Apenas comenzado junio, y a los pocos días de cumplir 88 años, falleció la poeta Clara Rebotaro –Pipa–. Deja atrás una obra tardía pero prolífica, de gran riqueza, y también la presencia de un ser entusiasta, jovial y de gran calidez.

Clara Rebotaro, a quien todos conocían como "Pipa".
Apenas comenzado junio, y a los pocos días de cumplir 88 años, falleció la poeta Clara Rebotaro –Pipa–. Deja atrás una obra tardía pero prolífica, de gran riqueza, y también la presencia de un ser entusiasta, jovial y de gran calidez.
Nacida en Acebal –y alma máter del concurso anual de poesía de esa localidad–, vivió en Rosario desde los veintiún años. Luego de casarse dejó una década los estudios para retomar luego la universidad y recibirse de licenciada en Ciencias Políticas. Durante la década del 90 cursó la carrera de Letras de la UNR.
Si bien habría tenido una relación temprana con la poesía, escribió su primer soneto a los cincuenta y cinco años –forma que cultivó junto al verso libre– y recién en 1989 publicó su primer libro, En sazón.
Luego prosiguieron Altas mares (1992), Poemas con insectos (1994), Hematopoemas (1996), El color exigido (1998), Mineral desterrado (2001), Sala de música (2004), Sumisión de la hierba (2007), Poemas vinarios (2009), Batracio silencioso ((2011) y Entorno (2015).
En un reportaje del año 2007 que le hiciera Sonia Scarabelli decía que sus poemas, no obstante estar siempre vinculados a una temática particular, eran poemas de amor, y que no existía una separación muy notoria entre el yo lírico y el yo biográfico en su escritura.
Contaba además que sus ediciones de autor las vendía a bajo precio en la presentación para que sus libros pudieran circular y donaba lo recaudado en la ocasión.
Otra particularidad en sus publicaciones fue la inclusión de poetas o artistas invitados, lo que habla a las claras –justamente– de su generosidad.
Decía que no lo interesaba ser una gran poeta, sino una buena persona y ser querida. Vayan entonces estos poemas suyos como despedida y muestra de una buena poeta y de una buena persona –que no es poco–.
Pueblo mío
A Edgard Morisoli
Comienzo a respirarte
cuando te nombro
y duele la memoria
en cada pensamiento
que te evoca.
Una casa
un árbol
una calle
prestan su forma
para imaginarte
y se dibuja una pena
que pone en fuga
toda idea de regreso...
No recuperar la infancia
es el gran dolor
que no podemos remediar
ni vos
ni yo.
Tono menor
Tengo todo
en mi mitad entera
roto en mi red
de innúmeras retículas
inmóviles y frágiles
íntimas de intimidad fatal.
Tengo todo
y estoy
sola
toda
sola.
Nadie sabe la hora
Nadie sabe la hora
del deleite inequívoco:
alba, mañana o siesta, la noche más poblada…
El mediodía ardiente…
Pero sí todos lo saben
que se eclipsan los soles
en brillantes pupilas
y no se escuchan cantos
por suspiro o gemido.
Nadie sabe la hora
de tantas repetidas muertes.
A veces
A Susana Valenti
Probaste tu soledad
excluyéndome.
Hostil modo de olvidar.
A la intensidad del beso
largamente gozado
surgió el temblor de morir
cuando peinabas mi pelo
disculpándote.
Yo tomé tu cabeza
como una gran copa
hasta confundirla
con mis manos.
Cuando me salgo de vos,
a veces,
canto.



Por María Laura Cicerchia
Por Gonzalo Santamaría