Christian Kupchik llega tarde y se tropieza con este cronista en medio del bar después de un par de watsapps premonitorios. No ha cambiado demasiado: conserva su aspecto de recién desembarcado de la Kon-Tiki, pero eso sí, siempre con bolsas de libros en las manos.
Nos sentamos, la noche se avecina y a Kupchik, como buen poeta, la sed nunca lo abandona. Pide una rubia que llega helada, hunde la barba en la espuma espesa, toma una copa casi sin respirar y entonces sí, reanuda el diálogo interrumpido hace demasiados años, cuando en este mismo bar compartimos mesa con los lagrimales Hugo Diz, Elvio Gandolfo y Eduardo D'Anna.
No sólo el aspecto de bardo escandinavo de Kupchik no se ha modificado demasiado: su mirada sobre el mundo, sus amores y odios, tampoco. Lo suyo son las palabras, y a sus múltiples haceres como escritor y traductor ahora le ha sumado un métier nuevo dentro del rubro: se ha convertido en editor. Me tiende una de las bolsas y exhibe feliz los productos de su trabajo, mientras conversa infatigablemente, sin nostalgia, lleno de vitalidad y humor.
Los libros que hace Kupchik en compañía del novelista Jorge Consiglio, bajo el sello Leteo, tienen el sello de la aventura artesanal y aspecto sobriamente elegante. Los que me ha traído son tres, y los tres de narrativa: Los perplejos, de la chilena de Santiago Cynthia Rimsky, y Furia diamante y Sanmierto, de los jóvenes e irreverentes argentinos Valeria Tentoni y Emilio Jurado Naón, este último habitual colaborador de este suplemento.
Diverso en sus apuestas estéticas, el trío, sin embargo, tiene una marca común en el orillo: la apuesta por el rigor, el riesgo y la autenticidad. Los tres autores ponen distancia, en síntesis, con la rutinaria receta que el llamado "mercado" propone: una prosa pasteurizada, apta para ser digerida sin mayores tropiezos por el lector perezoso que el mismo "mercado" alienta y necesita.
Kupchik ya ha terminado su cerveza y se asusta del precio: "Esto es más caro que Buenos Aires", se queja entre risas mientras paga, resignado. De inmediato requiere ayuda para ubicar una librería cercana que acaba de abrir en pleno centro de la ciudad a pesar de la formidable crisis que aplasta el consumo, sobre todo de productos culturales. Y hasta allí lo acompañamos, sin dejar nunca de charlar. Cuando nos despedimos hasta la próxima copa, nos queda una certeza: haga lo que haga Kupchik, siempre valdrá la pena.