Frente a tanta violencia juvenil, muchas veces culpamos sólo a la indigencia, a la miseria y a la exclusión como causas de las frustraciones y rebeldías. Lo cierto es que también son violentos muchos jóvenes de las llamadas "buenas familias", pertenecientes a clases sociales más elevadas. Creo que en última instancia el problema es siempre la carencia, dado que estos chicos que llamamos ricos y pudientes también son pobres y padecen mucho hambre y frío. Hambre de valores trascendentes, hambre de sentido y propósito para sus vidas; hambre de modelos dignos de imitar, hambre de parámetros y límites éticos; hambre de significación personal, de contención y diálogo familiar; hambre de aceptación y de amor verdadero. En soledad y rodeados de bienes materiales, sufren el frío eterno de lo vano. Y así, junto a los demás, se los encuentra por las madrugadas de los fines de semana formando caravanas de extraños habitantes, con mirada perdidas y sentidos alienados, semidesnudos, degradados, tambaleantes, llenos de alcohol y de tristeza. Son mendigos de los bienes verdaderos de la vida.

































