Sería el año 92 cuando le dije a Alma Maritano que quería conocer a poetas de Rosario. Me nombró a Jorge Isaías, Gary Vila Ortiz y Hugo Diz. Por cuestiones fortuitas tomamos un primer café en El Cairo con Hugo y le llevé unos poemas.

Un joven Hugo acompaña a Elvio Gandolfo y la pequeña hija de este, Laura.
Sería el año 92 cuando le dije a Alma Maritano que quería conocer a poetas de Rosario. Me nombró a Jorge Isaías, Gary Vila Ortiz y Hugo Diz. Por cuestiones fortuitas tomamos un primer café en El Cairo con Hugo y le llevé unos poemas.
La vez siguiente me los devolvió tachados, dejando solo algunos versos –los únicos que merecían sobrevivir–. “Y leete La poética del espacio de Bachelard y El arco y la lira de Octavio Paz” me dijo. (Y compré Ventanal, para ver qué escribía Diz).
Fueron varios encuentros –campera, cigarrillo, El Cairo y alguna vez el bar La Capital–, a veces con silencios que me costaba sostener, durante los cuales me acompañó en el camino de un primer libro. “Ahora”, me dijo, “ya seguí solo”.
Hugo me enseñó el rigor, el valor de la corrección –no digo que yo lo haya aprendido pero sí que él me dijo por dÓnde-, la búsqueda del libro como obra y no como mero rejunte de poemas; me mostró las sombras pero también la luz de la poesía. Y fuimos amigos también. No me animo a decir amigos entrañables pero sí que él fue un ser muy querido para mí y admirado. Un poeta que asumió el rigor de la belleza. También en el tango y en la pintura. Y, con sus matices, riesgos y claroscuros, en la vida.
El día que me entero de su muerte llego después de una cena con amigos y me pongo a releer Ventanal. Ahí sigue Hugo; le dice a una aphelandra que “el otoño / con sus brisas nacientes / y sus ráfagas frías, / que hacen / a su ciclo / en ciernes, / preocuparán / tus latidos. // Entonces / deberás / entregarte / a tu sueño”.
A la mañana siguiente, en su despedida, alguien deja como ofrenda sobre el cajón un café –Hugo, me parece mejor poner “cajón” que ataúd–; un gesto casi humorístico y de cariño que Diz seguramente aprecia. Dos muchachos se acercan y uno le deja una bufanda de Ñuls –otro gesto que celebro–.
Ahora que te entregaste a tu sueño ahí será entonces el próximo café.



Por Carina Bazzoni