En un mundo donde parece que las certezas se han perdido, donde nos sentimos inseguros fuera y dentro de nuestro hogar, donde a veces parece que no hay otros sino que somos nosotros solos, quiero decir que la solidaridad existe. Existe en personas con nombres y rostros conocidos, existe en voces telefónicas, en rostros anónimos de la ciudad, en oraciones que se elevan, en gestos mínimos y haceres máximos. Cuando robaron mi casa junto con las de otros vecinos, más allá de lo material, nosotros perdimos a nuestro perro y perdimos la paz. Pero la gente se movilizó, se acercó de diferentes maneras a nosotros y después de once días lo encontramos. Entonces creo, como siempre creí, que los otros están ahí para ayudar, que no somos sujetos egoístas y que tenemos una gran capacidad de empatía. Que somos conscientes del sufrimiento de los demás y buscamos la manera de aliviarlo. Esta carta es para agradecer a todos a los que tienen nombre, a los que sólo fueron una voz en el teléfono, a los que se alegraron con nuestra alegría y que dieron otro sentido a la palabra vecino.




































