Cultura y Libros

"De la Rúa preguntó si era verdad que había muertos y heridos"

El reconocido periodista Mario Wainfeld relata situaciones límite que vivió el país en las últimas dos décadas en un libro recientemente editado por Siglo XXI. Lo que se publica abajo es parte del capítulo inicial.

Domingo 23 de Junio de 2019

La desocupación, la pobreza y la indigencia aumentaban minuto a minuto. Los saqueos a supermercados o pequeños comercios eran costumbre cotidiana desde hacía meses. En diciembre de 2001, se acrecentaron en varias ciudades de Mendoza y de Entre Ríos, provincias con gobernadores radicales, del mismo partido que el presidente Fernando de la Rúa. Por razones demográficas y políticas evidentes, la proliferación de saqueos en el Conurbano bonaerense agravó el cuadro.

La confiscación de los depósitos bancarios del 3 de diciembre, que solo habilitaba a retirar una cifra semanal ínfima ("corralito"), soliviantó a ahorristas de sectores medios, que habían confiado en la Convertibilidad, el sistema bancario y el gobierno. Los pobres por comida, los sectores medios por sus ahorros: todos salían a la calle, furiosos, en defensa de derechos elementales.

De la Rúa impuso el estado de sitio el 19 de diciembre a la tarde y nadie lo tomó en serio; por el contrario, generó gran indignación. Para los pobladores de las grandes ciudades, con Buenos Aires a la cabeza, la amenaza funcionó como acicate para salir a la calle y enfrentar al gobierno.

El 20 de diciembre a la mañana fuerzas policiales atacaron a las Madres de Plaza de Mayo, que se disponían a hacer su ronda, como cada jueves. Los "cosacos" a caballo las maltrataron como ni la dictadura había osado, en ese espacio. Multitudes de ciudadanos "sueltos" confluyeron en la Plazas. Se produjo la mayor matanza de argentinos en el microcentro porteño durante un gobierno democrático. Zumbaban las balas, los gases lacrimógenos pululaban en el aire.

Desde el día anterior la televisión transmitía en vivo las 24 horas, aunque el presidente había ordenado al titular del Comité Federal de Radiodifusión, Gustavo López, censurar la emisión de imágenes de movilizaciones e incidentes. López se negó; fue citado a Olivos pero sostuvo su posición, de cuerpo presente. Según el relato creíble que propaló en ese momento, también se lo instó a que sacara del aire (en radio y televisión) a Daniel Hadad, un crítico salvaje y eficaz del gobierno. De nuevo, López objetó la orden.

Como el presidente y el séquito insistían, alguien se entusiasmó con la idea de interferir las ondas de canales de cable y radios opositores. "No podemos dejar que los golpistas dominen la información" era el pretexto. López encaró al presidente: "Haga algo, genere información. Que el Estado reparta comida, que se vea". El contrapunto propiciaba el juego político y comunicacional. Las operaciones mediáticas pueden combatirse produciendo hechos: un mensaje a los apocalípticos que "compran" la omnipotencia de los medios y ningunean las posibilidades de la acción política. Cuando se sumaron las presiones del ministro del Interior, Ramón Mestre, y de Nicolás Gallo, secretario general de la Presidencia, López terminó por renunciar. Era el 20 de diciembre.

En la Casa Rosada, funcionarios y legisladores le pedían a De la Rúa que cambiara el Gabinete, que dejara sin efecto el estado de sitio, que renunciara. Entrada la tarde de esa jornada de furia, sangre y pólvora, el presidente se comunicó con Carlos Becerra, titular de la Secretaría de Inteligencia del Estado (Side). "Le preguntó si era verdad que había muertos y heridos", me contaron entonces —y hace poco, nuevamente—dos integrantes del Gabinete. Fieles, diligentes, sensatos durante esas horas. No agrego más porque pocos conjugaban esas condiciones, y el off the record me impone no señalarlos. Antes, evocan, le encomendó al ministro de Salud, Héctor Lombardo, que averiguara si había muertos en los hospitales públicos. Al cierre de este libro se desconoce la respuesta.

"¿No sabía, no veía la tele, no escuchaba radio, nadie lo tenía informado?", inquirí tantas veces en tanto tiempo. Contra cualquier lógica, se encogían de hombros.

"No, no y no".

"¿Cómo es posible?", me desgañité en 2001 y me repetí en momentos distintos.

"Usted lo conoce a De la Rúa".

Durante el juicio penal por aquella masacre en Plaza de Mayo y en distintos reportajes se interrogó al ex mandatario. "¿Salió al balcón de su despacho, atisbó por las ventanas?". Declaró que nunca miró hacia afuera y explicó que no había notado nada porque las ventanas estaban cubiertas por gruesos cortinados. Añadió que recién a la noche del 20 de diciembre tuvo información oficial de las muertes, de la matanza concretada a metros de su despacho…

Ubicado en un salón con visión panorámica, rodeado por personas informadas, titular del Ejecutivo, pretende haber sido el único argentino que no se enteró. La verdad es otra; no vio ni oyó porque no quiso. O fabula que no vio ni oyó. Da igual: el juicio histórico no variaría.

El acontecimiento atroz del 19 y 20 de diciembre concuerda con la secuencia histórica que lo anticipó. No inventa la crisis, la remacha. Tal la tesis que se intentará desplegar.

* * *

Fue el primer dirigente de otra fuerza que desalojó al peronismo de la Rosada en elecciones libres. La coalición que encabezó fue la primera experiencia de ese tipo entre la UCR y otro partido, el Frepaso. "Chacho" Álvarez craneó la entente, convenció al ex presidente Raúl Alfonsín. La pactaron ante todo entre ellos, la operaron. Chacho vaticinaba que la UCR pondría el candidato a presidente, que prevalecería en la interna. Alfonsín y los radicales a su zaga dudaban del resultado y de la plena buena fe del pronóstico de Chacho. Brillante jefe de campaña, gran predictor de veredictos electorales, Chacho sí estaba seguro.

Alfonsín y Álvarez anoticiaron a De la Rúa, que se mostraba remiso, hasta que señalaron que él sería el candidato. Ernesto Semán, que cubrió la campaña y luego el gobierno de la Alianza, narró que Chacho venció los recelos de "Fernando" yendo a los bifes: "Fernando, vos con esto sos el presidente, no hay quien pueda ganarte".

Alfonsín aborrecía a De la Rúa, a quien tipificaba como un emergente de "la derecha" radical. Para él, "ser de derecha" era un defecto. Chacho le caía mejor, como una especie de ahijado díscolo, cachafaz, afectuoso, peronista democrático, versado, buen orador.

Se recuerda poco el medallero electoral de De la Rúa. Supo ser un candidato potente que venció al peronismo en varias ocasiones. Las más rimbombantes: en 1973, cuando fue elegido senador por la Capital arrollando al peronista-nacionalista de derecha Marcelo Sánchez Sorondo. Otra, en 1996, cuando llegó a ser el primer jefe de Gobierno votado por los porteños. La tercera sobrevendría en 1999, cuando relegó por buena diferencia al justicialista Eduardo Duhalde.

El peronismo tuvo mejor cosecha en las provincias: 14 gobernaciones, entre ellas Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. En esta última, la votación se había cumplido en julio de 1999; las demás, en simultáneo con la presidencial.

Plebiscitada y portadora de novedades, la Alianza cayó a pique en veinticuatro meses. Las elecciones legislativas celebradas en octubre de 2001 arrojaron un resultado catastrófico para el novedoso oficialismo y un llamado de atención brutal para el sistema político. En valores absolutos, la Alianza perdió alrededor de 4,5 millones de votos en un bienio. Puesto en porcentuales, cayó del 48,37 al 23,3 por ciento de los votos válidos emitidos, sumando las 24 votaciones, una por provincia. El peronismo obtuvo el 36,26 por ciento. La provincia de Buenos Aires marcó el pico de la debacle: en la competencia para el Senado, Duhalde dejó en la lona al ex presidente Raúl Alfonsín: un 37,6 por ciento contra un humillante 15,06 por ciento. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires mantuvo su apego a la Alianza: prevaleció la boleta para senadores del radical Rodolfo Terragno y la frepasista Vilma Ibarra. De la Rúa no podía celebrar el premio consuelo: la campaña se había hecho despotricando contra el gobierno, en nombre del progresismo y los auténticos valores de la Alianza, relegados por el presidente. En comicios legislativos, las listas se acuerdan provincia por provincia: los aliados del presidente, desprestigiados o en plan de fuga, casi no tallaron en los tejidos previos ni en las candidaturas. De la Rúa carecía de predicamento en su partido: se le había escurrido.

Historia

Estallidos argentinos

Mario Wainfeld

Siglo XXI, 264 páginas, $649

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