Cultura y Libros

Cuando la originalidad se reúne con la belleza

Sara Gallardo (1931-1988) dejó una marca que con el paso del tiempo se acentúa. Tan atractiva como peculiar, el recuerdo de su enigmática figura parece complementarse a la perfección con una obra narrativa inquietante, que tiene una cumbre indiscutida: la novela Eisejuaz

Domingo 03 de Marzo de 2019

Bella, Sara Gallardo tienta a un perfil, esos de Javier Marías por ejemplo. Cara angulosa, formas delgadas, ojos oscuros de mirada profunda, elegante y sobre todo original. Cualidad esta última que la llevó a realizar una obra de excepción, Eisejuaz. Trabajo experimental donde la creación del personaje, un indio mataco en viaje místico hacia la santidad y la invención de un idiolecto, emergen de las prácticas periodísticas, y en un contexto especial de la actividad: los inicios del denominado por Tom Wolfe "Nuevo Periodismo". Ejercicio logrado en estas tierras por firmas de la talla de Gabriel García Márquez y Tomás Eloy Martínez, entre otros compañeros de la escritora en diferentes redacciones.


Ella, su literatura

Sus libros fueron de un abordaje atípico, basta enumerar las obras y los temas: Enero (1958), drama rural, contado desde el punto de vista de una trabajadora rural violada y obligada a casarse con su abusador —reminiscencia alterada de Sin rumbo, de Eugenio Cambaceres—; Pantalones azules (1967), infidelidad de un caballero de alcurnia en amoríos con una judía polaca joven; Los galgos, los galgos (1968), un heredero que toma posesión de tierras y hacienda, incluidos una pareja de perros; La rosa en el viento (1979), ambientada a principios del siglo XX en una fabulosa Patagonia; un compilado de cuentos, El país del humo (1977), y la referida Eisejuaz (1971). Tal extrañamiento se vislumbra en la comparación con otras escritoras de su generación, como Beatriz Guido, Marta Lynch o Silvina Bullrich, coincidentes en una literatura más pasatista, orientada a climas y tópicos del momento. Aunque Gallardo halla similitudes fuera del país, sobre todo con Clarice Lispector, y el cambio de mirada que ofertó el periodismo en la creación.

Al igual que la gran escritora brasileña, Sara tropieza en un momento de su vida con la necesidad de trabajar. Bisnieta de Miguel Cané, nieta del naturalista Ángel Gallardo e hija del historiador Guillermo Gallardo, su tronco parental vía materna llega al mismísimo Bartolomé Mitre. Separada, alejada del abolengo y en relaciones con el ensayista Héctor Murena, no tuvo opción y realizó lo que hizo siempre, escribir, pero de manera asalariada. Así como para Lispector el socorro yació en el Journal do Brasil, en Gallardo fue la revista Confirmado, entre otras.


Ella, su periodismo

Conocida es la anécdota de la primera incursión en la actividad: "Aquí tiene una página en blanco. Sáquese una foto y escriba lo que quiera", repuso Félix Garzón Maceda, director de la revista Confirmado, uno de los proyectos de Jacobo Timerman —el otro era la hoy transitada por los estudiosos Primera Plana—. Y ella hizo lo que tenía que hacer, redundó en un estilo propio de aparente frivolidad e inocencia, distinguiendo su columna —denominada precisamente "Macaneos"— del resto de la publicación.

La muerte de Kennedy, la píldora anticonceptiva, la Grecia antigua, una historia que le contó un taxista, eran los temas transitados en tono inocente, forma observada por la autora en el siguiente enunciado: "Abandonen la perniciosa costumbre de pedirme que escriba sobre temas actuales. No me interesa la actualidad. Además, creo que no existe. Y si existe, es vulgar". En tal sentido, el escritor Leopoldo Brizuela asevera: "En estas crónicas recoge los prejuicios que de ella se podía tener, hace un personaje, el de chica frívola, y escribe con frescura, saltando de una cuestión a otra". Sigue: "El periodismo la ayudó a franquear los límites de su clase, la acercó a realidades a las que de otra manera no hubiera arribado". Por la revista viaja a Salta, ahí conoce a Lisandro Vega —que va a ser el protagonista de Eisejuaz— y escribe dos crónicas para Confirmado con el nombre de "Reportajes antisensacionales" I y II y "La historia de Lisandro Vega", fuentes de la novela.


Ella, su obra

A partir del periodismo, los personajes de Sara Gallardo comienzan a vincularse mejor en la experiencia vital de geografía y clase. Hasta Manuel Mujica Lainez hizo nota al respecto preguntando si la de la novela es la misma mujer de Confirmado. Sucede que la escritora estimó, desde la serie de reportajes en el norte argentino, el procedimiento conocido en las redacciones como "lo novelado". Al respecto, Tomás Eloy Martínez hace un análisis sobre dicho montaje: "El testimonio y la ficción desde el correr de los tiempos se han alimentado mutuamente", y agrega "siempre seduce la dramatización de un encuentro", confrontando luego una serie de obras literarias con sus respectivas fuentes primarias: crónicas o reportajes.

Y la entrevista transfiguró en invención. Los nueve capítulos del texto cuentan la vida de un indio mataco (Lisandro Vega) llamado por el Señor a cumplir una misión. La experiencia religiosa se encuentra signada por los sueños, en tanto la palabra deriva de animales, plantas, astros, Dios (un registro ajeno). Todo hacia la fundación de un nuevo orden y en él, un hombre nuevo. La trama no hace foco en la marginalidad, sí en la experiencia metafísica que vive su protagonista.

La temporalidad en el relato resulta acumulativa (el punto en cuestión, el "motor" de la ilusión), permitiendo la participación del lector en el armado de la historia, a la vez de un tiempo sagrado, intangible, mítico (dadas las secuencias yuxtapuestas). Una cosmogonía vertida por la voz inaudible, que la escritora-periodista cual médium trata de traslucir o cuanto menos exponer al gran público. Subjetividad profunda cubierta por impresión de realidad; una novela total.

Ella, su final

El libro, instalado en la centralidad del canón de lectura, no deja por eso su tono revulsivo, los constantes rescates y relecturas así lo indican. En tanto la autora, luego de su publicación, siguió trabajando en medios gráficos como Primera Plana y La Nación, sumando radio y televisión. El fallecimiento de su segundo esposo la afectó severamente, también la asfixia de "los años de plomo". Ya en los ochenta, en medio de un sinnúmero de proyectos, la sorprendió la muerte: tenía sólo 56 años.

Sara Gallardo dejó su inteligencia inscripta en el papel, una impronta, un estilo. Escritura que encuentra singularidad, también madurez, en el ejercicio periodístico moderno; Eisejuaz lo revela.

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