Cultura y Libros

El inquietante placer del texto

Mariana Travacio es rosarina, pero vivió toda su infancia en Brasil. Su talento como escritora fue reafirmado por la publicación en Tusquets de Cenizas de carnaval, libro de cuentos signado por una mirada que intenta expresar la incertidumbre. En diálogo con Cultura y Libros, aseguró que "hay un murmullo que nos compone, desde el que escribimos. Algo de lo que no podemos sustraernos"

Domingo 24 de Junio de 2018

"A veces, con una copa de vino. Y para corregir, siempre café". En esa especie de liturgia cotidiana escribe Mariana Travacio (Rosario, 1967). Sin embargo, si la urgencia de las palabras la encuentra en la calle, escribe donde puede: "He llegado a escribir en los semáforos, sobre papelitos de estacionamiento. Si estoy en un bar, en cuadernos o en servilletas. De todos modos, creo que prefiero hacerlo en casa, de noche". Y es en ese marco donde surgen sus relatos, sus cuentos, sus novelas. Autora del libro Cotidiano y de la novela Como si existiese el perdón, la escritora acaba de publicar Cenizas de carnaval (Tusquets, 2018), libro compuesto de diez historias que recorren zonas de perturbación, de desencanto, de un malestar profundo. Y es esa dimensión impredecible que se abre en el interior de cada personaje, el punto de no retorno que carcomerá todas las certezas. Certezas que, quizás, nos habían mantenido estables minutos antes de abrir este libro.

Los cuentos que componen Cenizas de carnaval surgen en una misma época. Son relatos que poseen ciertos núcleos de sentido y de esta manera habilitan una lectura integral, homogénea del libro. "Son cuentos que nacieron aledaños, en un momento en el que estaba explorando la noción de incertidumbre, algunos devenires de la memoria, la constitución de la identidad: esas matrices reproductivas. Me interesaba explorar, con distintos personajes, en distintas situaciones, qué cosas nos devolvían certeza, qué cosas nos dejaban inermes" afirma Mariana Travacio.

En diálogo con Cultura y Libros, Travacio, quien nació en nuestra ciudad pero vivió toda su infancia en San Pablo, Brasil, charló sobre la publicación de este libro, sobre sus motivaciones al momento de escribir, y sobre la lectura como ese proceso de búsqueda y a la vez de encuentro íntimo.

En el cuento que abre y también da título al libro, podríamos decir que le sucede al protagonista lo que a veces ocurre con el proceso lector: una historia que sin que querramos, termina atrapándonos, implicándonos.

—Sí, exactamente. Ese cuento lo escribí siete veces. Fue una pesadilla. Buscaba un narrador para la historia y no lo encontraba. Finalmente, me vi explorando ese proceso secundario: un narrador distante, escuchando la historia un poco amortiguada, como permitiéndose soslayarla. Me importaba más resolver el problema literario de la narración que la composición de la anécdota misma, tan mínima, que se narra. Así surgió ese narrador-oyente que termina implicándose en el cuento.

¿Cómo opera en vos la lectura? ¿Y cómo desearías que operara en tus lectores la lectura de estas historias?

—Para mí, la lectura es un asunto de diálogo y es constitutivo. Creo profundamente en la lectura como encuentro: un encuentro íntimo y gozoso entre un texto y su lector. Pascal Quignard decía que leer es buscar con la vista, a través de los siglos, la única flecha lanzada desde el fondo de los tiempos. Creo que todo lector es miembro de esa tribu que sigue buscando, indefinida y vanamente, esa única flecha.

Hay en muchos de estos relatos, ejes que dialogan: ciertos trastornos mentales, emocionales, que interfieren en la cotidianeidad de las personas. Como en Matriz, Entre gardenias, Certeza de lo inmóvil ¿Ha ayudado a la escritura tu paso por Psicología?

—No lo sé. No es algo que tenga presente al momento de sentarme a escribir. Supongo que escribimos con todo el acervo disponible: todo lo que conforma nuestra experiencia. Hay un murmullo que nos compone y desde el que escribimos. Acaso sea, más bien, algo de lo que no podemos sustraernos.

Otro de los temas que subyacen son las relaciones familiares, y la toxicidad que pueden generar. Esto sucede en Temprano en el penthouse, A media voz y ni hablar de Entre gardenias: esa madre que no habilita la palabra de la hija, o en Los Osorio, esa abuela que de alguna manera clausura la felicidad de los nietos. ¿Cómo llegaste a estas historias?

—Bueno, cada una tiene un origen. Temprano en el penthouse y Los Osorio tienen en común la noción de fragilidad: esa implosión de equilibrios endebles, aunque parezcan tan sólidos. A media voz nace de un puñado de recuerdos y es un pequeño homenaje a aquellos a quienes se les ha negado la identidad: un punto de partida, unos abuelos. Entre gardenias es una desmesura: una fagocitación que acaba por deglutir, también, las palabras.

El tema de la última dictadura militar es también una motivación palpable que puede leerse en alguno de los cuentos.

—Nací en 1967. Pasé mi infancia entre las dictaduras de Argentina y de Brasil. Como decíamos hace un rato: es aquello de lo que no podés sustraerte. Te conforma, se cuela, todo el tiempo. Lo tenés clavado en el cuerpo y te acaba saliendo por la mirada.

Sos Magister en Escritura CreativaELLIPSIS_CHARACTER ¿Qué significó para vos este posgrado? ¿Cuánto del oficio de escribir se puede aprender? ¿Cuánto se desarrolla, cuánto se trae?

—El posgrado en escritura creativa fue una experiencia muy rica, muy próspera. Es ponerte a pensar con otros. Es reflexionar sobre tu práctica, sobre los procesos de escritura. Descubrir otros modos, ponerlos en juego. A mí me resultó una experiencia sumamente positiva y, aún más, una experiencia constructiva. Yo creo que los talleres, las prácticas grupales de escritura, la mirada del otro, son constructivas. Y sí, creo que las herramientas del oficio son transmisibles, ejercitables. Luego, cada uno irá viendo qué cosas rescata, cuáles descarta, pero me parece que son pasajes válidos.

¿Qué lecturas anteriores creés que pueden haber alimentado los cuentos de Cenizas de carnaval?

—Creo que las lecturas, todas, componen una suerte de murmullo que queda en la cabeza y del que te vas sirviendo durante los diferentes procesos de escritura. Barthes decía que hay una relación nupcial, de procreación, entre lectura y escritura. Estoy totalmente de acuerdo. Sin embargo, no siempre es fácil identificar de cuál lectura te estás sirviendo, porque la lectura implica una suerte de puntuación y, también, de apropiación del texto leído. Paul Valéry decía que las obras no sobreviven enteras, que lo que quedan son ruinas, meros fragmentos, y que estos fragmentos son falsos, persisten alterados, atravesados por la mirada singular de cada lector. Me gusta esa cita, dice así: "Nada entero sobrevive, exactamente como en el recuerdo, que nunca es más que residuo y sólo es preciso cuando es falso".


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