsavsky es un hombre que está siempre en viaje: su decisión, su profesión, su vocación, su pasión es viajar. Viajar para contarlo.

Julián Varsavsky es un hombre que está siempre en viaje: su decisión, su profesión, su vocación, su pasión es viajar. Viajar para contarlo.
Y es que Varsavsky no viaja para “pasarla bien”, y mucho menos para descansar. Viaja para aprender, para pensar, para vivir lo que de otra manera no podría vivir, y además viaja –porque es un notable cronista– para escribir, para que sus andanzas se prolonguen en el río de las palabras.
En su último y premiado libro, Viajes a los paisajes invisibles. De Antártida a Atacama, editado con su habitual exquisitez por Adriana Hidalgo, Varsavsky da cuenta de sus aventuras y lo hace con la agudeza del periodista entrenado, aunque no prescinde de los recursos del narrador ni de la hondura conceptual del ensayista.
Pareciera ser que, en estas épocas gobernadas por las redes sociales, son muchos quienes, más que viajar, simplemente se trasladan: ¿qué es, para vos, “viajar” verdaderamente?
Yo no me puedo arrogar el definir qué es viajar de verdad: todo viaje lo es y cada quien lo hace como quiere y puede. Mi manera, es viajar para contarla; mi motor es la búsqueda de material de inspiración para mis crónicas y libros. En mi taller de crónica “Viajar para contarla”, una mujer que entendió como nadie el método que yo planteo, me dijo: “Si algo tengo claro es que nunca me iría de vacaciones con vos”. Porque no es ir relajadamente a ver qué hay, sino a buscar con una actitud muy activa, esforzada y trabajosa. Esto no es el mero placer de unas vacaciones, entre otras cosas porque el tiempo no alcanza: necesito mucho y eso es caro. Y lo que menos hago es descansar: más bien me canso. Se impone un estudio previo y una preproducción aceitada, porque lo que voy a buscar no se ve a simple vista. Y hay que caminar muchas horas por día. El mundo ya fue descubierto y cada rincón suyo está al alcance de un clic: podés comprar un crucero a Antártida en cinco minutos y llegar en cuerpo y alma en cinco días, si tenés la plata. O si no, el mundo llega a tu mano por el celular con solo googlear. Como cronista de viaje yo debo darle al lector algo que no conozca, algo que si él viaja, no pueda ver: no hago guías de viaje. Entonces tengo que bucear en lo invisible, en el porqué de las cosas, el trasfondo, el inconsciente colectivo de los pueblos. Por eso, luego de escribir una crónica que sumerja al lector en el lugar del viaje con técnicas prestadas de la literatura, me voy a la academia. Por ejemplo: para el capítulo sobre los menonitas en La Pampa de mi nuevo libro, busqué al mayor experto que existe sobre esa cultura, el antropólogo argentino Lorenzo Cañás Bottos. Leí su tesis sobre el tema y lo entrevisté durante horas. Si él estuvo meses viviendo con ellos, si estudió a fondo su historia, si los entrevistó centenares de horas y aplicó marcos teóricos, casi nadie en el mundo puede haber visto y entendido tanto sobre los menonitas como él. Entonces le pido permiso y me subo a sus hombros como un enano que quiere mirar lejos. Mediante la técnica de la entrevista y luego la síntesis, tengo que lograr un texto que ilumine allí donde no se ve en el sitio de viaje: llegar a entender la lógica de pensamiento del Otro en el contexto de su cosmovisión (y no de la mía). Ahí mi visión comienza a cambiar radicalmente. La mirada antropológica va abriéndote unos cortinados asombrosos y empezás a ver en el mundo de las ideas, que ya lo dijo Platón: la realidad no puede comprenderse con los sentidos, sino con el pensamiento. Por eso, el camino para decodificar un viaje atraviesa el mundo de las ideas. Y mis crónicas están cuidadosamente escritas para que ese viaje –primero por el mundo físico y luego por el abstracto intangible– sea ameno y placentero de leer, y a la vez indague en las profundidades de un paisaje, de un personaje, de una ciudad o de una cultura. Por eso el libro está lleno de antropólogos, arqueólogos, paleontólogos, arquitectos, semiólogos, intelectuales autodidactas, musicólogos, biólogos, geólogos, psicoanalistas, historiadores, sociólogos y capitanes de barco. Y abrevo en la filosofía y la literatura.
Contame algo de tu vida: ¿cómo fue que descubriste tu vocación de viajero?
No lo sé. ¿Quién no tiene vocación de viajero? Es algo bastante normal. Tuvieron que ver Julio Verne, un libro de fotos de Kioto que saqué de una biblioteca y películas de Bruce Lee filmadas en pueblitos de techos chinos que para mí eran de otro plantea. Supongo que estas cosas se definen en la niñez. De chico pensé que me gustaría una profesión que implicara el viaje permanente. Lo singular quizá sea que salió cual lo planeado. Aun en la universidad, comencé a trabajar en un banco para juntar dinero e irme a China y Vietnam. Y mi primera crónica fue vietnamita. Con el tiempo –trabajando en el suplemento de viajes de Página/12 por 22 años y también en revistas como National Geographic– comenzaron a lloverme viajes por invitación y la rueda se fue retroalimentando y luego diversificando con documentales, talleres, libros, premios –el libro que estoy presentando ganó el primer premio de no ficción del Fondo Nacional de las Artes– e incluso derivas laterales: me dedico al análisis geopolítico internacional.
Hay pasajes del libro, como en el texto que le dedicás a la comunidad menonita de La Pampa, donde el periodista parece metamorfosearse en antropólogo. Curiosamente, Lévi-Strauss se refirió al “fin de los viajes”. ¿Terminaron realmente, o aún son posibles en este mundo hipercomunicado?
Ya quisiera yo ser antropólogo. He estudiado un poco en la facultad y por mi cuenta: nada más. Mi habilidad es simplemente saber “exprimir” a los antropólogos y a ellos les sirve, porque masifican sus estudios. El lamento de Lévi-Strauss –ya hacia 1950– era porque quería ir a descubrir culturas no estudiadas, incluso no contactadas. Eso ya no es posible. No hay más terra incognita. Solo habemus terra digitalis. Pero esto es un convocante desafío para mí. Porque el viaje –que por supuesto es posible– planteado a la manera de Lévi-Strauss, cambia necesariamente de raíz. Ya no se trata de descubrir lo no visto, sino de ver lo que otros no ven en el mundo físico primario. Se trata de traspasar el sentido común, esa percepción tan simplista y engañosa: el mundo está enmascarado en apariencias. En mi capítulo de Buenos Aires, me dedico a recorrer la ciudad con un arquitecto y semiólogo –Eduardo Masllorens– que estudió semiología con Roland Barthes. Con él –quien lleva décadas estudiando la ciudad, publicando y dando clases– logro ver lo que nunca vi, allí por donde siempre anduve en mi ciudad. Toda arquitectura habla. El urbanismo de una ciudad, también. Y existe un método para decodificar en palabras lo que dicen las paredes desde el lenguaje de la arquitectura. Eso no lo puede hacer cualquier persona –yo, apenas– pero sí estudiosos brillantes como Masllorens. En mi libro, Buenos Aires habla a través de boca de él y luego mediante mi pluma, a partir de escucharlo a él.
¿Cuál fue, de todos los paisajes que describís, el que más te impactó?
A mí me puede el minimalismo de los desiertos, que por cierto abundan en mi libro, el cual es una crónica que arranca y termina en los dos más resecos del mundo: Antártida y Atacama. Y en el medio atravieso desiertos patagónicos, puneños, pampeanos y andinos. Pero Antártida es mi gran musa inspiradora. Y te la puedo contar en una escena: “El pingüino baja a la costa sacando pecho por una rampa de hielo, agarra una piedrita con su pico rojo y regresa a su hembra para arrojársela al suelo en ofrenda. Ella la acomoda con otras para ir cerrando un círculo imperceptible en la nieve, una mera demarcación. Un día veraniego como hoy, el hielo cubre todo el territorio, salvo una angosta franja pétrea al borde del agua. Allí, esas chaplinescas aves deben resolver los materiales para su hogar: se los birlan mutuamente al menor descuido. Antártida es el continente más desértico de la Tierra: llueve menos que en el Sahara. Y no existe una rama con qué hacer un nido. Incluso, casi no hay piedritas”.
Y entre los numerosos personajes que pueblan el libro, ¿quién te conmovió de manera más honda?
La historia de Daniel Peche Pezzente. Ya llevo veinticinco años de viaje casi permanente por cinco continentes y cincuenta y cinco países, pero el personaje más fascinante con quien me he cruzado jamás estaba a cuatro horas de mi casa, en Miramar. No te voy a contar los giros increíbles que tuvo su vida desde que quedó huérfano y semiabandonado de muy niño, sobreviviendo solo, casi como un niño lobo en el campo hasta terminar girando por el mundo como rugbier y surfer, habiendo desarrollado una relación simbiótica con los animales que se cruzaron por su vida. Pero lo más singular es el proceso que se dio en él al contarse a sí mismo –fueron horas y horas de conversación--: fue recuperando su historia, venciendo represiones inconscientes y por último suturando las heridas, todo a partir de una simple entrevista donde solamente íbamos a hablar veinte minutos de surf, pero yo creí entrever un personaje totalmente de excepción. Y lo era. Hay otro muy llamativo en el capítulo de Atacama: Haroldo Horta, a quién conocí volando sobre ese desierto en parapente, quien comenzó su singular vida como adolescente exiliado de Pinochet para vivir en la Hungría comunista, de donde lo expulsaron por rebelde y terminó combatiendo en el sandinismo en Nicaragua, donde cayó herido en combate y fue torturado por las fuerzas de Somoza –casi fusilado–, salvado a último momento como el coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad.
Por Martín Stoianovich
