Domingo 29 de Abril de 2018

Como dudaba si quiosco se escribía con qu o con ka, me tomé el trabajo de buscar la palabra en dos diccionarios. Eso me pasa por pertenecer a esa generación pre-mensajitos-de-texto para la cual "xq" nunca fue el equivalente de "porque", ni le daba lo mismo escribir consecuencia que "konzecuensia". Y aunque intuya que esa conducta mía encierra alguna vaga contradicción, yo, que me rebelo furiosamente contra otras formas de tiranía, me someto dócilmente a la de las reglas ortográficas.
Los dos diccionarios coincidían en que el empleo de la cu o de la ka era indistinto, pero diferían ostensiblemente en cuanto al origen del término: para el más nuevo era la palabra francesa "kiosque", y para el más viejo la palabra turca "kiuchk" que significa "mirador". Podría haber hilado un poco más fino aún, y elucubrar que las dos etimologías tal vez se correspondieran con dos acepciones distintas, pero mejor me dejo de perder el tiempo en zonceras y me quedo con la conexión turca: el poderoso Imperio Otomano y Constantinopla estimulan más mi imaginación que París.
Todo eso para contar —achicando la cuota de tristeza—, que el quiosco de diarios y revistas de Catamarca y Alvear se cerró para siempre. Y sé que es usar una expresión muy dura decir "para siempre".
Recuerdo que mi madre ya compraba La Capital en ese quiosco de la esquina de casa, a un hombre alto y huesudo, que les ponía el pecho a las crueldades del frío y el calor o al azote inclemente de las lluvias, con el estoicismo de un viejo lobo de mar, gastado pero firme. Cuando él desapareció —supongo que se habrá muerto— fue el turno de su hijo: un muchacho rubio y malhumorado, muy cáustico, que sonreía trabajosamente y, cuando él a su vez se enfermó, lo suplantaron su mujer y sus hijos, quienes, poco familiarizados con el métier, se hicieron cargo del negocio por poco tiempo: la mujer era extremadamente afable, la hija una bella jovencita que jugaba al hockey, y el hijo un chico que parecía estar eternamente ausente, como atrincherado en un mundo propio, inexpugnable.
Por muchísimos años —décadas sin duda—, el viejo quiosco para mí no existió, y no solo porque mis obligaciones siempre encaminaban mis pasos hacia el lado contrario, sino porque parecía que era función exclusiva de mi madre conectarse (y conectarme) con el entorno más cercano... con el barrio.
Pero cuando las circunstancias —y cuando digo las circunstancias me refiero al paso del tiempo— me endilgaron "a mí" la tarea de recorrer los alrededores, aunque más no fuera para comprar el diario todos los días, pude comprobar que el diariero no tenía un genio tan atrabiliario como el que yo le adjudicaba, que se podía charlar con él animadamente, y que lo que su bella hija transportaba en un curioso estuche, lejos de ser —¡fantasía absurda!— un raro instrumento musical, como un fagot o algo por el estilo, era sencillamente un palo de hockey...
Siempre me impresionaron los baldíos cuyas medianeras conservan vestigios de las casas que antes se levantaron en el lugar, y fueron derrumbadas: azulejos, mayólicas, cañerías, empapelados y hasta retazos de colores que alguien escogió con esmero para pintar una habitación, sin siquiera presentir que ese gesto suyo, ilusionado, tarde o temprano terminaría transmutado en ruina desechable. Aunque, a decir verdad, lo que me provocan esas huellas "casi íntimas" impresas en las paredes, dista de ser solo angustia frente a la transitoriedad de todo lo que existe, porque la vivencia tiene incluso algo de lúdico: es como si de buenas a primeras uno adquiriera la facultad (achicándose o agrandándose al modo de Alicia) de poder recorrer el interior de una casa de muñecas.
Hasta podría fabular que alguna fuerza todopoderosa —y que no fue exclusivamente la de las topadoras— arrinconó el espacio aplanándolo totalmente, borró los volúmenes y congeló el trajín de la vida diaria en una imagen de dos dimensiones, tan engañosa como un cuadro...
Sin embargo con el quiosco de Catamarca y Alvear ocurrió algo diferente. La vereda que durante tanto tiempo estuvo intransitable y casi pulverizada fue reparada con mucho esmero, y la vieja estructura de chapa, humilde y destartalada, un buen día fue retirada de la esquina sin dejar rastros, como si nunca hubiese estado instalada allí. Con la turbadora posibilidad de no haber existido nunca.

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