Cultura y Libros

Ana y los lobos

Domingo 25 de Junio de 2017

Unos metros después de haber cruzado Laprida a la altura del pasaje Storni, en las veredas algo más elevadas de la esquina sudoeste de la plaza López, donde antes se levantaban viejos e imponentes árboles centenarios ahora talados, Ana se detuvo, quedó como clavada en la vereda.

El único movimiento que hizo fue inclinarse, intentar tocar con su mano su tobillo derecho, pero el dolor la inmovilizó.

Tenaz o tozuda, Ana comenzó a renguear en pos de su objetivo: la esquina de Pellegrini y Buenos Aires, donde dos horas antes había dejado su bicicleta encadenada, ya que no al ánima, a un poste de alumbrado público.

Cada paso que daba significaba un calvario. Sin ningún paralelismo con la Pascua, en su mente estableció una serie de estaciones para su vía crucis: primero llegar hasta la zona de la calesita, luego hasta el bebedero junto a la fuente, descansar un instante allí aguardando que el dolor redujera su intensidad, luego llegar hasta uno de los plátanos que circundan la fuente. La siguiente estación la cumpliría tras escalar el cantero y atravesar algo del espacio verde, detenerse apoyada nuevamente contra algún tronco.

Apenas pudo cumplir con la primera etapa. A mitad de camino hacia la fuente desde la zona de la calesita quedó congelada en la imagen, un gesto de profundo dolor en el rostro. Como surgida de la oscuridad nocturna una mujer mayor se acercó lo más rápido que podía hacia ella, con la misma velocidad que Ana en su andar, sólo que esguinzada en su edad y no en su tobillo.

La mujer la tomó de la cintura, le hizo señas de que se apoyase en su hombro y su brazo, le preguntó si se sentía mal, si podía tenerse en pie, hacia dónde iba.

—A la puerta del Madre Cabrini —dijo Ana—. Hace diez minutos salí del cine. Estaba como hipnotizada por la película. Salí y caminé cinco cuadras antes de acordarme que había ido con mi bicicleta. Cuando salí del cine pasé al lado del poste donde la tenía atada, ni me di cuenta.

—Pero mirá como tenés el pie —le dijo la viejita que se había soltado de ella y se había inclinado sobre el tobillo hinchado—. Así no podés caminar más. Tendrías que hacer algo con este tobillo. Además —concluyó mirándola a los ojos desde un ángulo bajo, inclinada a los pies de Ana—, con el pie así ni podés pedalear. Vas a tener que decirle a alguien que te busque la bicicleta.

Ana se quedó quieta, pensando en las razones de la anciana, reconociendo para sí que su apuro en regresar a buscar la bicicleta, más por vergüenza de haberla olvidado que por cualquier otra razón, había resultado en algo peor. No quiso decirle de una a la vieja que tenía razón, entonces habló de la película:

—Fui a ver un clásico, una película que es de un fotógrafo que se quiebra una pierna y tiene que estar haciendo reposo, encerrado en su departamento por un tiempo. Como está muy aburrido se entretiene mirando con un largavista la vida de sus vecinos. Así descubre que uno de ellos asesina a la esposa.

Ana se calló. Tras un breve silencio le aclaró a la mujer, como si no alcanzase con su relato: es una de suspenso, una policial.

—Sí —respondió la señora—, yo la vi hace mucho, querida, es una de ese Hitchcock, el inglés que hacía películas de suspenso.

Ana, llevada por la viejita, se sentó en un banco. Al sentarse quedó de espaldas a la fuente, la mirada fija en la calesita. Recordó su infancia, las vueltas en ese artefacto que no la llevaba a ningún lado pero del que no quería bajar, la paciencia infinita de sus padres en las tardes otoñales. Se miró el tobillo. Se inflamaba con la velocidad y la resolución inexorable de la llegada de las tormentas en el verano o la venida de las aguas en las crecientes del Paraná. Comprendió que no podía caminar así, pensó en un taxi que la acercase su casa, pero esa tampoco le pareció la mejor solución.

Finalmente le contó a la mujer que su padre, que había muerto pocos meses atrás, le había transmitido una de las tantas definiciones de Hitchcock sobre el cine: si por noventa minutos uno de sus espectadores se olvida de donde dejó el auto, se despreocupa de pensar si quedó estacionado en una zona prohibida o no, habría logrado su objetivo.

No le aclaró a la mujer la fuerte conmoción que le había producido, mientras trotaba en el regreso a su bici, el saber que ya nunca más podría contarle a su viejo que había resultado ser ella, ya bien entrado el siglo XXI, la que cumplió con el designio profetizado por el director inglés.

Y su vergüenza mayor no era pudor sino odio, odio a la muerte que emperrada y más tenaz aún que ella le había arrebatado el abrazo con su padre, el diálogo feraz.

La anciana volvió a tomarla del hombro. Le señaló con el tembloroso índice derecho hacia la vereda sur del pasaje Storni. Un pasillo centenario abría sus fauces oscuras a unos treinta metros de calle Laprida. La mujer le comentó a Ana que vivía en ese lugar, un departamento viejo en el que se había criado y vivido toda la vida, un departamento que con una oscilación de décadas había incrementado y disminuido sus ocupantes, primero los padres de la mujer cuando niña, luego su marido y su hijo, finalmente ahora la soledad.

—Tengo un ungüento que es espléndido para las torceduras —le dijo la mujer a Ana, con un tono apenas arcaico, un tono que generaba confianza y ternura ni bien escucharlo—.

Si Ana hubiese visto más películas de Hitchcock, habría estado enterada de los peligros profundos y umbríos que los rostros venerables y dulces esconden, y rechazado, educada pero firmemente, la invitación de la anciana. Pero Ana, ignorante, le sonrió, le dijo que esos treinta metros hasta el pasillo sin duda los podría recorrer, y se dejó guiar en su renguera por el frágil paso de la mujer hacia la boca del lobo.


¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS